La idea inicial no era aprender a hacer crítica literaria: el afán era aprender a narrar, convertirme en novelista. Sin embargo, lo que encontré en los cursos de mi carrera era teorización pura, la enseñanza de un canon, la valoración de los textos basándose en reflexiones ajenas a la calidez de la lectura silenciosa. Aquel carnaval de erudición anticreativa me llenó de confusión. Durante los primeros ciclos de facultad, anduve molesto conmigo mismo por haberme sumergido en un mundo de lectores comentaristas que nada tenían que ver con mis afanes de fabulador en ciernes. Lacan, Derrida, Zizek: qué importaba lo que dijeran esos teóricos aguafiestas que te quitaban toda la magia al desenredar la madeja de la literatura. Yo quería viajar y narrar lo observado, aprender estilos de prosa, empezar con la aventura literaria. Quería expresar por escrito mis tormentos. Y obvio que lo hacía, casi a diario, solo que el arsenal de teoría me enturbiaba, me incomodaba en cada frase. Tal vez si no hubiera sabido nada de eso mi prosa no se habría llenado de tantos ripios que se proyectaban hacia un falaz lirismo. Utilizar todas las palabras nuevas que iba descubriendo en mis lecturas fue un error tremendo. Así mi prosa se fue vaciando de sentidos y solo dio lugar a la banalidad verbal, a una verborrea de la que jamás me sentí orgulloso y que se filtró en algunos fragmentos de mi peligrosa novela Lima Norte.
Luego, durante los últimos ciclos, pude desligarme de ese lastre, poquito a poco. Entonces supe que todo lo que no tuviera que ver con la escritura era un estorbo para mí. Los cursos de teoría literaria me eran insoportables. Me quitaban el tiempo para pensar en mis historias adefesieras. Sufría.
Hoy, liberado al fin de toda actividad teórica, con una tesis aprobada, siento que recién podré vivir como realmente quiero. Con poco dinero, pero con el tiempo suficiente para leer lo que me plazca y escribir, por primera vez, desde el corazón y para el silencio.
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