
A raíz de la aparición de la presunta novelista Silvia Núñez del Arco me han dado ganas de hablar de un tema en el que estuve involucrado el año pasado: publicar un libro con el dinero propio.
He notado que, muchas veces, el hecho de haber invertido plata propia en la publicación es tomado como un demérito, como un factor que desautoriza la calidad literaria de un texto. Inclusive, el hecho de publicar con una editorial independiente, con el dinero propio o solventado por el editor, es subestimado. Me parece que esta manera de razonar es errónea, propia de gente que nunca ha estado involucrada verdaderamente en el mundillo editorial limeño.
Invertir el billete propio se debe a las circunstancias que el autor afronta, no a la calidad de un texto que nadie ha leído aún.
Publicar en Planeta, Alfaguara o Norma es bastante difícil para un autor debutante. Lo es en cualquier editorial, ya sea chica, grande o mediana. Así que me parece que es de pésimo gusto juzgar un texto antes de leerlo solo porque se sabe que el autor primerizo puso su billetín.
Qué saben los criticones de lo que hay que padecer. Hay que pilotear que el libro se esté moviendo en prensa; hay que esperar y esperar a que el editor se digne a contestar los e-mails y que te entregue la plata de las regalías...
Esos comentarios venenosos son propios de gente lectorísima que sueña, en silencio, con hacer lo mismo que uno, con poseer los mismos huevos y lanzarse al ruedo de la vida pública con un textito juvenil bajo el brazo. Esos que siguen anhelando escribir ese libro exitoso que nunca llegará. Cómo carajo se puede soñar con algo que ni siquiera se practica.
Practiquen o púdranse mientras los valientes maduran día a día, libro a libro.
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