
Publicar un primer libro es difícil. Primero, debes cobijar la certeza de que ese libro vale la pena y que te interesa demasiado. Luego, si no tienes la suerte de tener un padrino literario o alguien que, intempestivamente, se interese en tu texto, pues debes juntar dinero, muchísimo dinero. Después de juntar tus billetes, debes buscar una editorial que esté dispuesta a hacer todo el trabajo de edición e impresión a cambio de la importante suma que con tantas privaciones acopiaste durante meses y meses insoportables, atiborrados de ansiedad. Cuando, tras un periodo indefinido e infeliz, logras firmar con una casa editora, comienza de verdad la tarea. Relees tu texto mil veces,no duermes, lloras sin testigos, hasta quedar satisfecho, cosa a veces improbable. Luego, la espera y el parto: el primer contacto con tu libro. Sientes una reventazón en el cuerpo, una tensión en los músculos y un júbilo desconocido que creo que debe ser la felicidad absoluta. Dura un segundo, pero es un punto de quiebre que, por arte mágico, te convierte en ALGUIEN. Ya eres un escritor. Un escritor bueno, regular, malo, prometedor, chapucero, pero un escritor al fin y al cabo. Alguien. Tus errores y virtudes van a ser exhibidos. Y debes olvidarte del anonimato. Ahora, así sea por poquitos, serás observado, juzgado, criticado, vapuleado, tal vez envidiado. La obra de tu intimidad es ahora un objeto del mercado, con código de barras, registro ISBN. Algo que creaste y que flotaba solo en tu soledad, ahora es materia. Una materia parida por un ser humano: tú. Y como eres humano, la materia tendrá errores, más aún si esa materia la escribiste a los veintidós años y la publicas a los veinticuatro. Eres tan joven para ser un novelista, pero ya haces el intento. Lástima que casi nadie reconozca esa valentía. La mayoría se aferrará a fijarse en tus errores para ocultar la propia pasividad, acaso más tormentosa que la certeza de que tu texto es un texto pueril. Pero hay cosas que te ayudan a sobrellevar la borrasca de críticas y múltiples reacciones. Es tu certeza de que naciste para esto. Sabes, nunca lo has dudado, que tu vocación es ser novelista y que nada te importa más que eso. Es tu pasión y tu desgracia, como diría Onetti. Sabes que estás para grandes cosas. Este primer libro es un balbuceo. Pero, felizmente, es un balbuceo que se entiende, un relato que corre, una fuerza imperfecta pero vigorosa. Y entonces ya el mundo no es tan malo. Y entonces tu novela ya no es tan imperfecta. Te llenas de orgullo y piensas: Si así escribí a los veintidós es bastante probable que a los cincuenta sea un buen autor, que a los sesenta sea un gran autor, que tras mi muerte sea un clásico. Pero aquello no importa tanto, la verdad. Más disfrutas con la inmediatez, con el febril orgullo de ver tu nombre en la tapa de un libro sin importar si lo que está adentro, en sus páginas, obtiene el halago de todos o de nadie. Si obtiene el olvido, la admiración o la burla.
Para ser sincero, felicidad no siento. Es una especie de tranquilidad después de haber hecho lo correcto. Me he atrevido. He sido valiente. Me he jugado la piel por mi imaginación. Y lo más importante: existo, al fin existo.
Y es cuando le agradezco a Dios por este don de la palabra que, juro, iré puliendo en los años que aún me quedan de vida. En la pared que se ubica detrás de la computadora donde escribo mis novelas, cuelga un dorado crucifijo. Cristo me asesora en cada sesión de mi oficio sagrado, cada vez menos imperfecto.