
El viernes me reuní con un buen amigo para hablar de mi nueva novela. Estuvimos un rato en la Feria Ricardo Palma y luego fuimos a Surco Viejo, uno de los escenarios de mi libro nuevo. Bebimos un vino en un local ubicado junto al colegio Jorge Chávez, donde estudió María Elena Moyano, uno de los personajes de esta historia aún inédita. Página a página, fuimos revisando el texto. Él me daba sus agudos comentarios que yo acogía con entusiasmo y cierta tensión. El análisis que llevamos a cabo fue casi enteramente estilístico. Saqué muchas conclusiones. El lado positivo es que esta novela marca una evolución en mi oficio como narrador: la prosa avanza con menos baches, más ligera, menos impostada. Sin embargo, todavía permanecen en mi estilo las taras de siempre: falta de oralidad, tendencia a expresiones demasiado librescas, rígidas. La oralidad es una tarea pendiente. Yo no creo que se deba a la falta de oído; me parece que surge debido a que carezco de referentes reales de los personajes que diseño. Como intento retratar el habla de gente que no conozco, allí surge el problema. Bueno, tal vez solo esté justificándome. Pese a todo, siento que voy mejorando paulatinamente. Solo falta vencer a la ansiedad y corregir incansablemente.
Lo que me tiene tranquilo es que amigo dice que el libro se lee de manera fluida, que algunos personajes le parecen entrañables y que hay sinceridad en lo que he escrito.
Todavía perduran en mí ciertas torpezas de autor inexperto, pero qué bueno que mi amigo haya captado sinceridad. De eso se trata. Sé que muchas veces me doy a conocer como un tipo rajón, acomplejado y agresivo, que habla mucho a espaldas de los demás. Y puede que en realidad sea así, pues tengo el corazón envenenado. Pero, detrás de mis bajezas, yo vislumbro una salvaje vocación que es, quizá, lo único sincero que hay en mí.
Contar historias lo mejor que puedo es mi sagrada sinceridad. Lo demás puede esperar. Siempre puede esperar.
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