
Tras un periodo de incertidumbre, tan vergonzante para sus furias ególatras, decidió llamarla por teléfono una noche. Dedos trémulos, electrizados por un magma incierto de aglomeradas sensaciones, marcaron los nueve dígitos. Luego, la oreja diestra se pegó al minúsculo aparato y escuchó el timbre sereno, rítmico. A los pocos segundos, se oyó la voz de Yeni: era suave y triste, como el sonido de un aleteo moribundo.
Conversaron con timidez y cautela, calculando la sugerencia de cada palabra. Camuflaban la verdad en frases hechas referidas a lo circunstancial de aquella madrugada en el Etnias, cuando se conocieron: “¿Hasta qué hora te quedaste? ,¿y qué te pareció la música?”.
Una vez finalizado ese momento de recelo protocolar, Dante le propuso, sin miramientos, un encuentro en un hotel. Para su sorpresa, Yeni accedió de inmediato, con una naturalidad que le heló la garganta. Luego de acordar el sitio, el día y la hora en que se verían, se despidieron con sigilo y miedo, como si la cita fuera un crimen para la claridad de la vida pública.
Hasta que llegó el día del encuentro. Al verse frente a frente, se saludaron con un movimiento de cabeza, sin sonrisas, sin tacto. Evitando mirarse, ingresaron al hotel, pagaron a medias y subieron por las escaleras, rumbo al dormitorio.
Se desnudaron, cada uno junto a un flanco de la cama, y se trenzaron presurosos sobre el colchón. Un hilillo de sangre humedeció el muslo izquierdo de Yeni cuando el miembro enhiesto de Dante horadó su centro cerrado. Y el vaivén dio inicio. El suspiro, el gemido, la voz destemplada. La brusquedad de la agonía del coito, el cielo, el chisguetazo caliente como cumbre y el fin.
Tras el momento de unión carnal, entreverando los cuerpos fatigados y agradecidos, hablaron con mayor soltura. Dante supo inducirla hacia la locuacidad y la confianza. Así pudo enterarse de que vivía en Comas con su hermana y su madre, que el padre las había abandonado y que lo que más deseaba en la vida era convertirse en prostituta. Impactado, exultante, él le contó con desparpajo que era proxeneta y que le encantaría patrocinarla.
Pero ella evadió el entusiasmo, se rodeó de temor, no dijo que sí. Todavía.
Conversaron con timidez y cautela, calculando la sugerencia de cada palabra. Camuflaban la verdad en frases hechas referidas a lo circunstancial de aquella madrugada en el Etnias, cuando se conocieron: “¿Hasta qué hora te quedaste? ,¿y qué te pareció la música?”.
Una vez finalizado ese momento de recelo protocolar, Dante le propuso, sin miramientos, un encuentro en un hotel. Para su sorpresa, Yeni accedió de inmediato, con una naturalidad que le heló la garganta. Luego de acordar el sitio, el día y la hora en que se verían, se despidieron con sigilo y miedo, como si la cita fuera un crimen para la claridad de la vida pública.
Hasta que llegó el día del encuentro. Al verse frente a frente, se saludaron con un movimiento de cabeza, sin sonrisas, sin tacto. Evitando mirarse, ingresaron al hotel, pagaron a medias y subieron por las escaleras, rumbo al dormitorio.
Se desnudaron, cada uno junto a un flanco de la cama, y se trenzaron presurosos sobre el colchón. Un hilillo de sangre humedeció el muslo izquierdo de Yeni cuando el miembro enhiesto de Dante horadó su centro cerrado. Y el vaivén dio inicio. El suspiro, el gemido, la voz destemplada. La brusquedad de la agonía del coito, el cielo, el chisguetazo caliente como cumbre y el fin.
Tras el momento de unión carnal, entreverando los cuerpos fatigados y agradecidos, hablaron con mayor soltura. Dante supo inducirla hacia la locuacidad y la confianza. Así pudo enterarse de que vivía en Comas con su hermana y su madre, que el padre las había abandonado y que lo que más deseaba en la vida era convertirse en prostituta. Impactado, exultante, él le contó con desparpajo que era proxeneta y que le encantaría patrocinarla.
Pero ella evadió el entusiasmo, se rodeó de temor, no dijo que sí. Todavía.











