jueves, 9 de diciembre de 2010

La piel ambigua




Desde pequeño, me acostumbré a vivir atormentado por la ambigüedad de mi raza. ¿De qué color era? Cuando me dibujaba, a veces me pintaba de marrón, otras de rosado, de naranja, de mostaza. Al final, resultaba que no era de ningún color. Era nada. Mi raza no existía. Notaba que mi nariz culminaba con fosas anchas, negroides. En esos años, ignoraba que tenía ancestros africanos. Y cuando fui adolescente, notaba que me iba creciendo un ralo bigote, poco después una sombra de barba. Era la herencia española de mi abuela materna, hija de ascendados de la sierra de piura. Cuando en la adolescencia comencé a tomar tragos, noté con alarma que mi piel ambigua se irritaba, enrojecía. Era la herencia china, pues uno de mis tatarabuelos fue un esclavo coolí. Entonces, poco a poco, fui notando que yo era un peruano "de todas las sangres", como la mayoría de compatriotas. Somos una nada que es todo a la vez.




Vargas Llosa, en su emotivo discurso de hace unos días, declaró: "Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!"


Pero esta exquisita pluralidad es aplastada por el poderoso lastre colonial. Yo siento que todos nosotros tratamos de blanquearnos, de apitucarnos, de negar nuestra pluralidad. Noto un deseo de negar la peruanidad. Se desprecia todo lo "cholo". ¿Por qué le tememos tanto a que alguien nos tilde de "cholo"? Ese innombrable pavor lo tenemos arraigado desde el nacimiento.



Como vivimos en una sociedad racista, aquel niño que soy yo ahora consideraba su ambigüedad de piel como una error genético, como un forro de fealdad que avergonzaba. Pero he crecido y madurado. Ahora vivo feliz de mi pluralidad, de mi sangre africana, china, española y andina. Soy un mestizo libre que quiere pregonar a voz en cuello que los peruanos también podemos ser felices tal y como somos, pese a los fantasmas de la colonia que nos carcomen la mente con complejos absurdos pero aún poderosos.



En el Perú no todo es dinero. Todavía no.

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