martes, 6 de julio de 2010

testimonio de un idiota

Durante mi época escolar, era un tipo enjuto y temeroso de pésimas notas. En cuarto de secundaria, me salieron unas manchas rosadas en la cara- una especie de dermatitis- que todos notaban y muchos temían nombrar. Por entonces, mi testículo izquierdo ya estaba bastante crecido y el primer lipoma comenzaba a asomar en mi muslo derecho. Quería mujeres, pero con genitales así y una cara así era difícil lanzarse al ruedo. No confiaba en mi cuerpo. Sabía que en la desnudez asustaría a una eventual compañera. No confiaba en mi cuerpo. Solo mi guitarra y mi teclado lograban levantarme el ánimo con sus notas cálidas.
El asunto es que era un completo idiota. Lo sigo siendo, creo. Un tarado que fue golpeado algunas veces en el colegio. Un imbécil al que le rompieron la nariz en Vocé. Un mal beodo que sufrió un corte en su sien en un choque automovilístico.
Lo sigo siendo, repito.
Actualmente, soy el idiota al que un editor con vocación de carterista estafó. Mala diagramación, mala distribución, incumplimiento en los pagos de regalías. Me estafaron con mi primer libro. El sujeto infló precios, incumplió las fechas pactadas, se zurró en la legalidad y la decencia. Un cabecero más.
Por eso sigo siendo un idiota.
Digo todo esto porque siento que la imagen del escritor es una completa pose. El genio que nunca pierde, exitoso con las hembritas, bohemio, elegante, perfecto orador. El atormentado profundo que ahonda en su grandiosa existencia. El sujeto europeizado que sabe de cine, música indie; el tipo que ha viajado mucho y es valorado por la gente.
Y, obviamente, yo no soy nada de eso.
Y no estoy afirmando con esto que yo me crea un escritor. Todo lo contrario. Solo acumulo frases porque necesito hacerlo. Solo avanzo y avanzo sin darme cuenta. Eso también es ser un idiota. Un tipo que casi ni trabaja, mientras los demás estudian maestrías que nunca planearon y se van adentrando, por instinto de conservación, en la línea de la docencia, rumbo a chambas fijas que den bienestar y borroneen sus sueños de adolescencia, aquellos que por cobardía han sido postergados. Porque nunca hubo una certeza.
Yo, con las rodillas sangrando en este difícil peregrinaje de la literatura, solo he conseguido hasta ahora acallar momentáneamente mi vanidad con un volumen sigiloso que solo una centena de gente conoce. Deseando no volver a verle la cara al avieso editor el resto de mi vida, desengañado de la parte externa de la literatura, he prometido en silencio nunca chupársela a nadie para obtener ningún favor. Nada de amiguitos que me hagan favores. Nada de influencias, argollitas, movimientos artísticos, grupos poéticos ni esas bazofias. No deseo la ayuda de nadie. No buscaré a nadie. No me colaré en ningún grupete de archilectores amanerados. No quiero hacerme amigo de nadie, carajo. Todos quieren chupársela a la pluma que eventualmente posee más prestigio. Un prestigio parido de las opiniones, no de la certeza personal. Una arbitrariedad que me da asco.
Tal vez hablo desde el hervidero de mi mediocridad, pero no importa. Asumo que he nacido para perder. Pero, ¿quién dice que vivir en la constante derrota es malo?
La situación te lleva a la rabia. Y en la rabia está la vida, la diversión.
No veo el momento de saltar hacia el absurdo y reventarle el culo al mundo.
Espero que se hayan divertido. Un consejo: no crean todo lo que digo.
A veces, es pura pose.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada