viernes, 25 de junio de 2010

El macabro retorno de SL


Sendero Luminoso aparece constantemente en mi atormentada novelilla Lima Norte, en los capítulos que se ubican en la década de 1980 y 1990. Utilicé como información lo leído en textos sociológicos, lo apreciado en reportajes y mis recuerdos de niñez: el cochebomba en la Embajada de Japón y el Canal Dos, ambos ocurridos en la avenida San Felipe, en mi barrio Jesús María. En una parte de Lima Norte, el protagonista de niño le pregunta a su madre qué es terrorismo y, de súbito, los vidrios se rompen y un trozo filudo desgarra la sien del personaje. Por ello, Gianfranco Caldas lleva una cicatriz en la sien derecha, al igual que yo. Qué coincidencia. Durante mis años de estudiante universitario, Sendero Luminoso fue mi gran obsesión. Leí muchísimo, hablé muchísimo con gente mayor que había vivido de cerca la violencia terrorista. Cómo olvidar a mi amigo Lalo, cuyo padre fue amenazado por Sendero. Sin Lalo no sería el que soy. Él me contó cómo era la vida en La Victoria cuando el terrorismo campeaba en el lugar. Desaparecieron los ladrones y drogadictos. Había ajusticiamientos en La Parada, a la luz del día. Los habitantes del cerro El Pino guardaban armas en los techos de calamina. Las redadas de las fuerzas combinadas. Los profesores terrucos del colegio Pedro Labarthe. Gracias por todo eso, Lalo.

También iba a menudo a San Marcos, la universidad de mis padres, para indagar en posibles manifestaciones senderistas. Solo encontré vivas a Sendero en las puertas de los baños.

Pero, en estos días, Sendero parece estar regresando. Los terroristas salen libres. Amenazan con participar en las elecciones con su fachada electoral Movidef. Han tomado San Marcos. Como antaño, interrumpen clases para gritonear sus consignas de siempre, armados de banderas rojas con la hoz y el martillo. Han regresado. Aunque nunca se fueron. Pero han vuelto al protagonismo. Y eso me da mucho miedo. Miedo y rabia. Ahora que investigo la vida de María Elena Moyano, me da mucha más rabia. ¿Es que toda las capturas han sido en vano? ¿Por qué el pueblo no se indigna más? ¿Por qué tomamos tan a la ligera este peligro? No es posible que los mismos que dinamitaron a la valerosa mártir de Villa El Salvador ahora desfilen con desparpajo por las mismas sendas que, décadas atrás, arenosas e indómitas, cobijaron las marchas anti terroristas comandadas por María Elena.

¿Qué clase de lotería de la ingratitud es el Perú?

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