jueves, 7 de enero de 2010

Fragmento nuevo( ficticio)


El alcohol vuelve peores a las personas. Creo saber bien de eso. Yo mismo soy un borracho de lo peor. Cuando tomo me siento feliz y triste a la vez. Es una maldita sensación que nunca abandona su ambigüedad. Sé que es estúpido, pero eso es lo que me produce el licor en abundancia.
Digo todo esto porque anoche me dejé dominar por mi furia etílica. Estaba en una discoteca de la avenida Rocafuerte, bebiendo la enésima cerveza en la barra. Lo hacía de lo más tranquilo, medio adormilado, hasta que pasó un tipo tambaleándose. Sus movimientos bruscos provocaron que mi cerveza se me resbalara de la mano y se rompiera en el piso. Enfurruñado, me puse de pie y le menté la madre. En ese momento, no sabía si en Ecuador mentar la madre con esas palabras era tan grave como en tierras peruanas. Un puñete en mi pómulo derecho me hizo caer en cuenta de que el insulto era lo suficientemente fuerte. Pero igual de fuerte fue mi respuesta, incluso peor. Le asesté un cabezazo en la frente que lo adormeció al instante. Teniéndolo ya inerme, lo comencé a rellenar de puñetes. Su cara se iba hinchando cada vez más. Mis puños no pararon hasta que dos tipos de seguridad me tomaron de los brazos y me arrojaron a la calle, previa puñeteada en la cara, claro está. Abollado, avancé una cuadra, me recosté en la vereda limpia y comencé a dormir.
Desperté una hora después. Tomé un taxi y enrumbé al hotel, deseoso de llegar rápido para seguir con el sueñecito.

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