“Pienso en usted y la olvido, acojo mi voluntad de olvidarla, olvido el futuro irrealizable que nos unió, olvido la insignificante porción de lo que hicimos juntos, de lo que nos espera”.
Juan Carlos Onetti
LA avenida Antúnez de Mayolo zumbó en el despertar. Acribillada por un pasmo de urgencia, Mircia emergió de las tinieblas del sueño y recordó, de súbito, que el día inverosímil ya era una sustancia del presente. Desperezándose, se arrimó hacia la ventana y contempló el exterior: combis y custers formaban manadas compactas, peatones zigzagueaban con virulencia, carretillas ofrecían humeantes desayunos al paso.
“Mi primer día de clases en la universidad”, pensó.
Se liberó de la tibieza de la cama, se colocó las pantuflas y fue al baño a orinar. Mientras aliviaba los requerimientos de sus esfínteres, notó que la luz mañanera clareaba las mayólicas con un tapiz inusual, anegada de entusiasmo y nerviosismo. Luego se quitó el camisón de dormir y entró a la ducha. Al enjabonarse, refugiada en las ráfagas del agua, notó con sorpresa que sus manos temblaban.
De regreso a su cuarto, se colocó la ropa que había separado para la ocasión. Un faldón azul muy vaporoso, una blusa rosada y balerinas púrpuras. Después roció de un fino perfume el cuello y los brazos, se colgó la mochila al hombro y abandonó su dormitorio para bajar al comedor.
Sentada a la mesa, esperó unos minutos hasta que Angelita, la empleada de la casa, una señora huanuqueña de miradas huidizas, le sirvió el breve desayuno. Sorbió a trompicones un café con leche muy caliente y masticó un pan untado de mantequilla. Poco antes de que terminara, bajó su padre en pijamas, legañoso y soñoliento:
- Mucha suerte, hijita. Anda con cuidadito en el micro.
- Ya, papá. No te preocupes.
Mircia se puso de pie y fue al baño a cepillarse los dientes. Mientras lo hacía, se miró en el espejo y percibió un fulgor especial en su semblante. “Hoy empieza la vida de verdad”, se dijo, sonriente.
Salió de casa y caminó hasta la esquina para esperar el micro. La avenida Antúnez de Mayolo bullía el frenesí del comercio. Carretillas y tiendas formaban un conglomerado de colores vívidos, atractivos para la vista. La torre del Palacio de la Juventud, un centro recreacional donde se divirtió tanto durante su niñez, se alzaba sobre el barrio de Covida.
Estiró el brazo derecho y un micro azul, ribeteado de verde, blanco y rojo, se detuvo al borde del sardinel. Subió y se arrellanó en un asiento personal ubicado a mitad del corredor. Olisqueó la tibia fetidez de las axilas, la grasa lustrada en la superficie, la calefacción que emanaban los cuerpos. Muy pocas veces había viajado en micro. Siempre era su padre quien la llevaba a sus destinos en la 4x4 negra. Una trepidante dosis de miedo recorría su espina dorsal en cada tumbo que daba el transporte. Pero era un miedo entusiasta, pues resplandecía en ella un sentimiento de independencia, de ingreso a la adultez.
Se dedicó a contemplar por la ventana cada trozo de Covida que iba quedando atrás. Restaurantes, gimnasios y tiendas automotrices desfilaban como vendavales de colores. Toda su vida la había pasado en ese barrio de Los Olivos. Allí quedaba su casa, su colegio El Buen Pastor, la academia donde se preparó para postular a la universidad. A ella le gustaba pensar que el distrito donde vivía no se llamaba Los Olivos, sino Los Olvidos. Ese nombre sonaba mejor, lo penetraba una esencia mágica que parecía brotar de un manantial de surrealismo. Los Olvidos bien podía ser el nombre de una obra literaria, pensaba a menudo, envuelta en la certeza de que en algún momento comenzaría a trabajarla. Muchas veces había intentado escribir cuentos y novelas, pero, tras garrapatear unas cuantas frases, notaba que su lenguaje era pobre y defectuoso. Rimaba palabras sin querer, usaba demasiados adjetivos, los diálogos eran inverosímiles. “Tal vez lo mío es la poesía”, se dijo una vez; sin embargo, cuando intentó esbozar unos versos, se topó con la incomodidad de notar que la hoja quedaba con muchos espacios en blanco. Ella buscaba llenarlo todo con sus pensamientos más viscerales y elevados, plasmar la vida, registrar la historia del país, de su familia, de sí misma. La narrativa era el destino de su escritura, pero aún necesitaba tiempo para nutrirse de vivencias, aprender nuevas palabras y leer muchísimo.
Sin embargo, jamás pensó en estudiar la carrera de Literatura. Consideraba que su gusto por las letras formaba parte de su mundo interior, aquel ámbito que nadie podía conocer. Era un secreto que debía permanecer puro, ajeno a la palabrería de la gente. Ella dejaría que sus padres le dijeran cómo desenvolverse en la realidad. El lado externo de la vida, la bullanga social, no formaba parte del inventario de sus intereses y pasiones. Por esta razón, cuando terminó el colegio y su padre le anunció la carrera que había pensado para ella, Mircia aceptó sin inmutarse, en silencio.
- Gestión Empresarial, hijita. Así, cuando acabes la universidad, podrás ayudar a mejorar el negocio de la familia.
Estaba acostumbrada a guardarse sus opiniones y a reprimir el vigor de sus ideas, pero, en este caso, le daba igual cualquier carrera porque no poseía ninguna preferencia. Jamás se había preocupado en pensar sobre profesiones y temas relacionados al ámbito laboral. La vida escolar aún la envolvía con fuerza y le impedía imaginarse lejos de los espacios donde discurrió esa etapa recién extinguida.
Su padre era un fructífero empresario del Cono Norte, dueño de una fábrica de ladrillos que cada vez mejoraba sus ventas y se expandía hacia otros reductos de Lima. Vivía para el dinero. Cada movimiento de su rutina estaba consagrado a fajos de billetes que rápidamente canjeaba por bienes materiales. A Mircia la deslumbraba el frenesí con que cada espacio de la casa se iba poblando de artefactos de grandes dimensiones y los roperos aglomeraban atavíos de toda especie. Sin embargo, se sentía lejana a esa visión materialista de la vida y muchas veces la dominaba el desprecio. Ese regusto por el bullicio de la tecnología la abrumaba. Ella prefería el silencio del ocio, la paz en el tiempo, la soledad imbuida de fantasías.
Al llegar enero, su padre la inscribió en la academia preuniversitaria Trilce de Los Olivos, ubicada muy cerca de la casa familiar. Antes de dirigirse a la fábrica de ladrillos, él la llevaba todas las mañanas en su 4x4 de lunas polarizadas. Mircia bajaba del auto, lánguidamente orgullosa, y se internaba en el angosto edificio. El fragor de las clases era desmesurado. Entre enseñanzas a vuelo de pájaro y el vocerío de los alumnos, el aprendizaje se tornaba dificultoso, pero ella se mantenía incólume y aprovechaba cada frase de los profesores. Los frutos de su dedicación aparecieron sin dilaciones, pues sus puntajes eran los más altos del aula.
A mediados de febrero, Mircia rindió el examen de admisión de la Universidad Católica e ingresó en tercer puesto. Su padre estalló de entusiasmo al enterarse de la gran noticia. Se sentía esperanzado, redimido de sus fracasos de años lejanos, ovillado en los deleites de la soberbia.
El micro enfilaba por la avenida Universitaria, abriéndose paso entre un follaje de ruidos y humos. La luz solar iba creciendo en el cielo y abrillantando el pellejo de los autos. Había algo en esos resplandores que emanaba violencia y sarcasmo, una especie de fluido malévolo que provocaba ramalazos de nerviosismo.
Tras abandonar los dominios del Cono Norte y de San Martín de Porres, el vehículo cruzó la avenida Colonial y pasó junto a la Universidad Mayor de San Marcos, que estaba resguardada por una muralla baja de color blanco percudido. Al atravesar la avenida Venezuela, ya se iba divisando la rectitud rojiza de la Universidad Católica, que reposaba entre las brumas matutinas que ascendían de las playas.
Mircia bajó en el paradero que se ubicaba junto a la puerta principal y se sumergió en la muchedumbre estudiantil que avanzaba portando mochilas, bolsos, maletines. Le agradó esa sensación de formar parte de esa masa de pieles amables y ropas finas. Le entusiasmaba la idea de conocerlos y ser amiga de todos ellos. Mostró su carnet al guachimán de la entrada envuelta en la turbamulta de hedores afables, penetrada por un vaivén de suavidades de brazos y codos.
Adentro, sus cavilaciones se disolvieron mientras avanzaba por una senda orillada de vastos jardines, la misma que había recorrido el día del examen de admisión. Al llegar al pabellón de Estudios Generales Letras, descendió hacia el pasillo subterráneo donde se ubicaban los salones de cachimbos. Se detuvo frente a la puerta de su aula con temor, remecida por la tentación de escapar. Sin embargo, activó su cuerpo y entró.
El salón era escalonado, de paredes blancas y grandes ventanas. Apenas un grupúsculo de alumnos permanecía desmigajado y enmudecido en las carpetas. El miedo le impidió detenerse en las caras. Su avance fue veloz, casi ciego, hasta que se sentó en la última fila. Desde allí observó cada trozo del aula, cada cuerpo; degustó cada voz expandida en el aire.
Tras unos segundos de silencioso marasmo, una parvada de muchachos risueños traspuso la puerta e ingresó. El vaivén de las caras fluía apacible. Las claridades y trigueñeces de las pieles se movían uniformizadas por el entusiasmo. Todos eran iguales para ella. Todos eran, simplemente, cachimbos de la Universidad Católica. La piel constituía solo una cáscara de importancia secundaria. Allí primaba el espíritu, el talento, la sabiduría de las voces.
De pronto, un zarpazo de excitación alborotó su cuerpo. Un joven de rostro hermoso, muy alto, blanco, de barbas castañas y cabello corto, surgió entre ellos, opacándolos. Vestía un polo blanco arrugadísimo, un bluyín trajinado con un agujero en la rodilla derecha y sandalias negras. Sin embargo, esas ropas desastradas no se veían mal en su cuerpo. Daba la impresión de que cualquier atuendo le quedaba bien. No necesitaba arreglarse para ser bello.
Se sentó en la primera fila, al lado de unas chicas guapas que lo saludaron con animosidad. Mircia se regocijaba contemplando esas anatomías perfectas. La entusiasmó la idea de que esa clase de personas sean sus compañeros de clase. Pronto se harían todos amigos y formaría parte de ese círculo de belleza física.
Cuando el salón ya se había poblado de muchos alumnos, quienes alzaban un barullo de voces siseantes, hizo su aparición la profesora de Lógica, la encargada de dictarles la primera clase universitaria de sus vidas. Fue chocante la frialdad con que se dirigió a ellos, evitando frases de bienvenida y congratulación. Era blanca, medio rolliza, de pelo negro lacio muy largo y pantalones ajustados. Pese a su adiposidad, poseía una belleza refinada similar a la de las chicas que acompañaban al muchacho alto y guapo.
Luego de repartir los syllabus y presentar el programa del curso, anunció que tomaría lista. Mircia se dio cuenta de que podría saber cómo se llamaba el muchacho si es que estaba atenta. Los nombres comenzaron a brotar de la boca de la maestra con claridad y buen volumen. Cada intervalo entre llamados arrojaba suspenso y taquicardia sobre el silencio. Hasta que las palabras esperadas surgieron. El joven se llamaba Gonzalo Crovetto. “Con doble T”, intuyó emocionada.
Cuando se oyó su nombre, Mircia no alzó la mano inmediatamente, pues palpitaba en medio de un jolgorio interno, nublada por la exultación del hallazgo. Demoró unos segundos en retornar a la realidad. Al hacerlo, irguió el brazo derecho con urgencia, aguijoneada por un sentimiento de minusvalía.
La clase continuó con una explicación sobre las falacias. Entonces, todos los alumnos abrieron sus cuadernos y comenzaron a apuntar presurosamente los datos que la profesora aglomeraba en la pizarra. Mircia también realizaba ese quehacer, pero sus ojos se desplazaban a menudo hacia la primera fila y se detenían en Gonzalo, en sus movimientos, en su perfil esculpido con perfección.
Tras salir de la clase de Lógica, evadió el avispeo de los cuerpos y se encerró en el baño ubicado en un extremo de la franja subterránea que cobijaba los salones de cachimbos. En ese ámbito forrado de azulejos moraba un espíritu de alivio, ecos y sinceridad. Al fin podía relajar los músculos, bisbisear con emoción algunas palabras que rezumaban el éxito de su proeza interior.
Se cruzó con dos jovencitas parlanchinas mientras buscaba una cabina vacía donde recluirse. Una tenue fetidez dio volteretas en el aire luego del destape de un bostezo excrementicio. Miró por debajo y apreció algunos calzados exánimes, miembros de una especie de museo de la meditación y el miasma. Encontró una cabina disponible e ingresó en ella. Colgó la mochila en el perchero que pendía de la parte interior de la portezuela, y deslizó el bluyín y los lívidos calzones por sus muslos, piernas, tobillos. Tomó asiento y se abandonó a los melindres de su organismo. Acorazada del mundo por esas cuatro breves paredes plomizas, se dejó derrotar por la tentación de lanzar un salivazo al suelo. Lo hizo. Se regocijó al ver que un cúmulo de globillos blanquecinos rebullía sobre la brillosidad de las mayólicas. Mientras observaba el esputo, liberó desde su interior un chisguetazo de orines tibios, seguido de una dilatada reventazón gaseosa que solo expresó su presencia con un silbido débil y cauteloso.
Luego cerró la mirada, envuelta en el regusto del alivio corporal, se concentró en el ritmo de su respiración y se imaginó caminando con júbilo y orgullo, exenta de vergüenzas y vacilaciones, en las sendas del campus que, a su vez, era un campus distinto, pues poseía una suerte de superficie azafranada que relativizaba la veracidad de las andanzas, semblantes y voces oferentes, llamaradas de sensualidad. Todo estaba sumergido en una textura sepia, desmemoriada, divagando en el placer semianimal del presente perpetuo.
“Pero el tiempo existe y avanza, no da concesiones- pensó-. Es la causa de la infelicidad, de mi destierro de la alegría mundana; pero, también, del hallazgo de Gonzalo Crovetto. Todo ocurre, crece y se destruye en el tiempo”. Ovillada en sus cavilaciones, sometida por las valvas de sus tormentos, se mantenía inmóvil, autodefiniéndose como un ser exquisito para disfrutar la soledad, pero a la vez deleznable para las rutinas de la vida social, ese cúmulo de bullicios ceremoniales, esa esclavitud codificada que era un vituperio en contra de la autenticidad de los seres humanos. “Y especialmente de mí, que soy el Ser Humano”, se dijo, enfatizando en las mayúsculas, con dolor.