
Enrique Planas publicó, hace unos meses, la segunda edición de su ópera prima Orquídeas del Paraíso, novela situada en la selva, cuya historia versa sobre un muchacho que es obligado a travestirse para salvarse de la muerte. Bajo el seudónimo de Orquídea, este joven se cobijará en el burdel del pueblo, deseoso de vengar la muerte de su padre, quien ha sido asesinado por la gente de Silveira, una suerte de tirano que se ha apoderado del lugar.
La novela es intensa y vertiginosa. Enrique Planas publicó esa novela a los veinticinco años. Mientras la escribía, su padre murió repentinamente. Acribillado por el dolor, Planas replanteó su novela y la insufló de la rabiosa pena que lo martirizaba. Al concluir la novela, la publicó con el dinero del Seguro que le correspondía por la defunción de su padre.
Planas debe valorar muchísimo su comienzo literario. Estuvo signado por el dolor, la rabia, la impotencia. Y la literatura le sirvió para salvarse.
Yo, por mi parte, no he sufrido aún la pérdida de un ser querido. Por suerte mis padres están vivos. Publiqué mi novela a los veinticuatro años, conchudísimo, con mi dinero, poblado de ideas erróneas y ansias de revancha, con odio, aunque exento de una situación tan desgarradora como la de Planas. Pero, sin haber experimentado ese dolor, puedo, al menos, imaginarme aquello. Debió ser terrible para él en ese momento. Sin embargo, con el paso de los años, se debe haber transformado en un encumbramiento de sabiduría. La novela Orquídeas del Paraíso, juvenil y desenfadada, es la materia artística de aquel aprendizaje tan abrupto e indeleble. Sin poseer un estilo cuajado aún, el joven Enrique era ya un escritor.
Y hoy su libro está más vivo que nunca.