viernes 27 de febrero de 2009

Sabor y Control en La Noche

Ayer fui al concierto de Sabor y Control en La Noche de Barranco. Fue espectacular. Las parejas gozaron, los músicos rutilaron con gran destreza, especialmente el joven tecladista, quien me dejó alelado con su manejo de los montunos. Lo único que le faltó a la banda para que me encandilara totalmente fue una trompeta. Pero igual, estuvo fantástico. Sentir la felicidad vertiginosa de la música en vivo es inenarrable. A menos de tres metros de mis oídos, la banda vibraba en sonoridades exquisitas, provocando que agitara mis piernas desde mi sitio, entre sorbos pacientes de cerveza, fantaseándome a mí sobre ese escenario, con ellos, tocando la trompeta.
Larga vida a Sabor y Control. Gracias por la música, por la salsa, por tanta alegría.

jueves 26 de febrero de 2009

1200 dollars, baby

Cuando tenía dieciséis años, aún escolar, decidí ser novelista. Ni poeta ni cuentista. Solamente novelista. Desde entonces mi vida verdadera- la interna, la que fluye en mi cabeza y nadie, absolutamente nadie conoce- consistió, y consiste, en aprender a serlo. Es decir, aprender a escribir novelas. Comencé tropezando con las palabras, entre cacofonías, faltas ortográficas, sudores, insomnios y desencantos. Difícil tarea la que me propuse cuando era adolescente. La dedicación fue moldeando la destreza innata; poco a poco las frases iban quedando mejor, ganando brillo, claridad, exactitud. Puedo jurar que esa actividad era, y es, diaria. Era lo único que verdaderamente me importaba entonces: llegar a escribir una novela completa. Siempre pensaba con suprema curiosidad qué se sentiría al acabar una novela. Y avanzaba, y avanzaba. Me encerraba largas horas, casi todos los días. Caminaba por las calles y pensaba en mis personajes, en cambiar una que otra frase, en desechar el proyecto. Sufría y era feliz en ese limbo. Los años fueron avanzando y elaboré varias novelas inconclusas. Ya universitario, ser novelista era lo que más me importaba. Los cursos que llevaba en la universidad eran importantes, el eje de mi vida externa, pero mi vida interna seguía girando en la órbita de la ficción literaria. En la universidad conocí, más que todo, a lectores, a consumidores de cultura: películas, libros, música. Pero apenas conocí un puñado de creadores. Sin embargo, la estupidez de la vanidad provocaba que los considerase menos apasionados que yo en sus labores artísticas. Siempre los temas sobre los cuales escribían me parecían huecos, superficiales, propios de alguien que cree que su contexto vital es la vida entera.
Mi tarea continuaba con sigilo, ajena a la hojarasca de los concursos de cuentos y poesía que pululaban en el mundo universitario. “Cuentos: historias chiquitas”, me burlaba, estúpidamente. “La novela está reservada para los verdaderos escritores”. “Poesía”, pensaba con desdén. “Transcribes un pedo y ya hiciste un poema”. “ Época de versolibristas. ¿Alguno de esos poetastros sabrá cómo se hace un soneto, una décima? ¿Podrán hacer si quiera una rima entre gerundios?”
Siempre distanciado de las conversaciones de cafetín, de lecturas refinadas, de frecuentar a lectores de Cortázar, imbuido de anhelos, de proyectos que no despegaban jamás de mi pluma, continuaba diseñando historias incipientes, inverosímiles, aquejado por la enfermedad de la grandeza, con el deseo de exhibir mi genio taladrándome todo el tiempo.
Nunca llegaba a culminar las novelas. Me perdía en mis propias palabras. Me llenaba de rabia, me odiaba y odiaba a todos. “En vez de intentar escribir novelas inacabables podría estar escribiendo cuentos, esas historias chiquitas que te hacen ganar concursos”, me atormentaba a veces, trémulo, en mis insomnios poblados de dudas.
Sentía que mis esfuerzos eran inútiles. Que nunca lo lograría. Pero mi ímpetu, mi obsesión, podía más que todo ello. Lo mío era un instinto. Narrar. Contar cosas. Hacer que pase algo. Eso era algo innato. Siempre lo hice. Cuando niño, tenía una grabadora donde narraba cada vivencia como un diario. Entrevistaba a mis familiares, grababa los ruidos de la naturaleza, me grababa tocando la flauta dulce, la zampoña, el órgano. Más pequeño aún, solía dibujar las vivencias del día y hacer cómics donde plasmaba mis anhelos de grandeza épica inventando civilizaciones avanzadas con grandiosos campeonatos de fútbol, antagónicas a nuestro país.
Luego, entré a facultad a estudiar Literatura y mi prosa se llenó de más caos. Sentía que cada conocimiento enseñado en las clases, que cada lectura de crítica, que cada obra de ficción analizada eran utilizables para mis narraciones. Entonces la epidemia de la metaliteratura me intoxicó. Se me ocurrió crear un personaje que fuera un Quijote de nuestros tiempos, y que escribiera como Martín Adán. Además, pretendía criticar al freudismo, a la filosofía moderna, parafrasear a Descartes, usar un lenguaje del siglo de oro, etc. Un cúmulo de posibilidades se encargó de malograrme la espontaneidad. Pero, como la vocación puede más que el contexto, un par de ciclos después tuve una vuelta al orden y decidí no usar ninguna referencia literaria en mis textos, pues lo empecé a considerar como un síntoma propio de escribidores ganso- académicos, gentuza sin mundo que carecía de temas por los cuales escribir. Es decir, consideraba que esos patanes decían bodrios como el siguiente: Voy a escribir sobre la subalternidad del individuo posmoderno en su búsqueda del significante electrodoméstico. Cosas así, cosas que suenan a trabajos para cursos universitarios, textos sin sangre, sin vértigo, vainas bien escritas pero olvidables.( Luego me di cuenta de que un buen texto puede tratar de lo que sea, así tenga veinte mil referencias literarias, audiovisuales, de animes, Chat, play station, lo que sea).
Como decía, decidí prescindir de esos menjunjes académicos y dedicarme a contar una historia. Tal persona va a tal sitio. Conoce a tal persona. Se emborrachan y tienen sexo. Asuntos de ese tipo. Simples, sin pretextos digresivos. Aprender a usar diálogos, a crear tensión, etc. Y entonces, en ese momento creo que comenzó algo mucho más serio para mí. Entonces, me dediqué a una nueva novela con toda el alma. Investigué muchísimo. Entrevistaba a gente, visitaba las locaciones de mi obra, me dateaba. La novela ocurría en muchos lugares del país, algunos de los cuales no conocía. Uno de los personajes se escapa de su casa, va al Cusco, entra a una pandilla de matagringos; luego va a Puno, entra a trabajar de contrabandista y, con esa chamba, recorre muchos lugares. Fue muy trabajoso llegar a escribir esos fragmentos. Bueno, el asunto es que, en un año, llegué a concluirla.
Si bien, algunas personas que leyeron mi texto lo elogiaron muchísimo, yo sentía que me faltaba mucho para llegar a cuajarme como narrador. La flojera también había jugado en contra. Varias partes las escribí a la volada, a salto de mata, con la ansiedad de tener algo concluido. Fue un gran error. La narrativa es hermana de la paciencia, del silencio, de la dedicación. Recuerdo que lo presenté a un concurso de novela sin siquiera cumplir con el mínimo número de páginas. Bueno, lo importante es participar, dicen.
Luego, me dediqué a escribir otra novela, llamada Lima Norte. “Esta si será mi primera novela de verdad”, me prometí, y me dediqué con las ganas de siempre a edificar este nuevo texto. Debo reconocer que lo escribí sin horarios, poco a poco, con mesura y respeto. Me demoré cerca de un año. Esta vez el resultado me pareció más alentador. Se lo pasé a mi amigo Javier Muñoz y este me hizo ver los errores y las virtudes. Me dijo que a veces mi lenguaje era muy adornado, muy pomposo( tanto me han dicho esto en mi vida que ya ha creado un complejo en mí), y que tenía problemas con los diálogos. Entonces, un vendaval de problemas apareció una vez más. Sentía que nunca llegaría a escribir algo exento de malformaciones y chapucerías. Me sentía frustrado. Yo pensaba que, apenas mi texto brotara hacia el exterior, los elogios lloverían de manera unánime. Debo afirmar con total honestidad que siempre me sentía seguro de mi talento artístico, creo que aquello es el único bastión de mi autoestima, pero el aceptar mis defectos acrecentaba mi ansiedad por ser realmente un novelista.
Tiempo después, me inscribí en el taller de crónica periodística de Sánchez León y recibí de él pomposos elogios cada vez que presentaba una crónica. Cada frase suya me devolvía el aire, me hacía creer en mí más que nunca. El desenfado con que el profesor Balo afirmaba que yo tenía talento literario me anegaba de alivio y hasta de cierta incomodidad, porque no me gusta sentir todos los ojos sobre mí. Al final del curso, mi crónica sobre los night clubs de La Colmena salió elegida como una de las mejores, y al año siguiente fue publicada. Con este hecho sentí que la justicia a toda una vida de imaginación se estaba aproximando.
Cuando el júbilo de verme impreso fue pulverizado por la rutina, surgió en mi cabeza un nuevo objetivo: publicar mi novela Lima Norte. Entonces, le presté mi manuscrito a Mariano Vargas y este, al acabarlo de leer, me dijo por Messenger que le parecía de la conchasumadre. Entonces ardí en alegría y seguí el consejo de mi buen amigo: corregir la novela hasta que me sangraran los ojos. La imprimí en letra grande, la anillé, y la leí, la releí, subrayando los errores con plumón. Corregí, corregí, corregí, y felizmente no me sangraron los ojos.

El tiempo que le sigue a aquello es el actual. He mandado mails a editoriales jóvenes peruanas, algunas de las cuales respondieron y me pidieron que les enviara mi novela. Así lo hice y algunas de ellas me respondieron que mi texto era publicable, adjuntando el presupuesto que debo desembolsar para tornar en realidad la quimera de mis dieciséis años.

Resumiendo, necesito 1200 dólares para publicar mi novela Lima Norte. Estoy pensando en formas de conseguirlo. Primero lo básico: buscarme un trabajo, pues mi labor como jefe de práctica se limita a los sábados. Necesito una chamba que sea de lunes a viernes, con un salario no menor de 700 soles.
-Necesito aprender a jugar en casinos.
-Necesito ganarme un premio de lotería. No pido millones, solo 1200 dólares.
-Tal vez hacer polladas, cuyadas.
-Tal vez me prostituiré.
- Tal vez venderé algún artefacto que pase desapercibido en casa, cual drogadicto misérrimo.
Creo que lo más fácil es prostituirse. En este texto ya he comenzado a hacerlo: me he desnudado como nunca antes lo había hecho. He confesado demasiado, he dejado que ustedes me conozcan. Ya saben, entonces: lo único que me importa es llegar a ser novelista. El resto de la vida no me interesa. Así que junten billetes y regálenmelos, o compadezcan a este pobre imbécil que sigue teniendo dieciséis años, y que no piensa en otra cosa que contar historias por escrito. Tonta tarea en un mundo que requiere de ingentes ingenieros, contadores y administradores, pero de ningún literato sin más currículo que años y años de dedicación y frustración, sobre todo frustración.

martes 24 de febrero de 2009

PRIMER CAPÍTULO


“Pienso en usted y la olvido, acojo mi voluntad de olvidarla, olvido el futuro irrealizable que nos unió, olvido la insignificante porción de lo que hicimos juntos, de lo que nos espera”.
Juan Carlos Onetti


LA avenida Antúnez de Mayolo zumbó en el despertar. Acribillada por un pasmo de urgencia, Mircia emergió de las tinieblas del sueño y recordó, de súbito, que el día inverosímil ya era una sustancia del presente. Desperezándose, se arrimó hacia la ventana y contempló el exterior: combis y custers formaban manadas compactas, peatones zigzagueaban con virulencia, carretillas ofrecían humeantes desayunos al paso.
“Mi primer día de clases en la universidad”, pensó.
Se liberó de la tibieza de la cama, se colocó las pantuflas y fue al baño a orinar. Mientras aliviaba los requerimientos de sus esfínteres, notó que la luz mañanera clareaba las mayólicas con un tapiz inusual, anegada de entusiasmo y nerviosismo. Luego se quitó el camisón de dormir y entró a la ducha. Al enjabonarse, refugiada en las ráfagas del agua, notó con sorpresa que sus manos temblaban.
De regreso a su cuarto, se colocó la ropa que había separado para la ocasión. Un faldón azul muy vaporoso, una blusa rosada y balerinas púrpuras. Después roció de un fino perfume el cuello y los brazos, se colgó la mochila al hombro y abandonó su dormitorio para bajar al comedor.
Sentada a la mesa, esperó unos minutos hasta que Angelita, la empleada de la casa, una señora huanuqueña de miradas huidizas, le sirvió el breve desayuno. Sorbió a trompicones un café con leche muy caliente y masticó un pan untado de mantequilla. Poco antes de que terminara, bajó su padre en pijamas, legañoso y soñoliento:
- Mucha suerte, hijita. Anda con cuidadito en el micro.
- Ya, papá. No te preocupes.
Mircia se puso de pie y fue al baño a cepillarse los dientes. Mientras lo hacía, se miró en el espejo y percibió un fulgor especial en su semblante. “Hoy empieza la vida de verdad”, se dijo, sonriente.
Salió de casa y caminó hasta la esquina para esperar el micro. La avenida Antúnez de Mayolo bullía el frenesí del comercio. Carretillas y tiendas formaban un conglomerado de colores vívidos, atractivos para la vista. La torre del Palacio de la Juventud, un centro recreacional donde se divirtió tanto durante su niñez, se alzaba sobre el barrio de Covida.
Estiró el brazo derecho y un micro azul, ribeteado de verde, blanco y rojo, se detuvo al borde del sardinel. Subió y se arrellanó en un asiento personal ubicado a mitad del corredor. Olisqueó la tibia fetidez de las axilas, la grasa lustrada en la superficie, la calefacción que emanaban los cuerpos. Muy pocas veces había viajado en micro. Siempre era su padre quien la llevaba a sus destinos en la 4x4 negra. Una trepidante dosis de miedo recorría su espina dorsal en cada tumbo que daba el transporte. Pero era un miedo entusiasta, pues resplandecía en ella un sentimiento de independencia, de ingreso a la adultez.
Se dedicó a contemplar por la ventana cada trozo de Covida que iba quedando atrás. Restaurantes, gimnasios y tiendas automotrices desfilaban como vendavales de colores. Toda su vida la había pasado en ese barrio de Los Olivos. Allí quedaba su casa, su colegio El Buen Pastor, la academia donde se preparó para postular a la universidad. A ella le gustaba pensar que el distrito donde vivía no se llamaba Los Olivos, sino Los Olvidos. Ese nombre sonaba mejor, lo penetraba una esencia mágica que parecía brotar de un manantial de surrealismo. Los Olvidos bien podía ser el nombre de una obra literaria, pensaba a menudo, envuelta en la certeza de que en algún momento comenzaría a trabajarla. Muchas veces había intentado escribir cuentos y novelas, pero, tras garrapatear unas cuantas frases, notaba que su lenguaje era pobre y defectuoso. Rimaba palabras sin querer, usaba demasiados adjetivos, los diálogos eran inverosímiles. “Tal vez lo mío es la poesía”, se dijo una vez; sin embargo, cuando intentó esbozar unos versos, se topó con la incomodidad de notar que la hoja quedaba con muchos espacios en blanco. Ella buscaba llenarlo todo con sus pensamientos más viscerales y elevados, plasmar la vida, registrar la historia del país, de su familia, de sí misma. La narrativa era el destino de su escritura, pero aún necesitaba tiempo para nutrirse de vivencias, aprender nuevas palabras y leer muchísimo.
Sin embargo, jamás pensó en estudiar la carrera de Literatura. Consideraba que su gusto por las letras formaba parte de su mundo interior, aquel ámbito que nadie podía conocer. Era un secreto que debía permanecer puro, ajeno a la palabrería de la gente. Ella dejaría que sus padres le dijeran cómo desenvolverse en la realidad. El lado externo de la vida, la bullanga social, no formaba parte del inventario de sus intereses y pasiones. Por esta razón, cuando terminó el colegio y su padre le anunció la carrera que había pensado para ella, Mircia aceptó sin inmutarse, en silencio.
- Gestión Empresarial, hijita. Así, cuando acabes la universidad, podrás ayudar a mejorar el negocio de la familia.
Estaba acostumbrada a guardarse sus opiniones y a reprimir el vigor de sus ideas, pero, en este caso, le daba igual cualquier carrera porque no poseía ninguna preferencia. Jamás se había preocupado en pensar sobre profesiones y temas relacionados al ámbito laboral. La vida escolar aún la envolvía con fuerza y le impedía imaginarse lejos de los espacios donde discurrió esa etapa recién extinguida.
Su padre era un fructífero empresario del Cono Norte, dueño de una fábrica de ladrillos que cada vez mejoraba sus ventas y se expandía hacia otros reductos de Lima. Vivía para el dinero. Cada movimiento de su rutina estaba consagrado a fajos de billetes que rápidamente canjeaba por bienes materiales. A Mircia la deslumbraba el frenesí con que cada espacio de la casa se iba poblando de artefactos de grandes dimensiones y los roperos aglomeraban atavíos de toda especie. Sin embargo, se sentía lejana a esa visión materialista de la vida y muchas veces la dominaba el desprecio. Ese regusto por el bullicio de la tecnología la abrumaba. Ella prefería el silencio del ocio, la paz en el tiempo, la soledad imbuida de fantasías.
Al llegar enero, su padre la inscribió en la academia preuniversitaria Trilce de Los Olivos, ubicada muy cerca de la casa familiar. Antes de dirigirse a la fábrica de ladrillos, él la llevaba todas las mañanas en su 4x4 de lunas polarizadas. Mircia bajaba del auto, lánguidamente orgullosa, y se internaba en el angosto edificio. El fragor de las clases era desmesurado. Entre enseñanzas a vuelo de pájaro y el vocerío de los alumnos, el aprendizaje se tornaba dificultoso, pero ella se mantenía incólume y aprovechaba cada frase de los profesores. Los frutos de su dedicación aparecieron sin dilaciones, pues sus puntajes eran los más altos del aula.
A mediados de febrero, Mircia rindió el examen de admisión de la Universidad Católica e ingresó en tercer puesto. Su padre estalló de entusiasmo al enterarse de la gran noticia. Se sentía esperanzado, redimido de sus fracasos de años lejanos, ovillado en los deleites de la soberbia.
El micro enfilaba por la avenida Universitaria, abriéndose paso entre un follaje de ruidos y humos. La luz solar iba creciendo en el cielo y abrillantando el pellejo de los autos. Había algo en esos resplandores que emanaba violencia y sarcasmo, una especie de fluido malévolo que provocaba ramalazos de nerviosismo.
Tras abandonar los dominios del Cono Norte y de San Martín de Porres, el vehículo cruzó la avenida Colonial y pasó junto a la Universidad Mayor de San Marcos, que estaba resguardada por una muralla baja de color blanco percudido. Al atravesar la avenida Venezuela, ya se iba divisando la rectitud rojiza de la Universidad Católica, que reposaba entre las brumas matutinas que ascendían de las playas.
Mircia bajó en el paradero que se ubicaba junto a la puerta principal y se sumergió en la muchedumbre estudiantil que avanzaba portando mochilas, bolsos, maletines. Le agradó esa sensación de formar parte de esa masa de pieles amables y ropas finas. Le entusiasmaba la idea de conocerlos y ser amiga de todos ellos. Mostró su carnet al guachimán de la entrada envuelta en la turbamulta de hedores afables, penetrada por un vaivén de suavidades de brazos y codos.
Adentro, sus cavilaciones se disolvieron mientras avanzaba por una senda orillada de vastos jardines, la misma que había recorrido el día del examen de admisión. Al llegar al pabellón de Estudios Generales Letras, descendió hacia el pasillo subterráneo donde se ubicaban los salones de cachimbos. Se detuvo frente a la puerta de su aula con temor, remecida por la tentación de escapar. Sin embargo, activó su cuerpo y entró.
El salón era escalonado, de paredes blancas y grandes ventanas. Apenas un grupúsculo de alumnos permanecía desmigajado y enmudecido en las carpetas. El miedo le impidió detenerse en las caras. Su avance fue veloz, casi ciego, hasta que se sentó en la última fila. Desde allí observó cada trozo del aula, cada cuerpo; degustó cada voz expandida en el aire.
Tras unos segundos de silencioso marasmo, una parvada de muchachos risueños traspuso la puerta e ingresó. El vaivén de las caras fluía apacible. Las claridades y trigueñeces de las pieles se movían uniformizadas por el entusiasmo. Todos eran iguales para ella. Todos eran, simplemente, cachimbos de la Universidad Católica. La piel constituía solo una cáscara de importancia secundaria. Allí primaba el espíritu, el talento, la sabiduría de las voces.
De pronto, un zarpazo de excitación alborotó su cuerpo. Un joven de rostro hermoso, muy alto, blanco, de barbas castañas y cabello corto, surgió entre ellos, opacándolos. Vestía un polo blanco arrugadísimo, un bluyín trajinado con un agujero en la rodilla derecha y sandalias negras. Sin embargo, esas ropas desastradas no se veían mal en su cuerpo. Daba la impresión de que cualquier atuendo le quedaba bien. No necesitaba arreglarse para ser bello.
Se sentó en la primera fila, al lado de unas chicas guapas que lo saludaron con animosidad. Mircia se regocijaba contemplando esas anatomías perfectas. La entusiasmó la idea de que esa clase de personas sean sus compañeros de clase. Pronto se harían todos amigos y formaría parte de ese círculo de belleza física.
Cuando el salón ya se había poblado de muchos alumnos, quienes alzaban un barullo de voces siseantes, hizo su aparición la profesora de Lógica, la encargada de dictarles la primera clase universitaria de sus vidas. Fue chocante la frialdad con que se dirigió a ellos, evitando frases de bienvenida y congratulación. Era blanca, medio rolliza, de pelo negro lacio muy largo y pantalones ajustados. Pese a su adiposidad, poseía una belleza refinada similar a la de las chicas que acompañaban al muchacho alto y guapo.
Luego de repartir los syllabus y presentar el programa del curso, anunció que tomaría lista. Mircia se dio cuenta de que podría saber cómo se llamaba el muchacho si es que estaba atenta. Los nombres comenzaron a brotar de la boca de la maestra con claridad y buen volumen. Cada intervalo entre llamados arrojaba suspenso y taquicardia sobre el silencio. Hasta que las palabras esperadas surgieron. El joven se llamaba Gonzalo Crovetto. “Con doble T”, intuyó emocionada.
Cuando se oyó su nombre, Mircia no alzó la mano inmediatamente, pues palpitaba en medio de un jolgorio interno, nublada por la exultación del hallazgo. Demoró unos segundos en retornar a la realidad. Al hacerlo, irguió el brazo derecho con urgencia, aguijoneada por un sentimiento de minusvalía.
La clase continuó con una explicación sobre las falacias. Entonces, todos los alumnos abrieron sus cuadernos y comenzaron a apuntar presurosamente los datos que la profesora aglomeraba en la pizarra. Mircia también realizaba ese quehacer, pero sus ojos se desplazaban a menudo hacia la primera fila y se detenían en Gonzalo, en sus movimientos, en su perfil esculpido con perfección.
Tras salir de la clase de Lógica, evadió el avispeo de los cuerpos y se encerró en el baño ubicado en un extremo de la franja subterránea que cobijaba los salones de cachimbos. En ese ámbito forrado de azulejos moraba un espíritu de alivio, ecos y sinceridad. Al fin podía relajar los músculos, bisbisear con emoción algunas palabras que rezumaban el éxito de su proeza interior.
Se cruzó con dos jovencitas parlanchinas mientras buscaba una cabina vacía donde recluirse. Una tenue fetidez dio volteretas en el aire luego del destape de un bostezo excrementicio. Miró por debajo y apreció algunos calzados exánimes, miembros de una especie de museo de la meditación y el miasma. Encontró una cabina disponible e ingresó en ella. Colgó la mochila en el perchero que pendía de la parte interior de la portezuela, y deslizó el bluyín y los lívidos calzones por sus muslos, piernas, tobillos. Tomó asiento y se abandonó a los melindres de su organismo. Acorazada del mundo por esas cuatro breves paredes plomizas, se dejó derrotar por la tentación de lanzar un salivazo al suelo. Lo hizo. Se regocijó al ver que un cúmulo de globillos blanquecinos rebullía sobre la brillosidad de las mayólicas. Mientras observaba el esputo, liberó desde su interior un chisguetazo de orines tibios, seguido de una dilatada reventazón gaseosa que solo expresó su presencia con un silbido débil y cauteloso.
Luego cerró la mirada, envuelta en el regusto del alivio corporal, se concentró en el ritmo de su respiración y se imaginó caminando con júbilo y orgullo, exenta de vergüenzas y vacilaciones, en las sendas del campus que, a su vez, era un campus distinto, pues poseía una suerte de superficie azafranada que relativizaba la veracidad de las andanzas, semblantes y voces oferentes, llamaradas de sensualidad. Todo estaba sumergido en una textura sepia, desmemoriada, divagando en el placer semianimal del presente perpetuo.
“Pero el tiempo existe y avanza, no da concesiones- pensó-. Es la causa de la infelicidad, de mi destierro de la alegría mundana; pero, también, del hallazgo de Gonzalo Crovetto. Todo ocurre, crece y se destruye en el tiempo”. Ovillada en sus cavilaciones, sometida por las valvas de sus tormentos, se mantenía inmóvil, autodefiniéndose como un ser exquisito para disfrutar la soledad, pero a la vez deleznable para las rutinas de la vida social, ese cúmulo de bullicios ceremoniales, esa esclavitud codificada que era un vituperio en contra de la autenticidad de los seres humanos. “Y especialmente de mí, que soy el Ser Humano”, se dijo, enfatizando en las mayúsculas, con dolor.

domingo 22 de febrero de 2009

ODA A ÑOL


Ay, Solano, poderoso,
gran caudillo de la crema
base de la estratagema
del mitrón del Juan Reynoso.
A pesar de estar añoso
siguen tus toques geniales
en los tiros de penales
y en tus pases tan exactos
que han dejado estupefactos
a toditos los rivales.

martes 17 de febrero de 2009

La foquita presuntuosa

Ay, foquita presuntuosa,
te compraste una cañaza
de velocidad buenaza
y factura muy costosa.
De seguro una preciosa
estará de copiloto
preparada pa la foto
con su top y con su mini
adornando al Lamborghini
sobre el cual pondrá su poto.

viernes 13 de febrero de 2009

La pelota parada ( décima sin humor)

Nuestros dramas futboleros
son las pelotas paradas:
¿con barreras tan aguadas,
y lentísimos zagueros
de qué sirven los arqueros
voladores y geniales
si toditos los rivales
nos sorprenden con jugadas
sobriamente preparadas
que provocan nuestros males?

sábado 7 de febrero de 2009

No toco la trompeta


Escucho la trompeta mágica de Miles Davis y escribo.

Hace unas horas, mientras tocaba teclado en el ensayo de mi grupo, oía la esencia maravillosa de los vientos metálicos y entonces recordé un suceso de mi niñez. Cuando tenía once o doce años, en vísperas de mi cumpleaños, mis padres me preguntaron qué quería recibir de regalo.

-Una trompeta-respondí.

En esos días, la música era mi único mundo y la vivía con desmesura, en perfecta soledad. Tocaba mi órgano Cassio todo el día, y oxigenaba ese quehacer insaciable con breves soplidos de flauta dulce y zampoña. Era feliz, auténticamente feliz, pero deseaba más instrumentos y sudaba de ambición. Mi único objetivo era poseer todos los instrumentos del universo.

Y de manera abrupta, como un golpe incandescente, llegó a mi pueril mente la imagen de la trompeta. Azuzado por aquella revelación, salí a la calle. Tomé un micro y me bajé en el parque Kennedy de Miraflores. Entré a un centro comercial de la avenida Larco, donde recordaba haber visto una tienda musical. Tras subir las escaleras llegué al lugar. Un cristal exhibía guitarras, charangos, armónicas, entre otros instrumentos. Afiebrado, ingresé y noté que, detrás del mostrador, junto a un wiro, colgaba una trompeta dorada en la pared. Jubiloso, expectante, solté la temida pregunta:

- ¿Cuánto cuesta la trompeta?

- Setecientos dólares- me respondió la vendedora.

Decepcionado, embarrado de fracaso, oculté mi infelicidad con una pregunta vana:

- ¿Y cuánto cuesta el wiro?

- Veinte soles.

Asintiendo con una sonrisa de amargura me retiré del lugar. No había imaginado que una trompeta fuese tan cara. Cien soles, doscientos soles, trescientos soles. Sumas semejantes a esas eran las que yo calculaba como precio. Pero setecientos dólares era un exceso. No podía incomodar a mis padres con una petición tan cara. Ni hablar.

No me quedó más remedio que pedir un wiro de regalo. Al recibirlo, una aspereza reemplazó al entusiasmo en aquel tristísimo cumpleaños.

Años después, a los quince, descubrí el emporio musical de Dos de Mayo. Allí me compré mi primera guitarra eléctrica- un fraude total, pues se desarmó rápido- y mi primer y único charango- otro fraude, pues el puente se rompió a los tres o cuatro meses y la afinación de la primera cuerda se tornó imposible-. Cuando me paseaba por ese festival de música, me topaba a veces con trompetas platinadas de aspecto endeble y un amargor lánguido me dominaba. Algo me decía que la trompeta no era para mí.

Hoy, con veinticuatro años a cuestas y una carrera terminada, regresó el deseo de ser un Miles Davis, un gran trompetista.

Mientras tocaba teclado en el ensayo, se me ocurrió juntar unos doscientos cincuenta soles y comprarme una trompeta mínimamente decente para comenzar a edificar el sueño. Pero, por el momento, mi prioridad es ahorrar dinero para publicar mi novela "Lima Norte". Y sí que es cuantiosa la suma requerida. Mil ochocientos soles por lo menos. Debo postergar el sueño. Aún no es el momento, reflexiono con dolor.

Escucho la trompeta mágica de Miles Davis y escribo, fantaseo, ajeno a las fisuras del tiempo, pues la música siempre estará en la cúspide de mis júbilos.

Pese a todo, todavía conservo el wiro que me obsequiaron en aquel cumpleaños. Sigue conmigo, mudo, condenado a una eterna sordina, burlándose sin ruido de ese niño que fui yo, que aún soy yo.

miércoles 4 de febrero de 2009

El abuelo Benítez


A las siete de la mañana, el señor Víctor Benítez se trepa en su bicicleta y abandona la quinta para darle unas vueltas al parque Santos Dumond. Sus piernas se agitan con el frenesí de las ruedas, con los siseos de la acera. Sus piernas se agitan como en sus años activos, cuando fue futbolista. Solo algunos viejos del barrio saben que ese anciano trigueño, dientón, espigado, ágil y de cabellera nívea fue un gran volante de contención. Solo ellos saben que ese señor es el Conejo Benítez, ex jugador de Alianza Lima, Boca Juniors, AC Milan, Messina, Roma, Venezia, Inter y Sporting Cristal.

Sus piernas se agitan sobre la bicicleta, antes de que el bullicio de los oficinistas y microbuses reviente. Enfundado en su camiseta de la selección peruana o del Milan, zigzaguea por los senderos del parque, goza de ese silencio, fisgoneando a la vez las pulpas turgentes de alguna chiquilla en pleno trote.

En esa zona límite entre Lince y San Isidro, solo algunos viejos lo saludan con respeto. Los otros ya se acostumbraron a toparse con él y únicamente le ofrecen un desvaído chispazo de ojos. El resto ignora que ese viejo de porte altanero, aún gallardo, que enseña a su nieto a patear la pelota sobre el verdor del parque, fue un auténtico crack del fútbol peruano.

Nadie sabe que cada día a las siete de la mañana, mientras conduce la bicicleta invadido por el silencio del mundo, su memoria refulge de nostalgia, recordando en el metal retorcido del timón el lustre que irradia una copa.

Una copa alzada en el jolgorio de la vuelta olímpica en Matute, en La Bombonera, en Milán, en el pasado.