

¿Sería bueno comenzar esta historia de sangre con una escena de sexo? ¿Con un asesinato tremebundo que escarapele el pellejo del lector? ¿ Con una sentencia salvaje que dilate las pupilas? No tengo una respuesta única. El océano de alternativas me arrastra con miles de corrientes, me zangolotea, juega con mi suerte de escritorzuelo condenado a este irreversible infierno de palabras que recién comienza. Porque esta nueva guerra ya ha empezado y no hay marcha atrás. A darle con todo a esta maquinita. A acribillarla de malditas frases verdaderas. Bienvenida una vez más, literatura negra y roja, fábula de destrucción, tóxica y tierna desgracia.La historia comienza al este de Lima, en el distrito de Santa Anita. Eugenio Llacza y el Chato Alegre acaban de balear a un billetudo mayorista de La Parada, apodado el Rey de la Papa.
Todo ocurrió muy rápido.Entraron a la casa, amarraron a los hijos del comerciante- las únicas personas presentes en el inmueble- y comenzaron a rebuscar en los cajones, llegando a acopiar cerca de veinte mil soles. Cuando los delincuentes se prepaban para salir de la vivienda, oyeron que la puerta de la calle se abría. Angustiados, sacaron sus armas, se desplazaron como dos felinos hacia la sala y acribillaron con ocho balazos al Rey de la Papa, quien cayó de bruces, destilando sangre.
Al tiempo que los delicuentes escapaban en auto por las calles de Santa Anita, el moribundo mayorista era trasladado al hospital de Vitarte.
Murió en el camino.
¡Buena!
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