
Nunca me entusiasmó la teoría. Y mucho menos la teoría literaria. Era interesante, claro está, pero insuficiente para encandilarme de manera visceral. Mientras tanto, el deseo de convertirme en novelista me carcomía todo el tiempo. Cuando era inédito, cada segunda era una cuchillada. Tras publicar, cada comentario malediciente era un pretexto para lanzarme con furia contra el mundo, mecanismo de defensa que siempre he practicado: herir, atacar, burlarme. Regodearme en la misma miseria que llevo dentro. Seguir siendo un donjuán rudimentario y chapucero, hiena en busca de presas, incapaz de crear vínculos de amistad con las mujeres. Siempre dispuesto a internarme en conductas incorrectas, las únicas que me proporcionan una sensación de plenitud.
Cada vez me parece menos importante la teoría. A mí no me sirve para nada. Ya terminé una tesis, así que no pienso volver a pisar las aulas para internarme en alguna maestría sacaplata que siga machacando ese lado erudito- contemplativo-pasivo-vano de aprehender teorías para aplicarlas a cualquier bodrio de la realidad
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