domingo, 20 de junio de 2010

Mis desmesuras


Durante estos últimos meses, cuando me encuentro redactando mi nueva novela, viene a mi mente el estilo de lenguaje que utilicé en Lima Norte y recuerdo la vigorosa desmesura de ciertas frases que varios lectores tildaron de pomposas, esa palabra tan arraigada a mi joven literatura. Pienso en ello y admito que fueron producto de mi impericia como narrador, pero también del furioso entusiasmo que me dirigía por aquel entonces. Mis dedos temblaban en cada sesión de escritura. Quería describirlo todo, detallarlo todo. Pugnaba por aprovechar en un cien por ciento mis visitas a Comas, Independencia y Los Olivos. Sentía, además, la obligación de utilizar todos los apuntes que había aglomerado en mis libretas. Lubricantes. Planchado. Pintura... Todo ello estaba en mis libretas. Fui salvajemente feliz durante esos doce meses que duró la escritura de la novelita. Sin oficio, sin esperanzas de publicar, solo escribía porque lo necesitaba, porque de esa forma sentía que mi vida tenía algún sentido, así fuera absurdo e inútil. Fue una terapia y un pasatiempo pleno, del que me siento febrilmente orgulloso. Mi sueño de dieciséis años estaba siendo cumplido al fin. Ese sueño que hasta hoy me dura y, sospecho, jamás será arrancado de mi piel.

En Lima Norte hay escenas bélicas que me costaron muchísimo. Quise reinventar la historia peruana y dotarle matices particulares. Por eso en la novela los terrucos eran una hueste visible cuando en la realidad, según lo que se dice, eran escurridizos entes de la muerte. Por eso diseñé un asentamiento humano ficticio como Villa Retamas, un asentamiento que es a la vez todos los asentamientos. Pero un asentamiento que no existe en la realidad. Jugué con la historia en mi librillo. Tuve la conchudez de escribir en primera persona sobre eventos que jamás he vivido. Fui un líder de Defensa Civil. Fui una prostituta de Lima Norte. Fui un estudiante de Arqueología asediado por tormentos sociales y sexuales. Fui un ex soldado que manejaba un Tico alquilado cuando jamás he manejado un auto, menos un Tico amarillo de taxista. Serví al país en la guerra del Cenepa y trabajé manejando una mototaxi en Carabayllo. Asalté y violé siendo mototaxista junto a mi compiche bélico Eugenio Llacza. Perseguí a una psiquiatra que fue mi médico en el hospital militar. Fui el hijo de un señor que fue asesinado por los terrucos. Me vestí de mujer y besé a hombres disfrazados de putas. Bailé con una gorda llamada Alicia en la discoteca Karamba. Ella trabajaba haciendo gigantografías en una tienda de Angélica Gamarra, cerquita de ahí nomás...

En medio de esa aventura esquizofrénica, acribillado por muchas voces, muchas vidas y muchos adjetivos, llegué a convertirme en este joven novelista casi desconocido, autofinanciado, pero deseoso de seguir y seguir con esta exquisita condena.

Ya dejé atrás el lenguaje de la desmesura.

Y ahora una responsable cautela estilística ocupa su lugar.

Pero no olviden que detrás de la simpleza se anidan los sentimientos más intensos, como saurios voraces ocultos bajo las arenas hirvientes de Lima Sur.

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