Fui a la feria del libro para comprar la novela de un amigo. Pasé por el stand de la Alianza Peruana de Editores, con la esperanza brumosa de que mi novela Lima Norte se encontrara en alguno de los escaparates. Pero, al pasar por allí, vi que el tipo que contraté para que editara mi libro estaba presente. Seguí de largo, obviamente. He prometido jamás volverle a hablar, porque alguien que ha intentado robarme no obtendrá nunca mi perdón. Desde hace un tiempo he perdido el miedo de decir la verdad, de reclamar lo justo. Al principio, su promesa de publicarme con su dinero mi segunda novela provocó que callara el reclamo de mis regalías. El miedo a quedar mal. La duda. La diplomacia. Al diablo todo eso. Si no vuelvo a publicar nunca, no me importaría ahora. Seguiré escribiendo, acumulando novelas, sin pensar en las consecuencias externas. Total, escribir las historias es la verdadera felicidad literaria.
El mundo literario está poblado de mezquindad. Yo mismo soy un ser mezquino y traicionero.
A veces, es necesario el silencio para evitar hacer daño a quienes me aman. Un silencio para pensar.
Guardaré silencio para oír las palabras que rebullen en mis rincones oscuros, como diría Ellroy. Oiré el bramido de mis vísceras y transcribiré ese clamor con suma claridad, con verbo desnudo. Y llegaré, cada vez con mayor calidez, al corazón de todos mis lectores.
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