De espaldas al barullo amical y sus irritantes actividades, me sumerjo en la lectura literaria en mis ratos de solaz. Solo así siento que capto la esencia de las cosas. Me niego a ser un monigote más de juergas playeras, arrumacos que fatiguen mi herniado cuerpo y cevichitos grupales rociados de veloces litros de chela. La lectura es lo único que me permite ser un hombre que piensa.El último objeto consumido en ese ejercicio placentero es la novela Afterdark de Haruki Murakami. La historia narra, en una suerte de tiempo real manifestado en los relojes que aparecen al inicio de cada capítulo, el encuentro casual entre dos habitantes de Tokio: una chica solitaria y un joven músico. Este punto de partida abrirá la trama hacia potentes niveles de emoción. Los sucesos acaecidos en un hostal, donde una prostituta china ha sido vejada por su cliente de turno, imprimen a la historia un hálito de novela negra que robustece el producto, pues lo torna más atractivo.
Afterdark, narrada como si de una película se tratase, es una novela ligera y entretenida, ideal para devorar en medio de los bullicios del transporte público, como lo hice yo en dilatados trayectos por la infernal Javier Prado. Esperaba, eso sí, un final de la novela más redondo, menos gaseoso.
Afterdark, narrada como si de una película se tratase, es una novela ligera y entretenida, ideal para devorar en medio de los bullicios del transporte público, como lo hice yo en dilatados trayectos por la infernal Javier Prado. Esperaba, eso sí, un final de la novela más redondo, menos gaseoso.





