Hoy, tras mi reunión de docentes en la universidad, acudí a la Casa de la Literatura para ver a Oswaldo Reynoso. La sala, un espacio pequeño de paredes blancas, estaba llena de gente, en especial de escolares. Me ubiqué junto a una pared y desde allí presencié la lectura de un cuento de Los inocentes, que el propio autor estaba realizando. Al finalizar de leer, comenzó a contarnos sobre las reacciones cucufatas que provocó la publicación de Los inocentes, allá por el año 1961. Tras un corto receso, comenzó a hablar, esta vez para un nuevo público, mayoritariamente escolar de nuevo. Analizó junto a los colegiales el inicio de su cuento Cara de ángel, enfatizando en la naturaleza lírica de sus tan famosas imágenes "caramelo de menta" y "bola de billar". Para hacer un paralelo, improvisó una narración llana de ese primer párrafo, dando a entender que ese lenguaje era una mera narración, mas no literatura. Aprendí mucho de sus palabras. Oswaldo exhibió con claridad extrema la verdadera misión del escritor: tornar el lenguaje cotidiano en un artefacto de belleza. Apenas terminó de decirlo, me prometí cumplir con mayor empuje esa tarea.
Al finalizar la charla, la gente se agolpó en torno a su escritorio para adquirir sus libros y pedir que se los firmase. Esperé con cautela a que el público escolar amainara, me planté frente a la mesa y le coloqué mi novela Lima Norte al frente.
- Es un regalo- le dije.
Reynoso emitió un susurro de sorpresa mientras palpaba el ejemplar.
- ¿Y de qué trata? - preguntó sin dejar de escrutar el libro.
- De la zona del Cono Norte de Lima- contesté vacilante.
- Ah, es importante- dijo-. No hay de eso...
- Sí, es la primera- comenté.
- Yo la leí completita- intervino el fotógrafo de la Casa de la Literatura, quien estaba ubicado al extremo derecho de la mesa, registrándolo todo.
- Ah, lo leíste- proferí sonriente.
Acto seguido, extraje de mi bolsito la novela El goce de la piel y se le acerqué a Reynoso para que me la firmara. Lo hizo con paciencia y me entregó el libro sin mirarme. Eso fue todo. Cuando me alejaba de la sala, un encanecido señor, que se había sentado al lado de Reynoso, hojeaba mi ópera prima con cejjijunto interés. Mientras caminaba rumbo a la gran luz de la tarde, abrí El goce de la piel y leí la dedicatoria:
para giovanni con el afecto
de tu amigo
oswaldo
Lima, 8- 4- 10
Sonreí y temblé. Estaba satistecho. Una refrescante paz se apoderó de mis pasos mientras me enrumbaba nuevamente a mi torturada soledad, a caminar solo, que es para lo que nací, aunque me duela.
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