Un gran paso para entrar en la adultez es humanizar el amor. Admitir que los dos integrantes de la pareja poseen una historia previa, horadada o no, pero historia al fin. Sobrellevar los fantasmas de la pareja y tener la honestidad de exhibir los propios solo para ese otro yo que te susurra verdades en la intimidad. Llorar solo para ella o él, y guardar el secreto de esas lágrimas para siempre, por más que la inevitable factura del tiempo pase a cobrar una multa eterna inyectada de rutina, tedio y desamor. Acostumbrarse al vacío de ese cuerpo ausente, esa voz ausente. Retornar a las miasmas de la soledad. Y ser de nuevo solo tú ante el mundo. Solo tú, aunque te pese. Hasta que, empujado por los meses, te internes en una nueva historia para gozar y sufrir como dicta la vida. Para vivir de nuevo.
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