Hace varias semanas, encontré un artículo en el portal Libros peruanos titulado Lima, una ciudad desquiciada, escrito por Walter Lingán. En ese texto, se puede encontrar una detallada descripción de nuestra capital y la forma en que la literatura la ha retratado. En medio de la lista de obras que Lingán nombra se halla mi novelita Lima Norte. Leamos un fragmento:
La avalancha de provincianos en la década de los 50 cambió el paisaje limeño. La violencia política también contribuyó en la metamorfosis de los últimos veinte años. Diferentes autores narran las invasiones de los cerros de la ciudad por indios, por ciudadanos de segunda categoría, la última rueda del coche. Los cholos llegaron a la ciudad con el Perú a cuestas. La Lima de hoy es un conglomerado de costumbres, comidas, bailes y rostros. Ceviche y picante de cuy. Pisco y chicha. Mazamorra morada y mazamorra de calabaza. Salsa y vals criollo. Huayno y technocumbia. La ciudad —leí en alguna revista— se ha pacharaqueado, refiriéndose a Los Pacharacos, un conjunto pionero del hibridaje musical surgido en los bajos fondos de Lima y provincias.
Lima ya no tiene una pátina de moho cortesano según Sebastián Salazar Bondy. Y Nos habíamos choleado tanto de Jorge Bruce sigue siendo un pretérito pluscuamperfecto perfectamente presente. Y testigo es Cholito en la ciudad del río hablador de Óscar Colchado Lucio. El fondo de las aguas de Peter Elmore y Hotel Lima de Miguel Ildenfonso dan cuenta de una ciudad violenta y corrupta, entre batidas, apagones, explosiones y toque de queda. Sólo es un recuerdo esa Lima de Martín Adán en La casa de cartón, de Conversación en La Catedral de Vargas Llosa, de Los geniecillos dominicales de Julio Ramón Ribeyro y de Un mundo para Julius de Alfredo Bryce Echenique.
La Parada y El Porvenir, barrios del distrito de la Victoria que en mis tiempos de colegial las recorría a diario para llegar a la GUE Pedro A. Labarthe, siguen sumidos en el abandono y la tugurización es alarmante a pesar del grandioso emporio comercial El Porvenir. Policías privados pueblan calles aledañas a los negocios y aseguran que al interior de los inmensos laberintos los choros no hagan de las suyas. Los cines del barrio, donde solían presentar películas porno, mexicanas y coboyadas, han desaparecido. Augusto Higa en Final del Porvenir y Oswaldo Reynoso en En octubre no hay milagros describen una ciudad de amargas pugnas sociales, negocios turbios, componendas de la política criolla, el esplendor de sus barrios elegantes y la miseria de sus barriadas.
Thomas Büttner en La rojez de anoche desde la cabaña escribe: “Lima. Después de años otra vez en la inquieta ciudad de mis pesadillas. Se ha vuelto más ruidosa aún, más febril y anárquica; los hombres más duros... Por eso yo prefiero las ciudades donde las gallinas pueden picotear en plena calle”. Si Jaime Bedoya en Ay que rico organizó un tour por territorios culturales de los nuevos asentamientos inhumanos de la Lima subterránea de los años 80-90, ahora es Juan Manuel Robles quien con Lima Freak – vidas insólitas en una ciudad perturbada nos lleva por el mundo de la perversidad y la ambición. Daniel Alarcón en un cuento de Guerra a la luz de las velas afirma que Lima es una cuidad de payasos. Con Espuma! Carlos Gallardo y Lima Norte Giovanni Anticona, así como muchos otros autores, incursionan en el mundo de los diversos barrios limeños en la era de la globalización y la vida de jóvenes que transcurren entre el fútbol y las barras bravas, centros de diversión y cantinas, pases de coca, cerveza y “tumbacholos”, aires de rock, salsa, bachata y technocumbia en las fiestas sabatinas, la violencia urbana, hostales de media muerte y discotecas gay.
Lima ya no tiene una pátina de moho cortesano según Sebastián Salazar Bondy. Y Nos habíamos choleado tanto de Jorge Bruce sigue siendo un pretérito pluscuamperfecto perfectamente presente. Y testigo es Cholito en la ciudad del río hablador de Óscar Colchado Lucio. El fondo de las aguas de Peter Elmore y Hotel Lima de Miguel Ildenfonso dan cuenta de una ciudad violenta y corrupta, entre batidas, apagones, explosiones y toque de queda. Sólo es un recuerdo esa Lima de Martín Adán en La casa de cartón, de Conversación en La Catedral de Vargas Llosa, de Los geniecillos dominicales de Julio Ramón Ribeyro y de Un mundo para Julius de Alfredo Bryce Echenique.
La Parada y El Porvenir, barrios del distrito de la Victoria que en mis tiempos de colegial las recorría a diario para llegar a la GUE Pedro A. Labarthe, siguen sumidos en el abandono y la tugurización es alarmante a pesar del grandioso emporio comercial El Porvenir. Policías privados pueblan calles aledañas a los negocios y aseguran que al interior de los inmensos laberintos los choros no hagan de las suyas. Los cines del barrio, donde solían presentar películas porno, mexicanas y coboyadas, han desaparecido. Augusto Higa en Final del Porvenir y Oswaldo Reynoso en En octubre no hay milagros describen una ciudad de amargas pugnas sociales, negocios turbios, componendas de la política criolla, el esplendor de sus barrios elegantes y la miseria de sus barriadas.
Thomas Büttner en La rojez de anoche desde la cabaña escribe: “Lima. Después de años otra vez en la inquieta ciudad de mis pesadillas. Se ha vuelto más ruidosa aún, más febril y anárquica; los hombres más duros... Por eso yo prefiero las ciudades donde las gallinas pueden picotear en plena calle”. Si Jaime Bedoya en Ay que rico organizó un tour por territorios culturales de los nuevos asentamientos inhumanos de la Lima subterránea de los años 80-90, ahora es Juan Manuel Robles quien con Lima Freak – vidas insólitas en una ciudad perturbada nos lleva por el mundo de la perversidad y la ambición. Daniel Alarcón en un cuento de Guerra a la luz de las velas afirma que Lima es una cuidad de payasos. Con Espuma! Carlos Gallardo y Lima Norte Giovanni Anticona, así como muchos otros autores, incursionan en el mundo de los diversos barrios limeños en la era de la globalización y la vida de jóvenes que transcurren entre el fútbol y las barras bravas, centros de diversión y cantinas, pases de coca, cerveza y “tumbacholos”, aires de rock, salsa, bachata y technocumbia en las fiestas sabatinas, la violencia urbana, hostales de media muerte y discotecas gay.
El artículo completo está aquí: http://www.librosperuanos.com/articulos/walter-lingan1.html
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