Cuando escribía Lima Norte, allá por el año 2007, me escapé de una fiesta de Derecho que se llevaba a cabo en Villa y recorrí la ciudad hasta llegar al cruce de La Marina y Universitaria. Allí, sin saber qué hacer, ebrio, necesitado de compañía y esperanza en algo, trepé a un bus cualquiera. Casi una hora después, el vehículo recorría un Cono Norte que se me antojaba tenebroso desde la angustia de mi fuero interno. Avanzaba rumbo a lo desconocido, sin importarme nada, desafiando la muerte, o tal vez buscándola, como siempre. Las luces de la Panamericana refrescaron un poco mi sufrimiento. Los cerros punteados de luces me redimieron. Bajé en Megaplaza y tomé un taxi. "Al bulevar de Retablo", dije. "Ocho soles", dijo el taxista de gorra y polera al estilo reguetón. Me impresionó la suma. ¿Tan lejos estaba Retablo? Bordeamos Megaplaza y entramos a un laberinto de callejuelas oscuras. Tuve miedo. De pronto, inundó el aire el humo de unas fogatas distantes. Imaginé que ese humo había aparecido para asfixiarme por ser un hombre ajeno a la zona. Mi presencia no era adecuada ahí y debía ser agredido por el espíritu de la noche. Fue un miedo visceral que hasta hoy recuerdo. En mi borrachera, creí real esa hostilidad fantasmal.
Al día siguiente, resaqueado, atormentado, harto de mi soledad y mi naturaleza mediocre, cogí un cuaderno y un lapicero, y comencé a ficcionalizar mi osada travesía. Cuando tocó el momento de describir ese sentimiento de pavor ante ese humo fantasmal, coloqué una oración que me pareció hermosa y que ahora juzgo de pomposa y prescindible. Es, tal vez, la frase más inflada de mi novela. Sin embargo, fueron las mejores palabras que encontré en esos momentos de escritura ansiosa. Por eso no las toqué. Disculparán mi mediocridad. Di mi mayor esfuerzo. Y puse el corazón. Viví cada una de mis mediocres palabras.
El viento de la noche, embalsamado con las tufaradas de inubicables hogueras, susurraba una hostilidad lúgubre y cansina, chispeando briznas de un rencor asentado en el silencio.
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