Estuve viendo el segundo tiempo del partido Venezuela- Colombia, jugado en la tierra llanera. Venezuela ganó 2-0. Y no solo eso. Jugó bien, con empuje, con todo ello que a nosotros nos falta. Colombia perdió, sí, pero no vergonzozamente. Luchó, atacó, hizo lo que pudo. Nosotros ni siquiera tenemos esa dignidad. Y mañana debemos jugar contra Brasil en su cancha. Qué pesadilla. De todas maneras estaré viendo el partido. Ya me volví masoquista. Qué importa. Somos malos. Al menos seguimos en FIFA. Que venga la goleada nomás.
martes 31 de marzo de 2009
La buena escritura
Una buena escritura ordena el mundo y nos mejora como personas. Sea un best-seller gringo o una obra de culto que muy pocos conocen, un libro bien escrito ordena las cosas, nos las explica, las petrifica en un molde eterno.
¿Qué es un mal libro? ¿Existen libros peores que otros? Yo creo que sí. Y mi única respuesta es la siguiente: la virtud de la prosa. Una buena redacción con un lenguaje adecuado para el contexto es lo que más importa para mí.
Tópicos, recurrencias, corrientes: también importan, pero no tanto como la virtud de la prosa.
Cuando un best seller es un cúmulo de acciones sin reposo( casi siempre es así), se le condena al instante. Se le condena porque se está valiendo de ese recurso de constante acción para mantener la atención del lector. Dos cosas. La primera, no creo que esté mal tratar de mantener la atención del lector. Segundo, ¿acaso es fácil realizar tal cosa? Inténtenlo para que vean. Así dejarán de decir "Tal libro es una cochinada". No es sencillo. Para nada. Inténtenlo y dejen que la verdad los aplaste.
Todo autor cuyos libros estén bien redactados vale la pena. Solo eso basta. Nada más.
¿Qué es un mal libro? ¿Existen libros peores que otros? Yo creo que sí. Y mi única respuesta es la siguiente: la virtud de la prosa. Una buena redacción con un lenguaje adecuado para el contexto es lo que más importa para mí.
Tópicos, recurrencias, corrientes: también importan, pero no tanto como la virtud de la prosa.
Cuando un best seller es un cúmulo de acciones sin reposo( casi siempre es así), se le condena al instante. Se le condena porque se está valiendo de ese recurso de constante acción para mantener la atención del lector. Dos cosas. La primera, no creo que esté mal tratar de mantener la atención del lector. Segundo, ¿acaso es fácil realizar tal cosa? Inténtenlo para que vean. Así dejarán de decir "Tal libro es una cochinada". No es sencillo. Para nada. Inténtenlo y dejen que la verdad los aplaste.
Todo autor cuyos libros estén bien redactados vale la pena. Solo eso basta. Nada más.
La guerra siempre perdida

El entusiasmo nos convirtió en ilusos. No nos engañemos. Bien sabíamos que nuestra selección de fútbol es la peor de Sudamérica. Desde que comenzó la eliminatoria esta verdad se hizo irrefutable. Vean cómo juegan las otras selecciones, la que sea. Todas tienen una brújula que las guía, por lo menos, hacia la dignidad y la decencia. Solo nosotros divagamos perdidos en el campo, sin atinar a nada claro.
Ya sabíamos que íbamos a perder. Era obvio. Mucho más teniendo al frente al remozado y efectivo equipo de Bielsa. El ánimo patriotero nos cegó. Grau saltó de su tumba para confundirnos. El partido ya estaba perdido desde mucho antes de ese primer gol marcado en los albores del funesto partido.
domingo 29 de marzo de 2009
El combinauta pronto en Myspace
Como algunos saben, soy músico desde pequeño. La música es mi pasión más añeja. De ejecutor de melodías existentes pasé, durante la adolescencia, a un afiebrado compositor de variados géneros.
Cuando estuve en Estudios Generales Letras, en el año 2003, conocí a un muchacho que había estudiado sonido en Montreal, quien me grabó ocho o nueve canciones en un lapso de dos años. Estas grabaciones- canciones mías de diversos géneros- divagan entre olvidos y postergaciones. Si bien me doy cuenta de que estas grabaciones no poseen una calidad radial, están dotadas de limpidez y son agradables al oído. Hay errores ligeros por doquier, producto de la rapidez de las faenas de grabación, pero, en general, son bastante escuchables.
En unos días las colocaré en mi novísimo y aún vacío Myspace. Debo cambiar primero los archivos de las canciones al formato mp3. Luego las colocaré allí. Estaré avisándoles.
Radiohuayco

El jueves pasado estuve en el Centro Cultural de España, con motivo de la presentación del primer disco de la banda Radiohuayco. El grupo, dedicado a la fusión, posee originalidad y un formidable dominio de los instrumentos. Forma parte de esos proyectos plagados de experimentos de mezclas, creando híbridos interesantes que logran demostrar que la música es una sola, aunque bullente de un sinfín de matices: los llamados géneros.
Bien por Radiohuayco, que, al igual que La Sarita, se aboca a representar con sonidos la amplia cultura del país.
miércoles 25 de marzo de 2009
Fragmento
Durante las horas de oscuridad, de lunes a sábado, Segundina Pachas trabajaba en el local que doña Lulú regentaba en La Colmena. Al borde de las siete de la noche, llegaba con el ánimo resignado y el cuerpo aún fresco por las abluciones crepusculares. El cabello sujetado por un moño humedecido, goteante en las puntas medio horquilladas, le confería a su semblante un matiz de candidez tropical que se oponía a la textura de sus labores.
Bajaba del micro en la avenida Tacna y avanzaba dos cuadras por La Colmena, hasta llegar a la puerta del local. Tocaba con nudillos frenéticos, provocando un clamor de latón y óxido, temerosa de ser descubierta por alguna persona que formara parte de su vida diurna. Mientras esperaba, la vitalidad del ruido urbano se erigía con furia y magnificencia, comandada por un sarcasmo ligado al odio. Cuando oía que el martillar de los pasos del negro Evelio se acrecentaba desde el interior, el alivio cercenaba la angustia de su taquicardia, pues su secreto continuaría puro, indescifrable, una noche más.
Evelio se asomaba por la breve rendija que cobijaba el flanco izquierdo del portón, exhibiendo la virulencia de sus ojos batracios. Su mirada estremecía, parecía declarar la irrupción de un asalto. Una vez que estaba a salvo de la calle, Segundina ascendía por la estrechez de una escalera de coloraciones lóbregas, detrás del negro guachimán, hasta desembocar en el ambiente donde trabajaba. Rodeada de oscuridad, apenas guiada por la luminosidad callejera que se filtraba por los intersticios de los tripleys que ocultaban las ventanas, avanzaba casi a tientas, saludando sin tacto, uno por uno, al cuarteto de mozos que trajinaba las manos barriendo y trapeando. Mientras preparaban el espacio para el frenesí, la invisible crispación de la calle se erguía sobre los susurros del interior, hediendo las amenazas de la noche.
Detrás del mostrador, coloreada a duras penas por las filas de desvaídas luces rojizas que recorrían los bordes, permanecía doña Lulú. Al advertir su llegada, la miraba desde su tremendal de soberbia y silencio, como parida de una sórdida mitología, ocultando en la tenacidad de los ojos un ventarrón de tiempos secretos. Era una mujer sesentona con rasgos de orangután y carnes chorreantes, sostenida por la grosería de unas piernas varicosas cuyas nudosidades violáceas creaban escalofríos.
- Cámbiate, Alexa- decía con tono cavernoso e invariable, exhibiendo una tenue sonrisa que parecía disfrutar del hastío.
Segundina se llamaba Alexa en sus horas de trabajo. Era obligatorio cambiarse la identidad para laborar como fichera. Cuando doña Lulú le pidió que escogiese otro nombre el día en que la contrató, Segundina, sorprendida por ese requerimiento, se nubló, dijo que no se le ocurría ninguno. Entonces, la vieja, levemente enfurruñada, liberó de uno de los cajones del mostrador una libretita mugrosa y la comenzó a hojear.
- Segundina no suena nada sensual, hasta puede provocar impotencia- dijo, mientras buscaba un nombre adecuado -. Aver, a ver... ¿qué te parece “Alexa”?
- No me gusta mucho- opinó la muchacha con temor.
- Eso no me importa. Ustedes aquí son solo carne para los machos. Acá eres Alexa. ¿De acuerdo?
Segundina asentía con un movimiento de cabeza y se dirigía al vestidor. Era un cuartucho hacinado, lleno de cajas arrumbadas y vahos de sudor. Allí las chicas se transformaban en carne apetecible para los machos. Se colocaban tangas, minifaldas, babydolls, tacos altos. En ese fragor de prendas diminutas, ellas conversaban, reían, trataban de inyectarse un artificial júbilo para sobrellevar la agresión lasciva de los tactos inminentes. Poco a poco, sus colegas ficheras iban llegando e ingresando al habitáculo. Las principales, las más requeridas por los clientes, eran la huacaína Heydi, muchacha trigueña de dieciocho años; la quinceañera Kiara, una charapita de Iquitos de cuerpo exuberante; y la limeña Yeraldín, una chica blanca y espigada de dieciséis años.
A menudo, mientras las chicas se colocaban sus atavíos de trabajo, el negro Evelio irrumpía en la habitación con el pretexto de buscar algo en las cajas arrumbadas, cuando, en realidad, lo que buscaba era engolosinarse con la cercanía de los cuerpos semidesnudos. Todas coincidían en que era un mañoso y que había que tener cuidado con él.
Cuando, alrededor de las nueve de la noche, el local abría su puerta, el negro Evelio se apostaba en la entrada y vociferaba el pregón unánime de todos los guachimanes de La Colmena:
- ¡A luca la barra! ¡A luca la barra! ¡Chicas calatitas, peladitas!
Entonces un chubasco de hombres se acercaba, pagaba una moneda de Sol e ingresaba al local tras subir las escaleras. Una vez adentro, se acomodaban en las mesas y le lanzaban miradas ansiosas a las chicas. Los mozos se acercaban a ellos y les ofrecían chelas y jarras de cubalibre. En la refrigeradora, aparte de las cervezas de marcas tradicionales como Pilsen y Cristal, había una de nombre desconocido. Era Pasqueña, cuya etiqueta presentaba los colores de la bandera peruana y un glacial circundado de espigas. La cebada se impregnaba con potencia en el paladar, el gas rebullía en las entrañas, la malteada y el agua se asemejaban a un sabroso huaico derramándose en el esófago.
Los clientes sentados a las mesas bebían y recibían en sus piernas a las chicas, sonreían, les hablaban al oído. Algunos se ponían de pie y las invitaban a bailar. Ellas siempre accedían, estaban obligadas a hacerlo. Ellos les atenazaban las nalgas, les besaban el cuello, la boca. Los clientes sin dinero para comprar trago se ubicaban en las sillas que rodeaban la barra, en espera del espectáculo.
Cuando ya se bordeaba la medianoche, el público era tan numeroso que ya no cabía en las mesas. Entonces las parvadas de machos se aglomeraban junto a las paredes, asiendo cigarrillos y botellas sudorosas entre gorjeos lisurientos y regueros de carcajadas. La matización rojiza del ambiente y la plasticidad del humo flotante ocultaban a los cuerpos masculinos que deambulaban con desparpajo, ávidos de tacto y bailoteo.
La madrugada se agitaba a un ritmo violento. Se bebía a velocidad endiablada, se toqueteaba con furia, se hablaban groserías. Mientras todo ello ocurría, Segundina cada vez era más esa Alexa que había diseñado doña Lulú. Aprendió a soportar las manos toscas que cogían su cuerpo y aprisionaban sus pliegues, las lenguas hirvientes viajando en su cuello, el aliento avinagrado de los borrachos declarándole falsas y vacías devociones.
La espera continúa
Hoy debo enfrentar un día más de trabajo. Debo ponerme pantalones, a pesar del calor, para dictar mi clase.
Falta poco menos de un mes para que cobre mi primer sueldo del año y comience a hacerse más palpable, más cercano, el proyecto de la publicación.
Dinero y tiempo. Contra ellos debo batallar.
Pero es difìcil.
El tiempo avanza lentísimo. Peor cuando me visita el insomnio. Como anoche.
Falta poco menos de un mes para que cobre mi primer sueldo del año y comience a hacerse más palpable, más cercano, el proyecto de la publicación.
Dinero y tiempo. Contra ellos debo batallar.
Pero es difìcil.
El tiempo avanza lentísimo. Peor cuando me visita el insomnio. Como anoche.
lunes 23 de marzo de 2009
Incursión lírica
Nunca me ha nacido escribir poesía "seria". Desde pequeño me he dedicado a la satírica. Sin embargo, hace unas semanas decidí realizar un experimento. Comencé a leer unos poemas de Eielson para entrar en ambiente y cogí un papel para intentar imitar de alguna forma los rasgos esenciales de sus versos. Es decir, sin tener ningún tema en mi cabeza, sin tener motivos ni inspiración, comencé a juguetear con las palabras, con los absurdos, con esas frases adornadas que todos me condenan en la narrativa. De toda esa exquisita improvisación salió esto:
LOS FILOS DEL TIEMPO DE LA SIESTA
Pastoreando los filos del tiempo de la siesta
Aplastado por el bálsamo gris de la tarde urbana y desbocada
Picoteando flores de luz el ritmo estoico los hilos del tráfico
La sombra de los sauces diluyéndose
A borbotones entre maromas de espesura
Como una grieta de sardinel espolvoreada de salivas calientes
Como la embriaguez como las nubes puños de malva
Como un disturbio infantil
Las risas avanzan sin intersticios
Los cláxones fabrican sonatas de latón y óxido
Humaredas mapean los lóbulos del firmamento
La memoria divaga en un placer semianimal
De perpetuos suspiros de relojes
Días después, decidí volver a realizar el experimento, y luego otra vez y otra vez. Creo que en unos meses o semanas tendré un poemario listo. Qué les parece.
LOS FILOS DEL TIEMPO DE LA SIESTA
Pastoreando los filos del tiempo de la siesta
Aplastado por el bálsamo gris de la tarde urbana y desbocada
Picoteando flores de luz el ritmo estoico los hilos del tráfico
La sombra de los sauces diluyéndose
A borbotones entre maromas de espesura
Como una grieta de sardinel espolvoreada de salivas calientes
Como la embriaguez como las nubes puños de malva
Como un disturbio infantil
Las risas avanzan sin intersticios
Los cláxones fabrican sonatas de latón y óxido
Humaredas mapean los lóbulos del firmamento
La memoria divaga en un placer semianimal
De perpetuos suspiros de relojes
Días después, decidí volver a realizar el experimento, y luego otra vez y otra vez. Creo que en unos meses o semanas tendré un poemario listo. Qué les parece.
Hallazgo onettiano
Si han seguido este blog desde sus inicios, recordarán que publiqué un post llamado "Dejemos hablar a Onetti". Bueno, hace unos días me di con la sorpresa de que alguien ha colgado mi texto en la página que celebra el centenario del nacimiento de Juan Carlos Onetti. Vaya sorpresa. Qué bueno que yo forme parte del homenaje a mi autor predilecto.
http://www.onetti.net/es/descripciones/anticona
http://www.onetti.net/es/descripciones/anticona
sábado 21 de marzo de 2009
La mejor novela que he leído

La mejor novela que he leído se llama Rojo y Negro. Le rouge et le noir en su idioma original. El autor es Stendhal, ese maestro. Nunca sentí a la vida política de una nación con tanta fuerza como en esta obra. Nunca sentí las pasiones humanas tan caudalosas como en sus abundantes páginas.
Julien Sorel, qué tal personaje. Una pincelada de genialidad. Ese Sorel tiene vida propia. Si lo veo en la calle saldría corriendo. Su excesiva pasión me da miedo. Julien Sorel, estás vivo. No me busques. Me matarías por poseer tan poca pasión.
Rojo y Negro, escrita en tiempo récord, algo de cuatro meses, creo. Qué maravilla.
Rojo y Negro, una novela con garra, con talento, con huevos.
Rojo y Negro, la cima que nunca alcanzaré con esta débil pluma que mueven mis dedos. Stendhal es otra cosa. Está en otro nivel. Es más inteligente, es más sabio. Ese francés sí supo guerrear contra el tiempo y las palabras. Maldito y bendito a la vez. Gracias por tu empeño, Stendhal. Gracias por tu libro inolvidable, que para mí es el mejor.
Gracias, estés donde estés.
La crítica del frustrado
Óscar Wilde escribió una obra teatral llamada El crítico como artista. No la he leído, pero mi padre me hablaba mucho de ella. Cuando yo era niño, siempre la nombraba. Quién iba a pensar que, años después, aquel chiquitín iba a ser crítico de profesión.
Tras haber estudiado la carrera de Literatura, he notado muchos patrones importantes entre mis compañeros.
Todos entran a la universidad con pretensiones de artista. Quieren ser poetas, narradores.
Cuando entran a Estudios Generales Letras escriben y escriben, participan en concursos literarios internos, se inscriben en talleres.
Cuando pasan a facultad y conocen la intransigencia sarcástica de algunos profesores, se acobardan. Piensan que ya no deben escribir porque nadie es mejor que Vallejo.
Arrugan y se refugian en la erudición.
La verdad es que nunca hubo una verdadera vocación.
El que tiene vocación y talento es imbatible.
El que tiene solo vocación es correcto en su escribir y perseverante.
Luego, se tornan críticos severos. Casi todas las obras son defectuosas para ellos. Los tópicos, las corrientes, las teorías: solo eso existe en sus visiones de sabios de voz suavecita. Lo temático es su bandera, su obsesión, su cáncer putrefacto.
Pero, ¿acaso el arte es solo tema? Olvidan el uso del lenguaje, el poder de la prosa en sí. Y lo olvidan porque no son artistas.
Y uno se decide a escribir, lo hace, termina su obra, y, al instante, te hacen ver los defectos. Esto es débil, esto puede mejorar, dicen. Los halagos aparecen con cautela, como para no ser totalmente negativos. En lugar de apoyarte, tratan de hundirte, de meterte al mismo hueco mediocre donde ellos están atrapados en su condición de observadores, solo observadores, de potenciales escritores de un futuro que bien saben que no existe. Los coetáneos de uno se vuelven los analistas letrados más exquisitos, critican supuestamente con ánimo constructivo, pero destilando en los ojos la piconería del que quiso y que sabe que nunca llegará.
Editando mi odio
Dos editoriales peruanas independientes han leído mi novela Lima Norte hasta el momento: Zignos y El Santo Oficio.
La primera me envió un correo que elogiaba un poco mi obra, tildándola de Súper Interesante. Aquello fue bonito, no lo niego, pero la desvaída sonrisa se destruyó cuando abrí el archivo adjunto donde colocaban las cantidades que debía desembolsar para materializar el sueño: entre 3300 y 3900 soles.
Hola Giovanni, encontramos fluídez, armonía y un lenguaje fresco en tus textos, hay algunas correcciones que hacer pero en general nos parece super interesante tu narrativa, te adjunto 4 propuestas de edición, cualquier consulta o pregunata me ubicas en el 994408034 o me puedes escribir por este medio.
Saludos cordiales
Saludos cordiales
Choros y floreros. Nica, me dije. Demasiada platita. Y peor fue el desencanto cuando dos amigos me advirtieron que dicha casa editora era negligente. Peor, me dije.
El caso de Santo Oficio fue más frío. Tras enviarle mi manuscrito, el editor me mandó un e-mail donde anotaba la cantidad de dinero que debía desembolsar: 1200 dólares. Nada menos. Nica, dije una vez más.
500 Ejemplares de la novela LIMA NORTE, de 20.5 x 13 cms. 132 páginas impresas a 1 tinta en papel bond de 75 gramos. Carátula impresa en foldcote 12, plastificada en mate. Encuadernado cosido "a la francesa" y encolado en caliente. Se incluye diagramación y diseño. US $ 1,200.00
Aquello me hizo ver lo lejano que estaba el sueño de mis dieciséis años.
Entonces odié carecer de contactos. Odié carecer de un amigo editor que me publicara gratis a cambio de un par de chistes y dos cervezas. Pero no tengo nada de eso. Estoy solito en este mundo. Entendí que no basta ser un buen autor( no estoy diciendo que yo lo sea), sino tener los contactos necesarios. No conozco a nadie en el mundo de la literatura. Nadie apuesta por mí.
Un paliativo importante apareció un sábado por la noche en el Directorio, local de la Plaza San Martín. Conocí a un muchacho que había publicado su primera novela en Hormiga Editores. Gracias a este sujeto obtuve el correo electrónico de dicha editora sanmarquina. Al toque mandé e-mails. Pasaron los días y no me contestaban. Hasta que hace unos días ocurrió:
Hola Giovanni,
Lo primero es que nos pases la novela para leerla. A partir de ahí podríamos hablar de costos. Haciendo un promedio (gruesísimo), el costo por ejemplar es de alrededor de 5 soles. Ahora, eso depende de un montón de cosas, desde el tiraje o la cantidad de páginas, hasta el tipo de papel o quién diseñará el libro, hará la corrección de estilo, la edición de contenido, etc. Para eso, tendríamos que sentarnos a conversar, aunque, como te digo, lo primero es que nos pases la novela. En estos días ninguno de los que somos parte del equipo estamos en Lima, así que el e-mail puede ser un buen mecanismo. Tú dirás.
Lo primero es que nos pases la novela para leerla. A partir de ahí podríamos hablar de costos. Haciendo un promedio (gruesísimo), el costo por ejemplar es de alrededor de 5 soles. Ahora, eso depende de un montón de cosas, desde el tiraje o la cantidad de páginas, hasta el tipo de papel o quién diseñará el libro, hará la corrección de estilo, la edición de contenido, etc. Para eso, tendríamos que sentarnos a conversar, aunque, como te digo, lo primero es que nos pases la novela. En estos días ninguno de los que somos parte del equipo estamos en Lima, así que el e-mail puede ser un buen mecanismo. Tú dirás.
Como ven, la plata que tendría que desembolsar sería menor que con Zignos y El Santo Oficio. El muchacho que publicó con ellos gastó mil ochocientos soles. Dicho precio solo cubrió la impresión de los quinientos ejemplares; la diagramación, el diseño de la carátula y la correción fue hecha aparte, creo. Entonces, mi labor es hallar un diseñador, un diagramador y correctores. Esa misma noche en Directorio conocí a otro muchacho, el cual poseía su propia editorial, llamada El Camino de las Tardes. Tengo su fono y su correo. Pecaré de conchudo y le pediré que me ayude, que lo haga gratis, que lo haga por la cultura. Él sabe hacer todo eso; aprendió solo porque se hartó de esperar como yo. Pero yo no tengo los huevos que él tiene. Necesito que me guíen, que me protejan en este derrotero de las letras. Pese a todo, he mejorado mucho. Creo que ser profe me ha vuelto más entrador, más fresco y hablantín. Además, el odio me ayuda mucho. Cada persona que ignora mi manuscrito merece mi odio. El odio me da vida. Sin eso no estaría luchando aún por publicar un libro que será leído por mis amigos, por algunos conocidos y familiares, antes de ser carcomido por los gusanos de la realidad.
viernes 20 de marzo de 2009
Paréntesis creador
La chamba ha sido dura esta semana. No he tenido tiempo de leer por placer, ni de escuchar música, ni de escribir algo en este blog. En verdad, esto último sí hice: hoy, por la mañana, escribí una pequeña crónica personal, la cual se borró por causa de un desperfecto de la computadora que estaba usando( una de la sala de profesores de Ciencias).
Como les digo, la chamba ha sido dura y lo seguirá siendo un puñado de horas más. Debo preparar mis clases de mañana. Tengo que dictar clase de 9 a 3, seguidito, al hilo. Luego, ya podré descansar y sentarme para escribir alguna décima, alguna historieta, algún fragmento de mi tortuosa y triste rutina de escribidor inédito.
Aunque no por mucho tiempo.
Esa tarde en Collique
Conocí a Pilar en el verano del 2007. Yo había ido con unos amigos de la Católica al bar Etnias del Centro de Lima. Uno de ellos llevó a su primo, quien, a su vez, llevó a un grupo de gente, en el cual estaba ella. En el Etnias ni siquiera me di cuenta de su existencia. Bebí y bebí mientras hablaba afiebradamente con mis compinches.
Tras salir del Etnias, todos nos dirigimos al parque Bancarios, aquel que está cerca de la Católica. Eran más de las tres de la mañana. Compramos varios rones y comenzamos a beber. Recuerdo que llegó al parque un grupo de chicas que eran amigas de no sé quien que estaba con nosotros. Éramos un manchón, así que no recuerdo con exquisitez los detalles. Estas chicas se pavoneaban de ser feministas y panfletos por el estilo. Como detesto ese tipo de gente, me aparté de sus politiqueras presencias y me sené junto con mi pata Mario, quien me contó que había leído Sobre héroes y tumbas. Así que nos pusimos a hablar de Sábato y, de esa forma, pude salvarme de los bodrios parlantes de las feministas y de un puñado charlatán de mis amigos.
Mientras todo esto discurría en plena madrugada, Pilar estaba encaramada sobre una banca, con la columna corva, exhibiendo cansancio, desgano, misterio. Entonces, les pedí a mis amigos datos de ella. Al instante, debido a la borrachera, me comenzaron a fastidiar:
- ¡Quiere conocer a Pilar! ¡ Pídele su número pues!
Yo no supe qué hacer. Me quedé impactado cuando vi que Pilar emergía de su marasmo y se ponía de pie. Se me acercó. Yo saqué mi caja de cigarros, arranqué un trozo de cartón( no enía celular) y le pedí su número. Como no tenía lapicero, ella me prestó uno que guardaba en una pequeña cartera. Apunté el número y puse su nombre: Pilar.
Al poco rato, ella se fue con uno de sus amigos( no recuerdo detalles) y yo estuve un rato más bebiendo en el parque. A las cinco de la mañana me fui en un taxi con mi pata Mario.
Dos días después la llamé desde mi casa. Me identifiqué y le dije si quería salir conmigo. Ella dudó, no dijo ni sí ni no( más no que sí, es verdad) y yo me quedé sin argumentos. Tras pedirle su messenger, me despedí algo desanimado, con ganas de sepultar de una vez mis expectativas carnales.
Por la tarde la agregué al messenger y continué con mi vida. Semanas después la encontré en el messenger y ahí comenzó todo. Descubrí en ella a una chica intensa, directa, intimidante. Me contó sus experiencias sexuales, sus expectativas vitales, sus odios, su visión de muchas cosas. Me quedé impresionado por su ímpetu y su pasión en todo lo que hacía. Era distinta, muy distinta.
Una vez, en nuestras tantas conversaciones por messenger, le conté que estaba escribiendo una novela sobre el Cono Norte. Ella me dijo que vivía en Los Olivos, en Los Alisos con Universitaria. Entusiasmado, le pedí que me diera información sobre todo lo que conocía del Cono Norte. Ella accedió y, desde entonces, cada tertulia virtual se convirtió en una clase sobre la realidad de ese extremo de Lima.
Le expliqué que mi protagonista era un estudiante de Arqueología y que, por ello, tenía que ir a un yacimiento arqueológico llamado El Castillo, que quedaba en la Túpac Amaru, detrás del hospital Sergio Bernales de Collique, un famoso barrio de Comas. Entonces, le pedí que me acompañara a hacer una incursión allí.
Fuimos un sábado por la mañana. Nos encontramos en Megaplaza. Al verla, noté que su belleza infantil de cabellos castaños y cuerpo breve convivía con una sordidez que asustaba. Su mirada era distinta al de todas las chicas que había conocido. Poseía una hondura de tristeza que me espantó y agradó a la vez. Me cayó bien porque daba la impresión de que no era feliz.
Hablábamos poco mientras bordeábamos el Megaplaza rumbo a la Túpac Amaru. Ella sacó un troncho de su bolsillo y me lo ofreció. Lo encendí y comenzamos a fumar, pausadamente, demudados por nuestras cercanías. Muchos meses habían pasado desde aquella vez del Etnias y el parque Bancarios.
En la Túpac Amaru tomamos una combi. Dentro del vehículo, me contó de su niñez, de sus rutinas. Recuerdo que me gustó que se preocupara por darme datos interesantes y que supiera escucharme con interés. Sus comentarios eran lúcidos, pese a la influencia de la yerba que había logrado atontarnos un poco.
( Luego continúo con el relato. Tengo que almorzar urgentemente. Tengo hambre. No he tomado desayuno, para variar)
Tras salir del Etnias, todos nos dirigimos al parque Bancarios, aquel que está cerca de la Católica. Eran más de las tres de la mañana. Compramos varios rones y comenzamos a beber. Recuerdo que llegó al parque un grupo de chicas que eran amigas de no sé quien que estaba con nosotros. Éramos un manchón, así que no recuerdo con exquisitez los detalles. Estas chicas se pavoneaban de ser feministas y panfletos por el estilo. Como detesto ese tipo de gente, me aparté de sus politiqueras presencias y me sené junto con mi pata Mario, quien me contó que había leído Sobre héroes y tumbas. Así que nos pusimos a hablar de Sábato y, de esa forma, pude salvarme de los bodrios parlantes de las feministas y de un puñado charlatán de mis amigos.
Mientras todo esto discurría en plena madrugada, Pilar estaba encaramada sobre una banca, con la columna corva, exhibiendo cansancio, desgano, misterio. Entonces, les pedí a mis amigos datos de ella. Al instante, debido a la borrachera, me comenzaron a fastidiar:
- ¡Quiere conocer a Pilar! ¡ Pídele su número pues!
Yo no supe qué hacer. Me quedé impactado cuando vi que Pilar emergía de su marasmo y se ponía de pie. Se me acercó. Yo saqué mi caja de cigarros, arranqué un trozo de cartón( no enía celular) y le pedí su número. Como no tenía lapicero, ella me prestó uno que guardaba en una pequeña cartera. Apunté el número y puse su nombre: Pilar.
Al poco rato, ella se fue con uno de sus amigos( no recuerdo detalles) y yo estuve un rato más bebiendo en el parque. A las cinco de la mañana me fui en un taxi con mi pata Mario.
Dos días después la llamé desde mi casa. Me identifiqué y le dije si quería salir conmigo. Ella dudó, no dijo ni sí ni no( más no que sí, es verdad) y yo me quedé sin argumentos. Tras pedirle su messenger, me despedí algo desanimado, con ganas de sepultar de una vez mis expectativas carnales.
Por la tarde la agregué al messenger y continué con mi vida. Semanas después la encontré en el messenger y ahí comenzó todo. Descubrí en ella a una chica intensa, directa, intimidante. Me contó sus experiencias sexuales, sus expectativas vitales, sus odios, su visión de muchas cosas. Me quedé impresionado por su ímpetu y su pasión en todo lo que hacía. Era distinta, muy distinta.
Una vez, en nuestras tantas conversaciones por messenger, le conté que estaba escribiendo una novela sobre el Cono Norte. Ella me dijo que vivía en Los Olivos, en Los Alisos con Universitaria. Entusiasmado, le pedí que me diera información sobre todo lo que conocía del Cono Norte. Ella accedió y, desde entonces, cada tertulia virtual se convirtió en una clase sobre la realidad de ese extremo de Lima.
Le expliqué que mi protagonista era un estudiante de Arqueología y que, por ello, tenía que ir a un yacimiento arqueológico llamado El Castillo, que quedaba en la Túpac Amaru, detrás del hospital Sergio Bernales de Collique, un famoso barrio de Comas. Entonces, le pedí que me acompañara a hacer una incursión allí.
Fuimos un sábado por la mañana. Nos encontramos en Megaplaza. Al verla, noté que su belleza infantil de cabellos castaños y cuerpo breve convivía con una sordidez que asustaba. Su mirada era distinta al de todas las chicas que había conocido. Poseía una hondura de tristeza que me espantó y agradó a la vez. Me cayó bien porque daba la impresión de que no era feliz.
Hablábamos poco mientras bordeábamos el Megaplaza rumbo a la Túpac Amaru. Ella sacó un troncho de su bolsillo y me lo ofreció. Lo encendí y comenzamos a fumar, pausadamente, demudados por nuestras cercanías. Muchos meses habían pasado desde aquella vez del Etnias y el parque Bancarios.
En la Túpac Amaru tomamos una combi. Dentro del vehículo, me contó de su niñez, de sus rutinas. Recuerdo que me gustó que se preocupara por darme datos interesantes y que supiera escucharme con interés. Sus comentarios eran lúcidos, pese a la influencia de la yerba que había logrado atontarnos un poco.
( Luego continúo con el relato. Tengo que almorzar urgentemente. Tengo hambre. No he tomado desayuno, para variar)
miércoles 18 de marzo de 2009
El maestro con cariño
Me arde la garganta como si hubiera gritado en un estadio. Me duelen las piernas como si hubiera participado en una maratón. Estos malestares se deben a la jornada de trabajo de hoy, la primera de este ciclo.
Hoy cumplí mi labor docente durante seis horas ininterrumpidas. Apenas tuve unos minutitos para descansar la garganta, pero casi todo fue hablar y hablar de pie. Explicar, apuntar en la pizarra, pensar rápido. Los dedos también me duelen, además. Enseñé de 1 a 3 y de 3 a 5 reemplazando a una compañera, quien me pagará por haberla sustituido. Luego, dicté mi tercera y última clase del día de 5 a 7, horario que me pertenece y que será, desde ahora, mi ritual de los miércoles.
Pese a la fatiga, estoy contento por dos razones. Primero, porque disfruto mucho enseñando; segundo, porque esta chamba, en un par de meses, me dará los billetes necesarios para materializar el sueño que cobijo desde los dieciséis años: publicar una novela y ser, de una vez por todas, realmente un escritor.
domingo 15 de marzo de 2009
La ciudad y la literatura
Creo que gran parte de lo que soy ahora-que no es mucho- se lo debo a La ciudad y los perros. La leí de manera incompleta cuando tenía dieciséis años y quedé impresionado. Jamás había leído una obra donde aparecieran lugares que yo conocía. El buen Julio Verne me había educado en la fantasía de los parajes remotos que yo no conocía y probablemente jamás conoceré. Entonces, La ciudad y los perros provocó que me diera cuenta de que la realidad más inmediata podía reflejarse en la ficción, de que podía usar mi vida, mi espacio, mi entorno, como magma para elaborar una novela. Allí creo que comenzó todo.
Hoy, mientras retornaba en un taxi con mi familia de nuestro paseo en La Punta, mi madre me dio la sorpresa de que había comprado el ejemplar de La ciudad y los perros publicado por El Comercio. Al llegar a la casa, me precipité sobre aquel libro tan leído y repasé algunos fragmentos que me encantan, uno de los cuales me entusiasmó en demasía:
Desde allí ve, entre los barrotes, como el lomo de una cebra, la carretera asfaltada que serpentea al pie de la baranda y el borde de los acantilados, escucha el rumor del mar y, si la neblina no es espesa, distingue a lo lejos, igual a una lanza iluminada, el malecón del balneario de La Punta penetrando en el mar como un rompeolas...
Y un escalofrío me estremeció el cuerpo. Eso es para mí la literatura: la vida misma, la magia que flota en cada suspiro del tiempo.
El mar de La Punta

Cuando tenía cinco o seis años, mis padres nos llevaron a mi hermana mayor y a mí al balneario chalaco de La Punta. Allí dejamos que la orilla del océano humedeciera nuestras pieles y que el paisaje azulado nos anegara de solaz. Jugué con la arena y cavé con mis manos un agujero que el agua se encargaba de deformar en cada arremetida del espumoso oleaje. Luego, un pescador nos llevó a mi hermana y a mí en su bote, a cambio de unas monedas de mi entusiasmada madre. La paz y un hondo miedo se mezclaron mientras notaba que la tierra firme se iba distanciando y que nos íbamos internando en el reino azul de los pelícanos y las gaviotas que sobrevolaban con aviesos trazos acrobáticos.
Hoy, luego de casi veinte años de aquel paseo, volví a la Punta. Fui con mi madre, mi abuela materna, mi hermana mayor y mi hermana menor, quien en la época de la visita anterior aún no existía. Nos paseamos por el malecón Figueredo; luego, por la Plaza de Armas presidida por una glorieta. Después nos internamos en la avenida Grau y desembocamos en la zona de los restaurantes para engullir el infaltable ceviche. Al terminar, retornamos a otra zona empedrada que bordeaba el mar.
Luego dimos media vuelta y enfilamos nuevamente por Grau, hasta detenernos en un malecón cuyas sendas estaban espolvoreadas de aserrín y decoradas por rectángulos de pasto bien cuidado. Allí encontramos una banca vacía, donde nos ubicamos para dedicarnos a contemplar la paz de mar. Algunos peces juguetones emergían del océano dando brincos súbitos que mi madre celebrara con risillas de entusiasmo.
Antes de retirarnos de La Punta, me detuve un momento a contemplar los botes que paseaban a niños embelesados, a familias enteras. Entonces recordé más que nunca la ocasión en que yo también estuve dentro de un bote, junto a mi hermana mayor, orbitando en el mundo marino, aquel que es la única prueba espontánea de la eternidad.
Hoy, luego de casi veinte años de aquel paseo, volví a la Punta. Fui con mi madre, mi abuela materna, mi hermana mayor y mi hermana menor, quien en la época de la visita anterior aún no existía. Nos paseamos por el malecón Figueredo; luego, por la Plaza de Armas presidida por una glorieta. Después nos internamos en la avenida Grau y desembocamos en la zona de los restaurantes para engullir el infaltable ceviche. Al terminar, retornamos a otra zona empedrada que bordeaba el mar.
Luego dimos media vuelta y enfilamos nuevamente por Grau, hasta detenernos en un malecón cuyas sendas estaban espolvoreadas de aserrín y decoradas por rectángulos de pasto bien cuidado. Allí encontramos una banca vacía, donde nos ubicamos para dedicarnos a contemplar la paz de mar. Algunos peces juguetones emergían del océano dando brincos súbitos que mi madre celebrara con risillas de entusiasmo.
Antes de retirarnos de La Punta, me detuve un momento a contemplar los botes que paseaban a niños embelesados, a familias enteras. Entonces recordé más que nunca la ocasión en que yo también estuve dentro de un bote, junto a mi hermana mayor, orbitando en el mundo marino, aquel que es la única prueba espontánea de la eternidad.
sábado 14 de marzo de 2009
Colofón del día
He derramado bastante veneno en los textos que hoy he publicado. No es que algo malo haya motivado este derroche de bilis: yo soy así, una persona negativa, destructiva, agresiva, sin que algún factor desencadene esta furia. Así nací. Es algo genético. No me culpen.
Este Combinauta retorna mañana. Que pasen una buena noche de sábado. Chau.
Ciudad desconocida

A menudo, abro las páginas amarillas en la parte del plano de Lima y me doy cuenta de que conozco muy poco a mi ciudad natal. Y eso que soy fanático de realizar incursiones a distritos que mi rutina no me obliga a visitar. Por mi cuenta, como un sigiloso viajero urbano, he recorrido algunas zonas de Comas, Independencia, San Juan de Lurigancho, Villa El Salvador y San Juan de Miraflores. Pero me falta mucho. Cada vez que veo el mapa me lleno de ansiedad y frustración, y desprecio más que nunca a quienes pretenden huir hacia el Primer Mundo- hacia París, Madrid, Mierdalandia- sin intenciones de avanzar un par de cuadritas más del paradero donde siempre bajan en el tedio de sus rutinas.
Nosotros, los verdaderos violadores
Algo me carcome el cerebro desde que entré a la universidad. Aquello versa sobre la violencia política que martirizó al Perú con fuerza en las décadas pasadas( me imagino que esta violencia continúa en lugares donde los trabajos de campo- turismo de aventura de los antropólogos decorativos no llegan). Existe un consenso en todo el establo universitario de la Católica: los militares cometieron violaciones a los Derechos Humanos matando a muchísimos habitantes de la sierra y selva rural que eran inocentes( por qué no la costa, también?).
Totalmente de acuerdo. ( Opino así porque los profesores de la Católica opinan igual. Y ya me acostumbré a creerles.)
Pero todo ese puñado de estudiantes se olvida de que la Verdadera Violación a los Derechos Humanos es, en mi opinión, otra: el hecho de que solo los pobres peleen en representación de un país. No estaríamos ante una democracia, sino ante una dictadura de la gente con poder económico. ¿Por qué no peleamos todos cuando hay guerra? ¿Clases altas, medias y bajas juntas? Esa es la verdadera violación, amables analistas de babero y corbata. Los pobres son los que se sacrifican por el resto, por esa cúpula de ociosos y cobardes de la que, ustedes, lectores, y yo, formamos parte.
Sigamos con nuestros trabajos, nuestras diversiones, nuestros amores y nuestras rutinas de cinco distritos y nada más. Dejemos que los misios ofrenden su sangre.
Dejemos que los intelectuales de buena redacción de nuestra clase observadora- pasiva- intelectual nos cuenten los hechos como si se tratasen de historias real maravillosas que alimentarán nuestras fatuas conversaciones de cantina y cafetín, sin que la sangre y la pólvora nos salpiquen.
Totalmente de acuerdo. ( Opino así porque los profesores de la Católica opinan igual. Y ya me acostumbré a creerles.)
Pero todo ese puñado de estudiantes se olvida de que la Verdadera Violación a los Derechos Humanos es, en mi opinión, otra: el hecho de que solo los pobres peleen en representación de un país. No estaríamos ante una democracia, sino ante una dictadura de la gente con poder económico. ¿Por qué no peleamos todos cuando hay guerra? ¿Clases altas, medias y bajas juntas? Esa es la verdadera violación, amables analistas de babero y corbata. Los pobres son los que se sacrifican por el resto, por esa cúpula de ociosos y cobardes de la que, ustedes, lectores, y yo, formamos parte.
Sigamos con nuestros trabajos, nuestras diversiones, nuestros amores y nuestras rutinas de cinco distritos y nada más. Dejemos que los misios ofrenden su sangre.
Dejemos que los intelectuales de buena redacción de nuestra clase observadora- pasiva- intelectual nos cuenten los hechos como si se tratasen de historias real maravillosas que alimentarán nuestras fatuas conversaciones de cantina y cafetín, sin que la sangre y la pólvora nos salpiquen.
Los filósofos de la inacción
Desde que me sumergí en el mundo de la literatura, he notado ciertas recurrencias entre los jóvenes que han instaurado a la escritura como su exquisito pasatiempo.
Cuando los individuos femeninos y masculinos llegan a la adolescencia, el amor romántico se apodera de sus nervios y se tornan discípulos de Bécquer y garrapatean versos poblados de frases hechas. No los culpo, pues todos somos libres de escribir lo que nos venga en gana siempre y cuando no usemos lo escrito como método de tortura.
Pero mi observación va hacia aquellos que se involucran de una forma un poco( solo un poquito) más profunda con el oficio de escribir. Aquellos que leen con interés e intentan escribir poemas, cuentos, casi nunca novelas( porque no tienen los huevos ni la imaginación para hacerlo).
He notado que ellos son incapaces de salir de los linderos de sus munditos de enamoradito(a)s, desengaños, endiosamientos, como si sus situaciones fueran sucesos trascendentales para el universo. Usando frases carentes de originalidad que funcionan como estribillos que ramplonizan la prosa, cojudizan a raudales sus ideas ya cojudas por naturaleza.
Carecen de la noción de narración. Divagan en cavilaciones supinas, en menjunjes introspectivos que no hacen otra cosa que aburrir, ignorando que toda acción se produce en un espacio y en un tiempo. Escriben bodrios así: La espera me empapaba el rostro de sudor y los latidos galopaban con un ritmo ansioso mientras la esperaba, mientras aguardaba la aparición de su bello rostro y sus rosadas mejillas, sus manos blancas alzadas al viento como dos palomas que el destino me regalaba.
Y no se dan cuenta de que no está pasando nada. No se dan cuenta de algo tan básico. No son narradores, no son escritores, solo son filósofos de la inacción, de sucesos que rayan en la chabacanería, donde la escritura no es más que un hobbie para los fines de semana y el ocio ensopado de las vacaciones.
Cuando los individuos femeninos y masculinos llegan a la adolescencia, el amor romántico se apodera de sus nervios y se tornan discípulos de Bécquer y garrapatean versos poblados de frases hechas. No los culpo, pues todos somos libres de escribir lo que nos venga en gana siempre y cuando no usemos lo escrito como método de tortura.
Pero mi observación va hacia aquellos que se involucran de una forma un poco( solo un poquito) más profunda con el oficio de escribir. Aquellos que leen con interés e intentan escribir poemas, cuentos, casi nunca novelas( porque no tienen los huevos ni la imaginación para hacerlo).
He notado que ellos son incapaces de salir de los linderos de sus munditos de enamoradito(a)s, desengaños, endiosamientos, como si sus situaciones fueran sucesos trascendentales para el universo. Usando frases carentes de originalidad que funcionan como estribillos que ramplonizan la prosa, cojudizan a raudales sus ideas ya cojudas por naturaleza.
Carecen de la noción de narración. Divagan en cavilaciones supinas, en menjunjes introspectivos que no hacen otra cosa que aburrir, ignorando que toda acción se produce en un espacio y en un tiempo. Escriben bodrios así: La espera me empapaba el rostro de sudor y los latidos galopaban con un ritmo ansioso mientras la esperaba, mientras aguardaba la aparición de su bello rostro y sus rosadas mejillas, sus manos blancas alzadas al viento como dos palomas que el destino me regalaba.
Y no se dan cuenta de que no está pasando nada. No se dan cuenta de algo tan básico. No son narradores, no son escritores, solo son filósofos de la inacción, de sucesos que rayan en la chabacanería, donde la escritura no es más que un hobbie para los fines de semana y el ocio ensopado de las vacaciones.
EL DEPA DE PANCHITO
jueves 12 de marzo de 2009
ODA A PEDRITO GARCÍA
miércoles 11 de marzo de 2009
La "U" no fue la "U"
Qué pasó contigo, Ñol,
no brillaste ante el San Luis;
lo de ayer fue un gran desliz:
no diste ni un pase gol.
No bastó con corazón,
pues la "U" falló de todo;
no se asusten si es que el lodo
cae sobre el Cabezón.
no brillaste ante el San Luis;
lo de ayer fue un gran desliz:
no diste ni un pase gol.
No bastó con corazón,
pues la "U" falló de todo;
no se asusten si es que el lodo
cae sobre el Cabezón.
lunes 9 de marzo de 2009
El humorista ignorado
Siento que debo dar a conocer mis décimas de humor, trasponiendo los linderos de este tan querido blog. Si bien ya he publicado un puñado de poemas satíricos en la revista Puntos Suspensivos, siento que estoy en capacidad de escribir un poema satírico al día, pues hacerlo solo me toma unos diez minutos. Es decir, podría trabajar, cual Nicolás Yerovi en Perú 21, en algún periódico o revista, pero de manera regular.
Por eso mandé un mail al diario El Trome, ofreciendo mis servicios. El correo decía así:
HOLA, amigos de El Trome. Mi nombre es Giovanni Anticona y soy egresado de Literatura de la Pucp. El motivo de la presente misiva es el siguiente: quiero ofrecer mis servicios para escribir poemas satíricos- humorísticos al estilo de Nicolás Yerovi en Perú 21. Estoy en la capacidad de hacer un poema al día, con un lenguaje claro, entendible para el gran público. Estoy dispuesto a hacerlo gratis inicialmente, mientras vamos viendo si es que tiene buena aceptación. Aquí les muestro algunos para que vean. Por supuesto, el lenguaje puede ser mucho más claro, callejero y chicha. En eso no hay problema
Luego colocaba un puñado de décimas que colgué en el blog y me despedía amablamente.
Pero estos cabrones no me han respondido. Me han ignorado. No saben lo que se pierden. Que sigan con sus bazofias embrutecedoras y mal escritas. Ojalá se incendie el local y les nieguen la renovación del carnet de sanidad a las Malcriadas. Ya encontraré algún lugar donde desarrollar mi carrera como humorista.
El pequeño comando
Cuando era niño, iba frecuentemente al estadio. Recuerdo que cuando tenía cinco años fui con mi padre y mi abuelo paterno- creo que también con mi hermana mayor- a ver jugar al Alianza Lima con el Inter de Milán. (Sí, el gran equipo italiano hizo una gira por Sudamérica y se dio un tiempito para jugar contra los blanquiazules). Recuerdo que fuimos a Oriente, pero no cobijo detalles ni particularidades entre las nieblas de mi memoria.
El estadio que más visité fue el Nacional. Asistí a clásicos, a partidos de la Copa Perú, la Libertadores y el Descentralizado.
Y siempre mi padre me llevaba a Sur, a tribuna popular. Eso me enorgullecía, pues a la mayoría de mis compañeros de colegio los llevaban a Occidente, la tribuna preferencial. “La de los aniñados engreídos”, me acostumbré a pensar yo. Desde Occidente no se vivía el júbilo del pueblo, no se olían los sobacos y no se orinaba en un baño que rebalsaba de pichi y miasmas. Me sentía muy hombre al convivir por unas horas con gente de aspecto rufianesco. Me daba un poco de miedo, pero con mi padre me sentía seguro.
Recuerdo un partido en especial. Jugaba Alianza Lima con el Sipesa( equipo chimbotano) para definir quién iba a la Copa Libertadores, acompañando al campeón Sporting Cristal, equipo que en esa época dirigía Juan Carlos Oblitas. A Alianza le bastaba un empate para clasificar. Sipesa, en cambio, necesitaba de una victoria. Habíamos llegado temprano y nos ubicamos en la parte central de la tribuna Sur. Cuando el partido estaba por iniciarse, hizo su aparición una gran turbamulta que estremeció las gradas: era el Comando Sur, la barra aliancista. Entonces, mi padre y yo nos hallamos rodeados, en pocos minutos, de todos aquellos barristas rijosos y tremebundos. Sin querer, estábamos formando parte del Comando Sur. “Vamos más allá”, sugirió mi padre, pero yo le dije que prefería que nos quedáramos ahí. No sé qué me hizo decidir aquello. Tal vez quería sentirme parte del pueblo, tal vez quería poner a prueba mi hombría, mi valentía.
A mitad del primer tiempo, un barrista chibolo se nos acercó:
- Adelante dicen que canten.
Mi padre y yo no entendimos. Entonces, el chico lo dijo de forma más directa.
- Los de adelante dicen que canten. Son matones.
Tras escuchar aquello, mi progenitor me tomó del brazo y me llevó hacia una parte lateral de la tribuna. En mi nueva ubicación, observaba el partido echando reojos al Comando Sur de rato en rato. Desde ahí lucía tan vigoroso y fiero, tan abominable. Y yo había formado parte de ello: había estado en el centro de ese batallón de maleantes que todos temen y respetan.
El partido terminó 0 a 0: Alianza clasificó a la Libertadores.
El estadio que más visité fue el Nacional. Asistí a clásicos, a partidos de la Copa Perú, la Libertadores y el Descentralizado.
Y siempre mi padre me llevaba a Sur, a tribuna popular. Eso me enorgullecía, pues a la mayoría de mis compañeros de colegio los llevaban a Occidente, la tribuna preferencial. “La de los aniñados engreídos”, me acostumbré a pensar yo. Desde Occidente no se vivía el júbilo del pueblo, no se olían los sobacos y no se orinaba en un baño que rebalsaba de pichi y miasmas. Me sentía muy hombre al convivir por unas horas con gente de aspecto rufianesco. Me daba un poco de miedo, pero con mi padre me sentía seguro.
Recuerdo un partido en especial. Jugaba Alianza Lima con el Sipesa( equipo chimbotano) para definir quién iba a la Copa Libertadores, acompañando al campeón Sporting Cristal, equipo que en esa época dirigía Juan Carlos Oblitas. A Alianza le bastaba un empate para clasificar. Sipesa, en cambio, necesitaba de una victoria. Habíamos llegado temprano y nos ubicamos en la parte central de la tribuna Sur. Cuando el partido estaba por iniciarse, hizo su aparición una gran turbamulta que estremeció las gradas: era el Comando Sur, la barra aliancista. Entonces, mi padre y yo nos hallamos rodeados, en pocos minutos, de todos aquellos barristas rijosos y tremebundos. Sin querer, estábamos formando parte del Comando Sur. “Vamos más allá”, sugirió mi padre, pero yo le dije que prefería que nos quedáramos ahí. No sé qué me hizo decidir aquello. Tal vez quería sentirme parte del pueblo, tal vez quería poner a prueba mi hombría, mi valentía.
A mitad del primer tiempo, un barrista chibolo se nos acercó:
- Adelante dicen que canten.
Mi padre y yo no entendimos. Entonces, el chico lo dijo de forma más directa.
- Los de adelante dicen que canten. Son matones.
Tras escuchar aquello, mi progenitor me tomó del brazo y me llevó hacia una parte lateral de la tribuna. En mi nueva ubicación, observaba el partido echando reojos al Comando Sur de rato en rato. Desde ahí lucía tan vigoroso y fiero, tan abominable. Y yo había formado parte de ello: había estado en el centro de ese batallón de maleantes que todos temen y respetan.
El partido terminó 0 a 0: Alianza clasificó a la Libertadores.
Adiós, resaca
La fiesta de matrimonio de mi amigo fue caudalosa en alcohol. Llegué al filo de las once de la noche. Apenas me había internado en el fragor de la reunión, casi hubo una bronca que fue rápidamente reprimida por los individuos que pululaban en el jubiloso ámbito.
Ayer estuve padeciendo la resaca hasta la noche. Fue terrible. Por eso es que no escribí nada en el blog. Me sentía muy mal físicamente. Pero hoy he retornado con nuevas sorpresas y novedades.
Adiós, resaca. Hasta el fin de semana, por lo menos.
sábado 7 de marzo de 2009
Nupcias de un amigo etílico
Hace más de un lustro, conocí a un muchacho que estudiaba medicina en la Ricardo Palma. Le decían El Chino por obvias razones. Recuerdo que una vez, junto a un compinche mío del colegio, nos amanecimos bebiendo ron Cartavio Black en la berma central de la avenida Mariano Cornejo de Pueblo Libre. Fue una madrugada muy graciosa. Reímos y conversamos mucho, respondimos jocosamente a un vecino enfurruñado que amenazó con meternos bala, escoltamos a unos abuelitos deportivos cuando trotaban en un parque, corrimos ebrios por las calles recién coloreadas por el alba. Caminamos mucho, hasta llegar a un restaurante insomne que estaba entre Salaverry y Cuba, en mi querido Jesús María. Ahí El Chino se quedó dormido de ebriedad y fatiga mientras comía un sánguche de pollo.
Bueno, pues este compinche borracho y dormilón hoy se ha casado. La ceremonia fue a las dos de la tarde. Voy a ir a la fiesta, la cual discurre en estos momentos en casa de la novia. Apenas llegue, lo felicitaré y le haré recordar esa madrugada célebre en que nos hicimos muy amigos. Buena, Chino. Da gusto ver cómo alguien tan querido ha formalizado su vida de manera legal. Este Combinauta te desea mucha felicidad. No es floro, compadre.
Y a ustedes, lectores incondicionales de este blog, tengo que dejarlos por hoy. Mañana les cuento qué tal estuvo la celebración. Brindaré por cada uno.
River querido
Calderón Fajardo: un fabulador sin límites
Hace como un año, leí a trompicones- en casa, en la combi y mientras mis alumnos daban un examen- la novela corta La conciencia del límite último del peruano Carlos Calderón Fajardo. La prosa me fascinó. Reconocí en cada frase a un auténtico fabulador, a un talento estupendo. Esta obra policial logró que sintiera el mismo vaho cloacal y sórdido que rezuman las historias de Raymond Chandler. Y eso ya es bastante.
Tiempo atrás, había leído un puñado de páginas de La segunda visita de William Burroughs, novela que abordaba el tema de los jóvenes escritores, y que exhibía una prosa exacta y elegante que daba la impresión de ser perfecta.
Sin embargo, Calderón Fajardo es muy poco conocido. Siento que es justo que las obras de este autor traspasen los linderos del mundito académico y sean tan conocidas como las de Vargas Llosa, Bryce, Ampuero, Cueto, etcétera. Su prosa es clara, jamás tropieza, y sus historias contienen una hondura que solo las geniales pueden alcanzar.
Casi todos los días, en el territorio de mis silencios, recuerdo con ansiedad una frase de La segunda visita de William Burroughs: "Si no te relacionas, nunca vas a publicar". Y ahora, en el vericueto de búsquedas de posibilidades para publicar mi primera novela, la considero una absoluta verdad. Hay que moverse, hay que hablar, hay que conocer a nuevas personas. Mi deseo de publicar hace que lleve esta consigna perennemente en mi conciencia, sin ánimo de descansar esta obsesión carente de últimos límites.
jueves 5 de marzo de 2009
Dos cuentos onettianos
No he leído todos los cuentos de Juan Carlos Onetti. Me falta un buen puñado de ellos. Entre los que he leído, hay uno que me fascina y otro que me gusta muchísimo. El que me fascina se llama "El infierno tan temido" y es mi cuento favorito de todos los que he leído. Así de contundente es. El que me gusta muchísimo se llama "Un sueño realizado" y acabo de leerlo hace unos minutos.
Recomiendo que lean ambos. Van a pasar un rato mágico. Estos cuentos pueden ser hallados en la web. Solo pongan los títulos y aparecerán por ahí.
miércoles 4 de marzo de 2009
Mi forma de goce
Ayer estuve leyendo un buen rato Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato y me topé con una frase que fue una cuchillada de belleza que arremetió sobre mi espíritu:
"Acaso dentro de él transcurría esa vida latente y silenciosa que transcurre en los lagartos durante los largos meses de invierno, cercana a la eternidad".
No sé qué les parece, pero desfiló frente a mis ojos como un milagro. Fue como un fragmento de Dios.
Siempre que leo, disfruto las palabras como un orgasmo prolongado y calmo. Con simpleza, sin ánimo de ver tópicos ni cojudeces. Solo disfruto, aprendo nuevas palabras, nuevos ritmos, viajo, exento de búsquedas de referencias de otros libros, del cine, de la música, de bodrios fríos ligados a lo consciente. Yo no leo así. Yo no busco aprender nuevos datos. A mí me importa el texto en sí. Yo no soy de los que se salen de los márgenes de las páginas y conectan, deducen, analizan epígrafes y se refocilan con los guiños biográficos. Yo soy más simplón. Solo quiero disfrutar. Por eso busco a sujetos como Sábato y no a gentuza de cafetín y licores eruditos.
"Acaso dentro de él transcurría esa vida latente y silenciosa que transcurre en los lagartos durante los largos meses de invierno, cercana a la eternidad".
No sé qué les parece, pero desfiló frente a mis ojos como un milagro. Fue como un fragmento de Dios.
Siempre que leo, disfruto las palabras como un orgasmo prolongado y calmo. Con simpleza, sin ánimo de ver tópicos ni cojudeces. Solo disfruto, aprendo nuevas palabras, nuevos ritmos, viajo, exento de búsquedas de referencias de otros libros, del cine, de la música, de bodrios fríos ligados a lo consciente. Yo no leo así. Yo no busco aprender nuevos datos. A mí me importa el texto en sí. Yo no soy de los que se salen de los márgenes de las páginas y conectan, deducen, analizan epígrafes y se refocilan con los guiños biográficos. Yo soy más simplón. Solo quiero disfrutar. Por eso busco a sujetos como Sábato y no a gentuza de cafetín y licores eruditos.
El soñador Gatsby
Ni muy Faulkner ni muy Hemingway. Ni muy barroco( que para muchos lectores supinos es un defecto) ni muy escueto( que para muchos es el estilo correcto porque no pueden escribir de otra manera). Para los que quieren un equilibrio estilístico( si es que ese concepto cloacalmente teórico es valedero), en F. Scott Fitzgerald se puede encontrar aquello.
La novela El Gran Gatsby me ha gustado mucho. La tensión, hábilmente camuflada, existe en todo momento. Uno late junto a Jay Gatsby. Comparte su voluptuoso ímpetu de enamorado y lo acompaña en su tarea desquiciada, pero rociada de ternura.
Además, los ribetes de thriller que electrizan la trama y la presencia de armas de fuego se encargan de amplificar la historia hacia otros niveles, tornándola un prisma capaz de abarcar la aventura humana desde varios tapices.
Gracias, Fitzgerald. Gracias por llenar de mundo ese reguero de noches en que leí tu libro.
"Confesiones de Tamara Fiol": la nueva novela de Miguel Gutiérrez

Antes de tomar el micro para venir a almorzar a la casa de mis padres, pasé por un puesto de periódicos y compré El Comercio. En el trayecto, leí los titulares y me detuve en la sección de deportes. Se decía algo de Candelo, de Kina Malpartida, de la buena asistencia del público a los estadios.
Tras llegar a mi destino y engullir ferozmente un plato abarrotado de carne, pallares y arroz, me puse a leer el periódico a cabalidad. Rutilante sorpresa me di al notar que, en la penúltima cara de Luces, donde se exhiben las fotos tomadas en los hechos sociales, aparecían retratados Miguel Gutiérrez( escritor a quien admiro), González Vigil y Abelardo Sánchez León. Junto al retrato, se anotaba que la presentación de la nueva novela del artista piurano, titulada Confesiones de Tamara Fiol, se había llevado a cabo en el Gran Hotel Bolívar. González Vigil y Sánchez León fueron los comentaristas.
Conocí la prosa de Miguel Gutiérrez en el verano del 2006, azuzado por un amigo que estudiaba Sociología, quien me recomendó que leyera con urgencia La violencia del tiempo. Al sumergirme en el primer tomo, me interné en la vertiginosa e inolvidable historia de los Villar, familia piurana signada por el escarnio desde sus inicios. Sin duda, era la obra peruana más ambiciosa que había leído. En ese primer libro campean ciertas palabras que han quedado estampilladas en mi memoria, y que siempre utilizo. Algunas de ellas son las siguientes: fogarada, nubarada y refocilar.
Desgraciadamente, motivos académicos me impidieron terminar el segundo tomo y, mucho menos, abrir el tercero y último. Sin embargo, leí otras obras suyas como su juvenil novela El viejo saurio se retira, Poderes Secretos, Hombres de Caminos( novela que casi se convierte en el corpus de mi tesis de licenciatura) y la extraordinaria El mundo sin Xochitl, una historia bellísima sobre el amor entre hermanos.
Ahora entienden por qué ver aquella foto fue una rutilante sorpresa. Miguel Gutiérrez pertenece al panteón de mis escritores preferidos. Juntaré dinero y me compraré su nueva novela. Su prosa vale ese sacrificio. Y muchos más.
Tras llegar a mi destino y engullir ferozmente un plato abarrotado de carne, pallares y arroz, me puse a leer el periódico a cabalidad. Rutilante sorpresa me di al notar que, en la penúltima cara de Luces, donde se exhiben las fotos tomadas en los hechos sociales, aparecían retratados Miguel Gutiérrez( escritor a quien admiro), González Vigil y Abelardo Sánchez León. Junto al retrato, se anotaba que la presentación de la nueva novela del artista piurano, titulada Confesiones de Tamara Fiol, se había llevado a cabo en el Gran Hotel Bolívar. González Vigil y Sánchez León fueron los comentaristas.
Conocí la prosa de Miguel Gutiérrez en el verano del 2006, azuzado por un amigo que estudiaba Sociología, quien me recomendó que leyera con urgencia La violencia del tiempo. Al sumergirme en el primer tomo, me interné en la vertiginosa e inolvidable historia de los Villar, familia piurana signada por el escarnio desde sus inicios. Sin duda, era la obra peruana más ambiciosa que había leído. En ese primer libro campean ciertas palabras que han quedado estampilladas en mi memoria, y que siempre utilizo. Algunas de ellas son las siguientes: fogarada, nubarada y refocilar.
Desgraciadamente, motivos académicos me impidieron terminar el segundo tomo y, mucho menos, abrir el tercero y último. Sin embargo, leí otras obras suyas como su juvenil novela El viejo saurio se retira, Poderes Secretos, Hombres de Caminos( novela que casi se convierte en el corpus de mi tesis de licenciatura) y la extraordinaria El mundo sin Xochitl, una historia bellísima sobre el amor entre hermanos.
Ahora entienden por qué ver aquella foto fue una rutilante sorpresa. Miguel Gutiérrez pertenece al panteón de mis escritores preferidos. Juntaré dinero y me compraré su nueva novela. Su prosa vale ese sacrificio. Y muchos más.
lunes 2 de marzo de 2009
TESTIMONIO DEL PUMA CARRANZA( carta abierta a su esposa)
ODA AL SPORT ANCASH
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