viernes 30 de enero de 2009

Tres cuarteros futboleros

Rey-mond Manco ta' contento
se ha casado en playa Arica
con una espigada chica,
una tal Fiorella Vento.
**********
Con el Chorri y el Vagón
el equipo cervecero
ha ganado con esmero
al equipo de Verón.
***********
Lo insultaron pior que suegras
al Fanito los de Alianza;
y la crema no se afianza:
en su estadio las vio negras.

Última oda a los jotitos

Qué vergüenza, qué tal raza,
pues monitos, cafeferos,
parrilleros y llaneros
nos mandaron vuelta a casa.
Tamos pior que los de Gaza,
pues mirando el canal siete
vi un ampay al gran ariete
Rey-mond Manco de Lurín
conversando con su hembrín,
arco donde sí la mete.

martes 27 de enero de 2009

ALTARES DE LA COLMENA( mi crónica periodística publicada en El fuego de la calle, el viento del hogar)

La Colmena es una senda llagada, remecida por hedores de lascivia. Durante las horas de oscuridad, jaurías masculinas recorren sus veredas, inundando el aire de lisuras rociadas de salivazos. Han llegado hasta aquí en busca de carne femenina. Sus ánimos rebullen de impaciencia. Palpitan de morbo ante la proximidad del solaz de sus hormonas.
La avenida que décadas atrás lució plena de tiendas y cafés, hoy vive abundante de prostitución, ladrones, policías impertérritos, ambulantes hundidos en el mutismo y, sobre todo, de hombres dispuestos a desfogar su lujuria.
En las puertas de los locales que flanquean La Colmena, robustos guachimanes los invitan a pasar:
- ¡Luca la barra! ¡A sol la barra! ¡Chicas calatitas, peladitas!
Como explican estos pregones, la entrada a la mayoría de estos lugares cuesta un Nuevo Sol. Hay otros que exigen dos Soles, como La Gruta Azul, el único local fuera de La Colmena, ubicado en la intersección de Tacna y jirón Quilca. Los sitios más caros exigen comprar una cerveza de cinco Soles.
Hordas de jóvenes trasponen las puertas ataviados con gorritas, polos deportivos, bermudas alargadas en exceso. También lo hacen soldados y ex soldados, reconocibles por sus moldes atléticos y cráneos a medio pelar. Los clientes se diseminan en el ambiente, abordando a las chicas semidesnudas, tocándolas.
Mantos de luz biliosa adensan los racimos de cuerpos que merodean y se apoyan en las paredes. Las figuras femeninas surgen entre la bruma con cadencias sensuales. Ellas usan babydolls, minifaldas, tops, tangas, tacos ruidosos que les confieren mayor presencia. Sus rostros maquillados en exceso destilan aromas, como auras que jamás decaen en el transcurso de la jornada.
Cuando no están trabajando, dormitan en sillones penumbrosos, ocultando la voluptuosidad de la carne con casacas o mantas. El vaho de sus perfumes se fusiona con el sudor axilar, el aliento beodo y los torrentes de vómito de la clientela, creando una tufarada que se impregna en el pellejo y en la memoria.
A diferencia de los negros guachimanes, los mozos poseen moldes andinos y anatomías escuálidas. Se acercan a los clientes que aguardan sentados a las mesas, les ofrecen jarras de chela o cuba libre. En las refrigeradoras, aparte de las cervezas de marcas tradicionales como Pilsen y Cristal, pululan otras de nombres desconocidos. Es el caso de Pasqueña, cuya etiqueta presenta los colores de la bandera peruana y un glacial circundado de espigas. La cebada se impregna con potencia en el paladar, el gas rebulle en las entrañas, la malteada y el agua se asemejan a un sabroso huayco derramándose en el esófago.
Los clientes sentados a las mesas beben y reciben en sus piernas a las chicas, sonríen, les hablan al oído. Algunos se ponen de pie y las invitan a bailar. Ellas siempre acceden. Ellos les atenazan las nalgas, les besan los cuellos, las bocas. Los clientes sin dinero para comprar trago se ubican en las sillas que rodean la barra, en espera del espectáculo.
En el sigilo de su borrachera, el único estudiante universitario del lugar piensa, de repente, en las frases más lúcidas de su vida: “Nosotros, los que tenemos plata, nunca sufrimos. Nos la llevamos fácil. No tuvimos que pelear contra Sendero ni contra los monos en el Cenepa. Fueron chiquillos pobres convertidos a la fuerza en soldados los que se sacrificaron por nuestra pereza y cobardía. Cachaquitos como los que están aquí, tocando y mirando las mismas carnes que yo.”
Apenas termina de diseñar esa reflexión, percibe que una chica se aproxima. Es algo adiposa; su trasero es turgente y generoso, anda asfixiado por una minifalda color limón. Sus senos se remecen con el avance, rebosando en el blanco sostén. Su rostro selvático, trigueño, destila seguridad, la esperanza del frenesí. Sin consultar, se sienta en las piernas del estudiante y le da un beso en la mejilla derecha. Él la toma de la cintura con las dos manos; palpa su espalda desnuda, le toca los muslos con miedo.
Ella le pregunta su nombre. La tibieza de su aliento estremece la piel. Él responde. Ella dice que es un bonito nombre.
- ¿Y cuál es el tuyo?
- Geraldine.
- ¿Es tu nombre verdadero?
- Aquí soy Geraldine, papi. Tu Geraldine.
- ¿Y cuántos años tienes?
- Diecisiete.
- ¿Y dónde vives?
- En el Rímac, en Ciudad y Campo.
Geraldine llegó a Lima cuando tenía quince años. Es natural de Pucallpa. Estudia en el Pedagógico del Centro de Lima. Le gusta la salsa y el reguetón. Vive con una tía segunda a la que no estima. En su voz y en sus movimientos se expresa una coquetería artificial pero fructífera:
- Vamos a un privado, pué.
- ¿Cuánto cuesta?
- Veinte soles, papi.



Ir a un “privado” significa que la muchacha de turno se recluirá con el cliente en un pequeño habitáculo que posee un sofá, una mesita y una cortina que se encarga de irradiar un clima íntimo. A veces estos espacios son grupales, a veces de verdad “privados”. El costo de este servicio fluctúa entre los veinte y cincuenta soles. A cambio del monto, un comedido mozo coloca sobre la mesita un brebaje de sabor ambiguo, supuestamente cuba libre o champán, pero que sabe a agua turbia fusionada con algún licor de contrabando. La muchacha se encarga de llenar los vasos, hasta el tope. Su objetivo es que la jarra esté vacía en pocos minutos, para poder exigirle al cliente que compre otra, prometiéndole sacarse el sostén o dejarse tocar sus partes más sagradas si cumple este requisito.



El estudiante universitario ha entrado con Geraldine a la zona privada. Se sientan en un sillón. Una cortina difumina las formas ovaladas de las luces en movimiento. Casi ni se ven las caras. Un mozo entra; coloca la jarra y dos vasos sobre la mesita; se retira haciendo una venia. Geraldine sirve el trago. El estudiante universitario le acaricia el cabello con detenimiento, como si estuviera comandado por el amor. Mientras lo hace, le suelta una pregunta:
- ¿Qué haces cuando te toca atender a un cliente que es feo, que te desagrada totalmente?
- No hay hombres feos. Todos son simpáticos.
Entonces el cliente universitario se siente vejado. Para ellas lo único importante es el dinero en el bolsillo. Allí no importa cuántos libros se han leído, si se busca liberar el morbo más primitivo o recolectar datos para una crónica periodística. Sólo importa la cantidad de dinero que uno puede desembolsar. El cliente universitario siente que le han birlado su identidad de hombre selecto. Pero este desencanto le sirve como punto de partida para unirse al alma de la mayoría del país, para ser simplemente un peruano entre peruanos y no un investigador rodeado de hombrecillos inferiores. En La Colmena todos somos iguales si los bolsillos están llenos.



Muchas de ellas provienen de la selva. Basta oírlas hablar para saberlo. Los acentos son fuertes, musicales, destilan una esencia desconocida para el hombre acostumbrado al fragor de las ciudades.
Los mercaderes del sexo recorren las zonas orientales del Perú para recolectar muchachas que quieran ir a Lima a trabajar. Algunas no saben bien a qué están yendo a la capital. Otras lo intuyen. Otras lo saben y asumen su suerte. Todas quieren ganar platita. Quieren vivir mejor, mandarle dinero a su familia, ahorrar con la esperanza de algún negocio. Pero cuando comienzan a trabajar en La Colmena, el frenesí de la rutina les muestra que en Lima no se puede fantasear demasiado. Suficiente con ganar platita y enviarle algunos billetes a la familia todos los meses. Y el tiempo avanza. Y La Colmena se va convirtiendo en sus vidas. Las chicas que llegaron siendo menores de edad ya tienen DNI.


Son las seis y media, tal vez siete de la mañana. La luz solar es solo una túnica láctea y tímida que invade el firmamento, pero ya tiene la fuerza suficiente para mostrar la verdad de todas las cosas. Se han ido las sombras, las luces de fantasía, los trajes diminutos, la sensación de ser diosas en el mundo masculino.
La charapita Geraldine, la quinceañera Kristel, la huancaína Heydi, Kiara, Jenny, todas las chicas hacen cola para recoger el dinero ganado durante las horas de oscuridad. Están ataviadas con bluyíns ribeteados de florecillas, chompas de lana, zapatillas coloreadas de mugre.
El regente les paga según la cantidad de jarras y servicios privados que ellas obtuvieron.
Algunas resplandecen de entusiasmo porque han hecho más dinero que en otros días Otras exhiben caras largas y ojos desvaídos, pues su ganancia es poca. Todas ellas se van retirando, avanzan juntas por La Colmena, rumbo a tugurios de la ciudad, a sus hogares, donde los suyos las esperan para desayunar. Ellas entran a sus casas con bolsas llenas de pan, exhaustas pero aliviadas de volver.



El espectáculo en la barra, el alma de estos lugares, se realiza varias veces durante la noche y la madrugada. Cuando las jaurías masculinas son abundantes y hierven de impaciencia entre silbidos y gritos, el dueño o dueña del local sabe que es momento de que sus chicas salgan a bailar y desnudarse.
Ellas emergen de cuartos hacinados y caminan rumbo a la tarima de baile, cimbreantes y presurosas. En el camino, los clientes las toquetean, silban, les lanzan piropos lisurientos, las observan con miradas que parecieran reventar de deseo.
El estudiante universitario está sentado en una silla al borde de la tarima de baile. Está borracho y brama entusiasmado, alza los brazos, se toca los genitales de forma jocosa. Pero, de súbito, una mano poderosa frena su algarabía. Alguien lo ha cogido del cuello de la camiseta y lo jalonea hasta hacerlo caer de la silla. El estudiante se levanta colérico y voltea para descubrir al agresor: es un gordo cuarentón, ventrudo y semicalvo. Tiene en sus piernas a una chica ataviada con un sostén y un hilo dental blancos que porta un vaso de cerveza. Ella lo mira conciliadora:
- Está borracho. Disculpa- le dice.
- Mira cómo me ha dejado la camiseta tu cliente, puta de mierda.
Al instante, ella le lanza a la cara la cerveza que contenía su vaso.
- No me llamo puta. Me llamo Heydi. Soy dama de compañía nomás.
El estudiante universitario solo atina a reírse. Se limpia la cara con sus manos y vuelve a sentarse en la misma silla.
El espectáculo acaba de empezar. Geraldine está bailando Hotel California, con letargo y sensualidad. Todas las sillas que rodean el espacio de la danza están llenas. Ahora se quita el sostén y el público enloquece. Geraldine coloca la separación de sus senos en la barra; va subiendo y bajando, flexionando las piernas. Ahora desata los nudos de su tanga. Juguetea entre mostrar y ocultar su vello púbico. Al fin arroja la tanga al suelo y queda desnuda. Se desplaza hasta un extremo de la tarima para tomar un pomo de crema de afeitar y vuelve a la parte central. Se desparrama en el suelo y comienza a echarse la crema en el pubis. Ahora decide acercarse al público. Baja las escalinatas de la tarima de baile y se acerca a un hombre de camisa, quien al instante comienza a tocarle los senos, a estrujárselos. Ella lo toma de la camisa y se la abre de forma brusca. Los botones caen al suelo, la gente se carcajea, el estudiante también.
Geraldine ha culminado su performance. Ahora le toca a la quinceañera Kiara. Sale del cuartito con rapidez, pero no puede evitar el tacto al paso de las jaurías masculinas. Sube a la tarima. Las luces ruborizan su piel semidesnuda. Comienza a bailar una balada. Kiara sella los párpados y baila con suavidad. Se desplaza reconcentrada en sí misma. La música parece ser solo una prolongación de sus pensamientos. Pero una pifiadera tenaz la arranca de ese trance. Sabe que tiene que quitarse el sostén y la tanga. Lo hace resignada y el público goza. Ahora sabe que tiene que echarse crema de afeitar en el pubis y lo hace. Seguidamente, baja las escalinatas y se acerca a la masa varonil.
Kiara siente las manos fugaces de soldados, ex solados, ambulantes, rateros, chicos vestidos al estilo reguetón, oficinistas de camisas rotas, cuarentones ventrudos y semicalvos. El estudiante universitario se decide y también estira su mano para tocarla. Entonces lo hace: es una piel suave y tibia que forra un cuerpo de niña voluptuosa.



Son las cinco y media, tal vez seis de la mañana. Ya las parvadas de jóvenes se han extinguido y solo quedan machos melancólicos sin más monedas para comprar instantes de tacto. Entonces ellas se desparraman en las tarimas de baile, bajo el rubor de las luces que la llegada del alba pulveriza a ritmo imperceptible.
Con rapidez decae la vigilia. Ahora duermen. Son diosas exhaustas sobre sus propios altares.

domingo 25 de enero de 2009

Unos chistes eruditos que escribí en el 2004

I
¿Yo soy la vaca o yo soy el toro?,
le dijo Coyné a Cesitar Moro.
Y entre tanta torta y entre tanto lío
llegó Pizarnik a completar el trío.
II
ARGUEDAS Y PIZARNIK
Llegó Arguedas de Abancay y dijo:
-Alejandrachay, ¿ quieres mi zorro arriba o lo quieres abajo?
- Con tu zorro hoy no encajo:
hoy me toca hacer de Safo.
III
POLITIQUEROS
- Me enteré de que estás saliendo con una chica provinciana.
- Sí; he decidido descentralizar mis emociones.
- ¿ Es ayacuchana?
- Sí.
- Ten cuidado, tal vez sea terrorista.
- No hay problema en eso: la bazuca la pongo yo.

sábado 24 de enero de 2009

Réquiem por la sub 20

El golazo de Trujillo
tuvo inspiración de artista
mas después los de Batista
dieron vuelta al partidillo.
Nuestro débil equipillo
me llegó hasta las pelotas
pues sumaron tres derrotas
en el Sudamericano;
oye, Chumpitaz, hermano,
deja de entrenar marmotas.

jueves 22 de enero de 2009

La indignación futbolera me regaló, hace unas horas, quince minutos de ácido ingenio. El resultado: dos décimas dedicadas a la selección sub 20



Qué pasó, compadre Tito
ay, mi Tito Chumpitaz
de qué sirve tanto as
que llegó pal equipito
si jugamos hasta el pito
pese a Manco y sus maromas
que más son para las tomas
de las cámaras llaneras,
son jugadas pichangueras
para un ámbito de bromas.


La defensa, ¡ fea cosa!
cada ataque es una ganga
porque más tapa una tanga
que el monín Eder Hermoza.
Qué rutina vergonzosa
la adoptada en Maturín,
cualquier mono y colochín
mete gol hasta de mano
vacilando hasta a Zambrano
que en el Schalke es calichín.

martes 20 de enero de 2009

Retorno a Covida

Cuando yo tenía cuatro o cinco años, mis padres nos llevaron a mi hermana mayor y a mí a una fiesta infantil en Covida. No recuerdo bien de quién era el cumpleaños; creo que de un ahijado o ahijada de mi mamá. Las imágenes son brumosas, insonoras. No sé qué porcentaje de invención contienen esas reminiscencias desdibujadas por el tiempo. Solo el nombre “Covida” quedó estampillado en mi memoria para siempre.
Cuando tenía veinte años, un amigo del colegio que estudiaba medicina en la Ricardo Palma me invitó a mí, junto a otro compinche de la época escolar, a una fiesta de Año Nuevo que acontecería en una casa de Los Olivos. Recuerdo claramente el nombre de la avenida: Antúnez de Mayolo. Llegué en taxi con mi compinche al lugar, entramos a la casa y, como vimos que la fiesta estaba aburridísima, nos marchamos con dirección a la fiesta de una amiga de la Católica.
Cuando tenía veintiún años, hui de una fiesta de cumpleaños de un compañero del colegio. La casa estaba ubicada en Los Olivos, a pocas cuadras del bulevar. Recuerdo que, borracho y frenético, salí del lugar y enfilé hacia unos resplandores zumbantes que titilaban al final de la senda. Al llegar al bulevar, entré a una discoteca que se llamaba El Karamba y me abrí paso entre los cuerpos danzantes. Mientras observaba a la gente, descubrí con impresión que un amigo de la universidad conversaba con dos chicas en un rincón. Traté de alejarme, pero el chico me vio antes de que pudiera hacerlo. Nos saludamos. Me presentó a sus acompañantes. Una de ellas me sacó a bailar. Como era mi costumbre en esa época, le pedí su correo electrónico y saqué un lapicero que llevaba en el bolsillo para apuntarlo. Terrible sorpresa me di cuando noté que la tinta se había derramado en el bolsillo de mis pantalones. Con los dedos embarrados, algo avergonzado, le dije que igual me diera su correo, que me lo aprendería de memoria.
Días- o semanas o meses-después, la agregué al Messenger y así comenzamos a hablar. Me contó que vivía en Los Olivos, que trabajaba para su mamá en algo de Logística y que era una buena nadadora. ¿Y dónde practicas la natación?, le pregunté. “En el Palacio de la Juventud”, me respondió. Pasaron los meses, casi un año. De cuando en cuando conversábamos vía Messenger. No recuerdo bien cómo fue que un día quedamos para ir a la playa. Acordamos encontrarnos en Mc Donald de La Marina. Yo estaba trémulo y vacilante, pues no recordaba su aspecto físico y no me quería quemar. Y desgraciadamente me quemé, pues no me gustó para nada. Llegó acompañada de tres niñas, amigas o sobrinas suyas, no recuerdo bien. Tomamos un taxi, bajamos en una playa pedregosa de Miraflores, estuvimos ahí un par de horas de frases irrelevantes, subimos una cuesta hasta llegar a Armendáriz y ahí tomamos un micro para regresar a nuestras casas. Me sentí obligado a sentarme junto a ella. Mientras hablábamos, interpreté en sus gestos cierta emoción y eso me incomodó, pues yo no sentía emoción alguna. Es más, quería largarme. Cuando el cobrador pasó por nuestro asiento, ella pagó y dijo “San Germán”. Yo ignoraba, en ese entonces, que San Germán era un barrio ubicado entre San Martín de Porres y Los Olivos. Intuí, sin embargo, ayudado por la ruta del vehículo, que el lugar quedaba en el Cono Norte.
No sé qué impulso me sacó hoy de casa, me empujó hacia la Javier Prado y me trepó a un micro que me llevó hacia el barrio de Covida. El trayecto, dilatado por culpa del tráfico, estuvo anegado de calentura solar. Antes de bajarme en el cruce de Universitaria y Antúnez de Mayolo, pasé junto al Palacio de la Juventud y un brumoso recuerdo me aguijoneó. Era un complejo deportivo que cobijaba una torre plomiza de aproximadamente diez pisos. Una vez fuera del micro, me interné en Antúnez de Mayolo y caminé cuadras y cuadras, dejándome encandilar por el cúmulo de tiendas de toda índole que se diseminaba por doquier. Traté, infructuosamente, de reconocer la casa en la que discurrió aquella fiesta de Año Nuevo. Mi única referencia era que se encontraba cerca del supermercado Santa Isabel. Ahora, dicho local estaba ocupado por Plaza Vea. Luego, entre tanto frenesí de negocios, me rendí y entré a una pollería a almorzar. Tras engullir un cuarto de pollo con papas, ensalada y una Inca Kola mediana bien helada, me lancé de nuevo a caminar y me adentré en una calle de nombre Orión. Desemboqué en un parque sin árboles, circundado de casas bonitas, bien cuidadas. Varias de ellas poseían tres pisos. En el verdor del parque, un grupo de niños, de unos cuatro o cinco años, jugueteaba bajo la vigilancia de una señora. Buenos autos permanecían estacionados al borde de las aceras. Todo lucía limpio, seguro. Luego, acometido por el temor de ese silencio residencial, retorné a la bullanga de la avenida Antúnez de Mayolo. Mientras enfilaba rumbo a la Universitaria para retornar a mi mundo, noté que en los letreros que anunciaban los nombres y cuadras de las calles figuraba la palabra “Covida”. Con emoción, esta vez sí con emoción, esos tres fragmentos de mi vida que me ligaron de alguna forma a esta zona se alzaron en mi memoria con ternura y brillantez, puros, con un matiz prístino que me dio a entender que hay ciertos aspectos del derrotero vital que se mueven en círculo y que regresan a uno de cuando en cuando. Tras pensar aquello miré hacia el frente y descubrí que, entre techumbres inconclusas y trozos plomizos de cerros, la torre del Palacio de la Juventud se estiraba orgullosa sobre Covida, irguiéndose sobre los cantos de la agitación humana, rumbo a la hondura del cielo.

domingo 18 de enero de 2009

Dilema Paradiso

Desde hace un par de semanas estoy leyendo la novela Paradiso del cubano José Lezama Lima. La lectura de sus copiosas páginas es difícil, lenta, pero apasionante por los ribetes de exquisita hondura lírica que posee la prosa. Es un libro hermoso, anegado de virtudes. Por más que por ratos me sienta perdido en esa extraordinaria espesura verbal, por más que por momentos no sepa bien lo que sucede, mi destino como lector de esta descomunal obra es, simplemente, regocijarme con las palabras y rozar fragmentos de lo absoluto mediante ellas.
Voy recién en el tercer capítulo; aún me faltan muchísimas páginas. A veces siento que nunca acabaré de leerla, que en algún momento me derrotará la bullanga de la realidad y renunciaré a mi silencioso quehacer. Es todo un dilema para mí: seguir transitando por ese tortuoso pero bello camino de la prosa de Lezama Lima o prender la computadora para escuchar música y relajar mi ocio con búsquedas azarosas en Youtube. Ser cómplice del personaje José Cemí y compañía o carcajearme con alguna ocurrencia de Melcochita colgada en la web. Es todo un dilema, Paradiso.

sábado 17 de enero de 2009

Un breve apunte

Debido a la revolución audiovisual, el acto de la lectura ha bajado su nivel. Los best- sellers son, muchas veces, textos facilones, ligeros, ágiles, empeñados en que el lector no se aburra. Una palabrita extraña puede provocar que el lectorcillo se espante, cierre el libraco y huya hacia algún programa de televisión o al famosísimo play station. Esos son los lectores actuales. Por eso afirmaba, en mi artículo llamado Dejemos hablar a Onetti, que el estilo económico y austero de la prosa es el más prestigioso. Es el único soportable para los lectores no especializados, para aquellos fanáticos del supino frenesí de las imágenes y el bodrio de los videojuegos. Si quieren ser leídos por los humanos del presente, escriban simple, maten al fabulador de ribetes preciosistas que llevan dentro y proclámense escribidores de la mediocridad.
Hay autores brillantes como Hemingway y Chandler que poseen un estilo escueto. Desgraciadamente, no son muchos. La mayoría no pasa de oraciones chatas, esmirriadas. Pero, en fin, escribir es un acto libre y que salga como tiene que salir. Que alguien prefiera un libro, el que sea, a la bullanga audiovisual ya es bastante. Así que si usted desea comprarse un libro de Coelho, aplaudiré gustoso y seré feliz.

viernes 16 de enero de 2009

Dejemos hablar a Onetti

Literariamente hablando, siento que esta época ha erigido al estilo económico y austero de la prosa como el correcto. Es un tiempo de recelo hacia los adjetivos y las oraciones ornadas de incisos y digresiones. Las alabanzas hacia Hemingway se oyen más firmes que las dedicadas a Faulkner. El minimalismo aplasta, de a pocos, al relato de largo aliento. Solo importa lo funcional, lo esencial para la historia. Esta actitud, en mi opinión, trata de ver a la narrativa como un aparato científico, archirracional, restrictivo, distanciado de la espontaneidad y las libertades del arte. Tal vez crean que peco de lírico, mas yo no lo creo así. Reconozco que todo arte se basa en consignas que cimentan su naturaleza, pero ¿no es lo esencial disfrutar de las palabras, de la riqueza de una prosa tanto barroca como escueta? ¿No está la belleza expresada de múltiples formas en el fuego de la palabra?
Yo disfruto con Chandler y Carpentier, con Bellatín y Miguel Gutiérrez, con Hemingway y Faulkner, con Borges y Lezama Lima. Economía y voluptuosidad unidas por el milagro de un lenguaje iluminado, motor de la felicidad de mis silencios.
De todos los autores que he leído, al menos en lengua castellana, no existe para mí mayor hechicero de la prosa que Juan Carlos Onetti. Es barroco, crapuloso a lo Celine (según Vargas Llosa en El viaje a la ficción), desordenado, asistemático para los que pretenden ver en el arte un entramado matemático, pero nadie como él( en castellano, repito) ha logrado que yo sienta a la vida misma en cada palabra. ¿Cómo lo hace? No lo sé. Siento que averiguarlo no es necesario. Simplemente me hace feliz. Pese a tratar temas de desesperanza y fracaso, en él está la poesía. Así me lo dijo una vez la profesora Rosario Fraga, la asesora de mi tesis onettiana, a quien le estaré siempre agradecido. Yo elegí a Fraga como asesora porque era uruguaya, como Onetti, y supuse que sabía mucho sobre él. No me equivoqué. Al conocerla, un mundo de pasión por la lectura se abrió ante mí como nunca antes. Con la misma tenacidad con que practicaba su sigiloso vicio de fumar- ahora que consumir cigarrillos está prohibido en el campus-, recordaba las obras de Onetti y así nos divertíamos juntos, éramos felices, deslizábamos sonrisas de complicidad. ¿Qué hacían una uruguaya de aspecto octogenario y un limeño de veintitrés años conversando sobre sucesos insignificantes para el frenesí de la realidad? Para esto sí tengo una respuesta: Onetti, el maestro Onetti, el borracho maravilloso( apelativo que usó una vez Sánchez León para referirse a Jack London), el infiel más elegante, el mago de la impiedad, la fuerza que supera su propia muerte y es capaz de unir en felicidad a dos seres tan distintos. Vean lo que hace una prosa bella, por más que sea recargada, borrosa, barroca y crapulosa. Ese es mi maestro, estimados lectores. Un genio del cinismo y la vocación. Un tipo postrado en la cama, enfermo de fantasía, que llenó de magia mi cerebro para toda la vida.
Dejemos hablar a Onetti, entonces.

miércoles 14 de enero de 2009

Fragmento inicial de mi novela "Lima Norte", terminada hace ya más de medio año

Para llegar a Río Seco tuve que movilizarme en dos micros. El primero lo tomé en la intersección de Javier Prado y Rivera Navarrete, a tres cuadras de mi casa. Me bajé en la UNI, en la avenida Túpac Amaru. Crucé el puente peatonal y recorrí varias cuadras con dirección al norte, hasta llegar al paradero de los micros que van a Canta. Me subí en uno que estaba a punto de salir. Por suerte, había un asiento libre al fondo.
La avenida Túpac Amaru es una senda recta que unifica al Cono Norte. Atraviesa el Rímac, Independencia, Comas y, finalmente, Carabayllo, distrito que registra en su inventario de centros poblados a Río Seco. El trayecto abandonó su rectitud y fue estirándose hacia la derecha. La presencia de casuchas languidecía poco a poco. El ambiente cambiaba. Promontorios de roca madre reemplazaron a la superficie arenosa. Árboles, verdores, algunas haciendas abandonadas de la época de la emancipación de la República. Más allá surgieron bosquecillos expandiendo humos, caseríos anclados en un sigilo de textura anacrónica.
- Río Seco, Río Seco- pregonó el cobrador del microbús.
Me puse de pie y enfilé hacia la portezuela de salida. Una constancia trémula viajaba en mi pellejo. Al bajar y plantarme al borde de la autopista, me hallé circundado por una extensa vegetación a los pies de una familia de cerros enormes. En sus faldas divisé a cuerpos humanos hormigueando, desembocando de cuevas esculpidas en las cimas, en regiones donde flotaba una niebla de sorprendente reciedumbre. Me fui acercando a los cerros por medio de un camino rociado de fango y pedruscos. El crepúsculo era una presencia multicolor en el lóbulo occidental del firmamento. Los árboles se mecían en complicidad con un viento bullicioso. Un grupo de casuchas surgía al fondo. Al llegar hasta allí, me topé con gente cobriza, deslucida. Varios jóvenes llevaban ropas coloreadas de mugre.
Decidí subir a alguno de los cerros. Escogí uno y comencé a trepar con urgencia, evadiendo marañas de plantas decrépitas, experimentando hervores de pánico cada vez que miraba hacia atrás y notaba que la altura se iba haciendo más vigorosa. En un recodo decidí descansar. Aún faltaba escalar más de la mitad del cerro para llegar a la zona de las minas. Me arrellané sobre una roca para tomar aliento. Mi organismo se apaciguaba cuando, de súbito, una andanada de disparos rasgó el mutismo de la naturaleza. Provenía de las partes altas.
Atolondrado, me puse pie y comencé a bajar del cerro. Las balas arreciaban. Mi velocidad enloquecida me hizo trastabillar en varios tramos. Felizmente llegué ileso a la superficie. Allí me topé con las mismas personas: continuaban con sus cabizbajas rutinas, sin prestarle atención a la balacera.
- ¿Qué está pasando?- les pregunté, sudando el pánico.
Solo una señora se animó a contestar:
- Se meten bala por el oro. Aquí, en Río Seco, hay muerte todos los días.

domingo 11 de enero de 2009

Tras terminar mi breve novela "La postergación", me puse a escribir una nueva novela. Hoy, por la mañana, escribí este fragmento:

Tras salir de la clase de Lógica, Mircia evadió el avispeo de los cuerpos y se encerró en el baño ubicado en un extremo de la franja subterránea que cobijaba los salones de cachimbos. En ese ámbito forrado de azulejos, cantor de ecos nítidos, moraba un espíritu de alivio, susurro y sinceridad. Al fin podía relajar los músculos, bisbisear con emoción algunas palabras que rezumaban el éxito, la osadía de una proeza interior, el descanso de la incomodidad mayúscula.
Se cruzó con dos jovencitas parlanchinas mientras buscaba una cabina vacía donde recluirse. Una tenue fetidez dio volteretas en el aire luego del destape de un bostezo excrementicio. Miró por debajo y apreció algunos calzados exánimes, miembros de una especie de museo de la meditación y el miasma. Encontró una cabina disponible e ingresó en ella. Colgó la mochila en el perchero que pendía de la parte interior de la portezuela, y deslizó el bluyín y los lívidos calzones por sus muslos, piernas, tobillos. Tomó asiento y se abandonó a los melindres de su organismo. Acorazada del mundo por esas cuatro breves paredes plomizas, se dejó derrotar por la tentación de lanzar un salivazo al suelo. Lo hizo. Se regocijó al ver que una ringlera de globillos blanquecinos, la obra de su intimidad, rebullía, insonora, sobre la brillosidad levemente atezada de las mayólicas. Mientras observaba la evolución del esputo, liberó desde su interior un chisguetazo de orines tibios, seguido de una dilatada reventazón gaseosa parida de sus intestinos, que solo expresó su presencia con un silbido cauteloso y aumentativo.
Luego cerró la mirada, envuelta en el regusto del alivio corporal, se concentró en el ritmo de su respiración y se imaginó caminando con júbilo y orgullo, exenta de vergüenzas y vacilaciones, en las sendas del campus que, a su vez, era un campus distinto, pues poseía una suerte de superficie azafranada que relativizaba la veracidad de las andanzas, semblantes y voces oferentes, llamaradas de sensualidad. Todo estaba sumergido en una textura sepia, desmemoriada, divagando en el placer semianimal del presente perpetuo.
“Pero el tiempo existe y avanza, no da concesiones- pensó-. Es la causa de la infelicidad, de mi destierro de la alegría mundana; pero, también, del hallazgo de Gonzalo Crovetto. Todo ocurre, crece y se destruye en el tiempo”. Ovillada en sus cavilaciones, sometida por las valvas de sus tormentos, se mantenía inmóvil, autodefiniéndose como un ser exquisito para disfrutar la soledad, pero a la vez deleznable para las rutinas de la vida social, ese cúmulo de bullicios ceremoniales, esa esclavitud codificada que era un vituperio en contra de la autenticidad de los seres humanos. “Y especialmente de mí, que soy el Ser Humano”, se dijo, enfatizando en las mayúsculas, con dolor.

jueves 8 de enero de 2009

UN FRAGMENTO MÁS DE MI NOVELA "LA POSTERGACIÓN"

Arrullada por la ventisca de la noche, enredada en el sopor alcohólico, el agobio y el pesimismo, Yeni acompañaba a Dante en sus borracheras de Taurija, junto a los muros pintarrajeados que fosforecían en la oscuridad viciosa. Lo escoltaba, en silencio, soportando su rosario de discursos sobre vivencias, furias y complejos, evadiendo las miradas burlonas de los hombres que bebían con él, grupo de pandilleros y proxenetas que patrocinaban el frenesí del Cono Norte.
Lo oía y repudiaba, en su fuero interno, el dejo cusqueño que arreciaba como un avispeo anacrónico y caricaturesco. Ansiaba golpearlo, besarlo, adorarlo o matarlo. Su piel y su voz eran repugnantes, pero un aura de sabiduría y protección lo dotaba de una superioridad que lograba pisotear cinismos y esbozos de ironía.
Su talento para el liderazgo logró avasallarla, someterla a una rutina de acompañante a toda hora, de cuerpo consagrado a sus placeres. Se apoderó de ella. Entonces fue fácil lograr que aceptara trabajar para él, sumándose a María Piedad, Irina y Sally en los trabajos noctámbulos de la carne. El pudor inicial existió, pero fue borroneado con frases de amor total al mundo, de entregarse al prójimo y hacerlo feliz, entre padrenuestros y avemarías canturreados como sentencias al pie de la cama, antes de coronar la jornada con la unión del proxeneta, su dueño, y su cuerpo exhausto por el trabajo callejero. Esa última batalla para agitarse en repetidas y gastadas imposturas.




lunes 5 de enero de 2009

OTRO FRAGMENTO DE MI NOVELA " LA POSTERGACIÓN"

YENI fue una grieta en la monotonía de sus búsquedas y hallazgos. Mientras Irina, María Piedad y Sally le proporcionaban una calma asociada a la pereza, un tedio amenizado por los derechos totales sobre esos cuerpos cada vez más abollados por el uso fugaz y anónimo, Yeni se iba erigiendo como una nostalgia entre el furor de tanta bravata y movimientos consabidos, un chisporroteo de seguridad y unicidad, una calidez superior a sus epílogos coitales más célebres.
Yeni emergió del azar entre los bullicios de música y el hálito ceniciento del bar Etnias del Centro de Lima. Tras los chorros de cerveza y pisco que engulló acodado en la barra, junto con sus compinches proxenetas y vendedores de drogas del Cono Norte, Dante se lanzó a la caza de cuerpos suculentos, entre el piélago de danzantes, los brindis y las ternuras de viento que se filtraban por las ventanas pegadas a la alta techumbre.
Escrutó pieles, movimientos, semblantes. Se acercó a chicas que lo despreciaron al verle la cara andina; retornó con furia a seguir alcoholizándose en la barra; saltó por segunda vez a la pista de baile, dotado de una valentía ligada al odio. Entonces, en un rincón rociado de penumbra, tras las volutas de un humo vicioso, encontró a Yeni. Su rictus de tristeza enaltecía su soledad, embellecía sus rasgos delgados, tan parecidos a los de él, tan oriundos de una esencia impura, indefinida, de una carne similar a la tierra.
Salieron a bailar una canción ochentera que él no pudo identificar. Se tocaron, giraron, se contemplaron con desparpajo, con un aliento a milagro, como si reconocieran en el otro una pieza profunda de sí mismo que se hubiera perdido en el caos del mundo. Juntaron los pechos, frotaron sus espaldas y tocaron con los dedos sus espinas dorsales. La cercanía se acaloraba y los tornaba indesligables, los robustecía con los poderes de un tormentoso hechizo. Cuando llegó el instante del beso, los labios succionaron febrilmente, imbuidos en la ansiedad y la esperanza, en el deseo de una continuidad digna de alcanzar el triunfo o la destrucción.
Luego las canciones arreciaron por decenas y ellos permanecían atados, maldecidos por un designio de una savia inicial peligrosamente agradable. El paso del tiempo fue una sustancia vaga hasta que Yeni dijo que tenía que marcharse. Dante se alertó, sudó un pánico sagrado y sacó su celular para apuntar su número telefónico. Yeni se lo dio, le asestó un beso en la mejilla y se fusionó con el gentío y la humareda.
Al amanecer, aturdido por la sed de la resaca, Dante hervía el temor al fracaso. Se dijo que lo mejor era que el suceso quedara como una caricia más de sus madrugadas. Pero, en su fuero interno, admitía que, en cualquier momento de sensatez, tomaría el celular para llamarla. Desde entonces, cada anochecer, en paz, cuando el tráfago de su trío de mujercillas dormitaba la fatiga de la jornada, Dante alzaba la imaginación y evocaba el cuerpo de Yeni. En la fantasía, retornaba tan apetecible pese a la austeridad de la carne, tan dócil para la adoración y la misericordia.



domingo 4 de enero de 2009

ODAS DE TEMAS OBSOLETOS, PERO AÚN HILARANTES: LOS HUMALA, FUJI-RATA Y CHEMITO

ODA AL BATALLÓN FAMILIAR HUMALA

¿Qué pasó con el barullo
de la gran panaca Humala,
con su quechua, con su bala,
con lo incaico de su orgullo?
Se esfumó el Tahuantinsuyo
entre tanto ignorantón
como el tal Torres Carón
que en traición vale su peso
y en los viajes del Congreso
es fotógrafo chavón.

El Antauro y el Ollanta
son dos caras de lo mismo:
¡el vil etnocacerismo
a la democracia espanta!
Sólo Chávez los aguanta
al igual que ese pillín
Vladimiro Rasputín
que al Ollanta dio instrucciones
pa’ que invente rebeliones
contra el gran Chino Albertín.

Con sus reservistas hordas
y en cobarde madrugada
Antaurín hizo asonada
por un cupo en Piedras Gordas.
Pregonando ideas sordas
ni el dios Inti les da dones.
¡Oigan, falsos rebeldones,
de mentiras se mantienen
pues de incaico sólo tienen
el aspecto de orejones!

De Velasco son relevo
y por eso desesperan
porque encima se acolleran
con Fidel, Chávez y el Evo.
A ensalzarlos yo me atrevo
y les digo con agrado
que nadita han inventado,
sus ideas ya vivimos
porque un Inca ya tuvimos:
ese fue el Cholón Sagrado.


TESTIMONIO DEL ACUSADO FUJIMORI

Soy Alberto Chino Rata
el insigne ex presidente
que gritó “¡Soy inocente!”
pues nunca he robado plata.
Ojalá que en la bravata
la Satomi no me cele
pues mi juicio está en la tele
y un besito darle quiero
a mi Vladi traicionero
cuando pronto me interpele.


ODA A CHEMO DEL SOLAR

Dios de los desconvocados,
mi Chemito director,
no esperaste que el ardor
de aquellos seleccionados
con los quicios alterados
iba a ser el pie de entrada
de aquella feroz goleada.
Aunque tanta juerga hermosa
no cansó al Cóndor Mendoza
que mojó como si nada.

ODA A TRES INSIGNES PRECIOSOS: ROMULITO RATÓN, MAGALY, NEY

Ay, mi Rómulo León
papacito de Luciana
te pelaste y sufres cana
por tremendo faenón.
Bondadosa fue la ley
con La Urraca y su delito
y en San Jorge ya el fulbito
no tendrá goles de Ney.

Fragmento de mi novela "La postergación"

HACE ya tantos años, en el tiempo rabioso de la juventud, Dante había soñado con salvar a las mujeres descarriadas del Cono Norte y patrocinarlas en el negocio de la carne. Casi pudriéndose, atado a la rutina del alcohol en su cuartucho, imaginaba sin dificultad a aquellas tipejas que él transformaría en las doncellas de su imperio de placer. Mientras se desplazaba por las blanduras de la fantasía, mientras diseñaba calidades de piel, osamentas y rasgos faciales, maldecía su acento andino, esas erres y eses vergonzantes, compás de zumbidos que eran el lastre irreversible de su Cusco natal.
En esa época de soledad y violencia imberbe, entre entusiasmos, juramentos de huarique y renuncias sin culpa, forjándose en la malicia en una senda de numerosas vidas minúsculas, salía cada noche de su cubil y recorría el peligro de Huandoy, sorteando miradas de ladrones y piltrafas femeninas, buscando ojos de chicas puras en el ámbito del frenesí. En las cantinas, solo cuerpos en decadencia que agasajaban la blasfemia de los borrachos, olor pestífero de sobacos y bocanadas morosas, música oxidada que declamaba infortunios.
Tuvo que inmiscuirse en los estruendos del bulevar de Los Olivos para acceder al tipo de mujer que él buscaba, restallante de incredulidad y amargura. Entre bailes con chicas decentes, que no se dejaban toquetear la cintura hasta la tercera o cuarta canción, entendió los mecanismos que abren el pensamiento femenino. Comprendió sus miedos, los puntos débiles de su inventario de erotismos, el contenido reiterativo de lo correcto y apto para la claridad de la vida pública.
Algunas chicas poseían un aura hostil que impedía el intento de su propuesta. Pero otras destilaban un potencial perturbador, suavemente lúdico. En ellas había que concentrarse. La táctica consistía en palparlas de forma sutil y sugerente en los bailes, pedirles el número del celular, llamarlas días después y acordar una cita. Una vez que ya tenía a la chica de turno en el café, cantina, parque u hotel, le conversaba acerca de su vida en el Cusco, de su tiempo escolar, de las pampas rubias que acogieron sus correteos, y así sensibilizaba el espíritu mujeril y relajaba las ataduras del recato. De las palabras se ingresaba a la piel; al inicio con dulzura, luego con el rencor que motivaba su acento serranísimo y su pellejo de cobre barato.
De ese cúmulo de muchachas que esculpió con paciencia y detalle, tres aceptaron trabajar para él. Se llamaban María Piedad, Irina y Sally. Las tres fueron sus enamoradas antes de aceptar la condición de carne en venta, ingresando a un nivel ético dominado por la obediencia y el uso de palabras sucias, triste guión de las horas más resignadas.