Encuentro un placer particular en leer libros difíciles. No lo hago a menudo, pero, cuando me interno en esa farragosa tarea, un tufillo de heroicidad insufla ese acto de desciframiento y entonces campea un orgullo silencioso. Casi nunca termino esos intricados monumentos de palabras. Los abandono por cansacio una vez que ha pasado el retemblor de admiración inicial.Abandoné Paradiso, Los pasos perdidos, El pez de oro, Adán Buenosayres...Pero esta vez quiero cambiar. Estoy enfrascado en El orden natural de las cosas del portugués António Lobo Antunes, un libro de la estirpe de los difíciles. Se trata de una novela coral que altera la sintaxis y la puntuación para retratar los fluidos mentales de las voces, las cuales se sumergen en los vericuetos de sus recuerdos y dan cuenta de sus visiones del mundo con un lirismo contundente. Todos estos ingredientes producen que el texto sea difícil de seguir. Empero, la sabiduría que destilan las frases le dan un gran vuelo a este objeto artístico de diégesis enrarecida. Por algo Lobo Antunes es un asiduo candidato al Premio Nobel, así su obra carezca de un potencial masivo. Cuando, en unos días, me desocupe de mis quehaceres académicos, regresaré a las páginas de El orden natural de las cosas con el ánimo de culminar su lectura. De esa manera habré evolucionado como lector.





