
¿A quién no le han robado en la hermosa Lima? A mí varias. Las enumero:
A los quince años. Caminaba a pleno sol con un amigo del colegio cuando, de súbito, dos rufianes nos tomaron de los cuellos. Nos llevaron hasta un parque cercano al Ministerio de Trabajo, a unas cuadritas de la transitada avenida Salaverry. Al llegar al parque, nos quitaron la plata( dejando unas moneditas para que pudiéramos regresar pronto a nuestros hogares con la mala nueva del asalto). Pero mi amigo fue quien llevó la peorísima parte: le "intercambiaron" sus Adidas nuevecitas por unas "Vanz" bambas y casi descuartizadas.
A los veintidós años. Esperaba el micro en La Marina, bordeando las doce de la noche cuando, de pronto, una pandilla irrumpió de no sé dónde. Uno de estos granujas me tomó por detrás y otro( supongo) me quitó veinte soles del bolsillo. El único dinero con el que contaba para vivir. Al día siguiente, tras recolectar todas las monedas que hallé en mi cuarto( daban un total de 3 soles cincuenta) comí por primera vez en el mercado de Lince y fui caminando en busca de mi hermana, quien me prestó unas luquitas para que pudiera ir a mi clase de inglés en transporte público.
A los veintitrés años. El año pasado. Frisaban las diez de la noche. Antes de cruzar un oscurísimo puente que pasaba sobre la Vía Expresa, un Tico morado se estacionó a mi lado. Bajaron dos tipejos que se dirigieron hacia mí. Yo intenté huir, pero, debido a mi pesada mochila, fui alcanzado sin problemas por este par de desgraciados que me encantaría destruir. Uno me tomó de las piernas; otro, del cuello. Pataleé, me resistí, luché por zafarme, pero nada. Al ver mi reciedumbre, mi terquedad, uno de ellos le dijo al otro: "Saca punta, nomás". Entonces, me acobardé y me rendí. Lo que ellos querían era subirme al Tico. Mejor dicho, secuestrarme al paso. Pero solo me tumbaron en el pasto y me quitaron todo lo que tenía en los bolsillos: mi llave, mi celular viejo y barato, mi billetera con mis carnets. Antes de largarse dejándome tirado en pleno jardín de Peugot, al borde de la furiosa Vía Expresa, uno de estos imbéciles me propinó un manazo en la cabeza, para que no pudiera pararme al instante. Mientras veía el escape del Tico, en el cual se iban mis pertenencias, sentí humedad en mis pantalones: me había orinado.
A los quince años. Caminaba a pleno sol con un amigo del colegio cuando, de súbito, dos rufianes nos tomaron de los cuellos. Nos llevaron hasta un parque cercano al Ministerio de Trabajo, a unas cuadritas de la transitada avenida Salaverry. Al llegar al parque, nos quitaron la plata( dejando unas moneditas para que pudiéramos regresar pronto a nuestros hogares con la mala nueva del asalto). Pero mi amigo fue quien llevó la peorísima parte: le "intercambiaron" sus Adidas nuevecitas por unas "Vanz" bambas y casi descuartizadas.
A los veintidós años. Esperaba el micro en La Marina, bordeando las doce de la noche cuando, de pronto, una pandilla irrumpió de no sé dónde. Uno de estos granujas me tomó por detrás y otro( supongo) me quitó veinte soles del bolsillo. El único dinero con el que contaba para vivir. Al día siguiente, tras recolectar todas las monedas que hallé en mi cuarto( daban un total de 3 soles cincuenta) comí por primera vez en el mercado de Lince y fui caminando en busca de mi hermana, quien me prestó unas luquitas para que pudiera ir a mi clase de inglés en transporte público.
A los veintitrés años. El año pasado. Frisaban las diez de la noche. Antes de cruzar un oscurísimo puente que pasaba sobre la Vía Expresa, un Tico morado se estacionó a mi lado. Bajaron dos tipejos que se dirigieron hacia mí. Yo intenté huir, pero, debido a mi pesada mochila, fui alcanzado sin problemas por este par de desgraciados que me encantaría destruir. Uno me tomó de las piernas; otro, del cuello. Pataleé, me resistí, luché por zafarme, pero nada. Al ver mi reciedumbre, mi terquedad, uno de ellos le dijo al otro: "Saca punta, nomás". Entonces, me acobardé y me rendí. Lo que ellos querían era subirme al Tico. Mejor dicho, secuestrarme al paso. Pero solo me tumbaron en el pasto y me quitaron todo lo que tenía en los bolsillos: mi llave, mi celular viejo y barato, mi billetera con mis carnets. Antes de largarse dejándome tirado en pleno jardín de Peugot, al borde de la furiosa Vía Expresa, uno de estos imbéciles me propinó un manazo en la cabeza, para que no pudiera pararme al instante. Mientras veía el escape del Tico, en el cual se iban mis pertenencias, sentí humedad en mis pantalones: me había orinado.







