Avanzo mi nueva historia. Y, a falta de mi USB donde se halla el archivo, utilizo esta trinchera como cuaderno de apuntes. Disculparán la desfachatez, pero no tengo otro soporte en el cual escribir en este momento, pues no puedo grabar nada en esta computadora ajena.
Conocer a dos, tres o veinte prostitutas no es conocer la calle. Hace falta recorrer la lujuria en rutas aviesas, discontinuas, violentas. El frenesí en el camino es necesario para adentrarse en la miasma y acostumbrarse a ella. La pesquisa callejera debe ser una maquinaria imparable. Una actividad cínica de visión filuda.
Hasta este momento, yo no conozco realmente la calle. Durante mucho tiempo, pensé que tener en mi agenda telefónica el número de una que otra mereca de Lince me convertía en un macho urbano a prueba de balas, rateros y combis asesinas. Qué idiota. Cualquier inepto puede ser un putañero. Así que hay que comenzar de cero. En el mundo periodístico, aún soy un pichoncito bien abrigado en su cascarón. Pero ese cascarón ya se está rompiendo de a pocos. Cuando emerja totalmente de él, desplegaré mis alas de ave carroñera, dispuesto a destripar a la ciudad completa.
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