viernes 30 de abril de 2010

EL RETORNO DE LO INTENSO


Hace poco más de un mes, terminé de escribir una novela corta llamada Dispárame si me amas. La trama era muy sencilla: un profesor universitario se harta de su vida monótona y decide convertirse en detective. Se compra un arma, aprende a disparar y coloca un aviso en Internet donde ofrece sus servicios de sabueso en ciernes. Al día siguiente, una guapa mujer lo busca y lo contrata para buscar a una chica llamada Yamile. La típica policial. Entusiasmado, se la pasé a un editor para que me diera sus comentarios. Unas semanas después nos reunimos. Me dijo que la novela era entretenida, que estaba mejor escrita que Lima Norte, pero que ciertas escenas le parecían inverosímiles. Eso de que de la nada alguien aprenda a disparar y posea una puntería excepcional no era creíble. Tampoco que un personaje perseguido decida, oh maravilla, retornar al país, donde la policía lo busca y lo desea capturar. Y que el final era bastante previsible. Tenía razón el editor. Acepté sus recomendaciones y me puse a trabajar. Reelaboré algunas partes y quité algunos datos para que el lector no pudiera encontrar tan fácilmente al asesino. Finalmente, me puse a corregir el texto por entero. Encontré nuevos errores de tipeo y algunas contradicciones. Es increíble lo inacabable que es el proceso de corrección. Siempre emergen nuevos errores.

Luego, me llegó la noticia de mi sustentación y tuve que dejar de lado a mi novelucha. Mientras preparaba mi discurso de sustentación, cavilaba constantemente sobre mi obra recién acabada. Me punzaba el cerebro el comentario de mi madre cuando le conté la trama de Dispárame si me amas. Me dijo que era una policial más, una historia que carecía de la relevancia de Lima Norte, donde se tocaban temas atractivos e importantes( terrorismo, soldados peruanos, racismo...). En ese momento, le respondí que no era necesario que toda historia tuviera ese tipo de contenidos para ser válida, que bastaba con entretener. Ella asintió a regañadientes, destilando un brillo de discordancia.


En la quincena de marzo, tiempo previo a la noticia de mi sustentación, mientras daba las últimas puntadas a Dispárame si me amas, se me ocurrió una idea vigorosa, que fue motivada por el triunfo sorprendente de un amigo( ganador de novela BCR 2010): escribir una novela de largo aliento. La elaboraría con calma, sin pensar en el paso del tiempo, así como lo hizo mi amigo durante cinco hacendosos años. Su triunfo me ha inspirado. Su triunfo me ha devuelto el entusiasmo por la literatura. Desde ese crucial 15 de marzo me encuentro enzarzado en la escritura de Lima Sur, la segunda novela de una trilogía a la que pienso dedicar todas mis fuerzas durante el tiempo que sea. Una trilogía que culminará con Lima Este, sector donde se halla ese nuevo monstruo de millón de habitantes llamado San Juan de Lurigancho.

No sé si me demore meses o años en elaborar Lima Sur. No sé cuánto me tome terminar la Trilogía de Lima. Solo sé que hará historia. Lo sé desde lo más hondo de mis visceras, desde las candelas de mi amor- odio por esta ciudad que ha soportado mi ansiosa vida.

Ahora soy un tipo paciente, dedicado, responsable con cada frase novelesca. El que escribió Lima Norte no es ni la sombra del ser que está creciendo dentro de mí. Jódanse los que creen que esto es soberbia. Solo quiero expresar lo que está rebullendo en mis entrañas en este instante, mientras tecleo con pasión este texto que celebra mi retorno a lo intenso. Gracias a mi amigo por este regalo, por este renacimiento que erige a esta noche como la mejor de mis veinticinco años.

Esta noche he caído en cuenta de todo esto. Esta noche he descubierto cuál es el camino a seguir.

La noche en que al fin me he convertido en escritor.

jueves 29 de abril de 2010

Inicio verdadero

La idea inicial no era aprender a hacer crítica literaria: el afán era aprender a narrar, convertirme en novelista. Sin embargo, lo que encontré en los cursos de mi carrera era teorización pura, la enseñanza de un canon, la valoración de los textos basándose en reflexiones ajenas a la calidez de la lectura silenciosa. Aquel carnaval de erudición anticreativa me llenó de confusión. Durante los primeros ciclos de facultad, anduve molesto conmigo mismo por haberme sumergido en un mundo de lectores comentaristas que nada tenían que ver con mis afanes de fabulador en ciernes. Lacan, Derrida, Zizek: qué importaba lo que dijeran esos teóricos aguafiestas que te quitaban toda la magia al desenredar la madeja de la literatura. Yo quería viajar y narrar lo observado, aprender estilos de prosa, empezar con la aventura literaria. Quería expresar por escrito mis tormentos. Y obvio que lo hacía, casi a diario, solo que el arsenal de teoría me enturbiaba, me incomodaba en cada frase. Tal vez si no hubiera sabido nada de eso mi prosa no se habría llenado de tantos ripios que se proyectaban hacia un falaz lirismo. Utilizar todas las palabras nuevas que iba descubriendo en mis lecturas fue un error tremendo. Así mi prosa se fue vaciando de sentidos y solo dio lugar a la banalidad verbal, a una verborrea de la que jamás me sentí orgulloso y que se filtró en algunos fragmentos de mi peligrosa novela Lima Norte.
Luego, durante los últimos ciclos, pude desligarme de ese lastre, poquito a poco. Entonces supe que todo lo que no tuviera que ver con la escritura era un estorbo para mí. Los cursos de teoría literaria me eran insoportables. Me quitaban el tiempo para pensar en mis historias adefesieras. Sufría.
Hoy, liberado al fin de toda actividad teórica, con una tesis aprobada, siento que recién podré vivir como realmente quiero. Con poco dinero, pero con el tiempo suficiente para leer lo que me plazca y escribir, por primera vez, desde el corazón y para el silencio.

martes 27 de abril de 2010

El alivio del licenciado


Hace unas horas sustenté mi tesis. Hablé durante quince minutos, tratando de ser pausado y claro. Mientras tanto, sentados a la mesa, permanecía imperturbable el jurado: González Vigil( presidente), Pedro Granados( informante) y Rosario Fraga ( asesora). Acto seguido, mi asesora pasó a leer su informe, el cual detallaba mi trabajo y enfatizaba en sus logros. Después de su lectura, la profesora Fraga me hizo una pregunta sobre lo grotesco en Juntacadáveres. Respondí la pregunta con ciertos altibajos, pero el saldo fue positivo. Luego, Pedro Granados leyó su informe, donde daba cuenta de las virtudes y falencias del trabajo. Cuando llegó el momento de refutar, lo hice con verbo directo y un inesperado tufillo humorístico. Finalmente, González Vigil me formuló una pregunta que, por suerte, pude responder con decencia.

Tras decirme mi calificación- muy bien-, me pidieron que me apostara frente a ellos, delante de la mesa que estaba enlucida con dos cirios pálidos. Leí la juramentación pronunciando las palabras con calma. Al decirlas, sentía que me hacía más viejo, más señorón y solemne. Estreché las manos de los miembros del jurado, quienes se esfumaron rápido, y salí de la Sala de Grados con dos amigos que habían ido a ver mi sustentación.

Fue una ceremonia sigilosa, con solo tres personas en el público, en un horario inusual( nueve de la mañana), bajo un cielo plomizo que irradiaba tranquilidad. Mientras caminaba por las sendas de la universidad, todo un licenciado ya, el Sol salió de súbito, más alegre que de costumbre, prodigándome alivio con el despertar de sus rayos.

lunes 26 de abril de 2010

LA SEMANA TIENE SIETE MUJERES de Gustavo Rodríguez


La semana tiene siete mujeres, tercera novela del peruano Gustavo Rodríguez, quedó entre las diez finalistas del premio Planeta para Latinoamérica. La leí rápido, con mucho interés. Es una novela muy buena. Es divertida e interesante. Toca de manera directa, sin pelos en la lengua, el mayor azote de nuestro país: el racismo. Un blanco empobrecido y un mestizo emergente son los ejes de la novela y, a su vez, paradigmas del Perú actual. Con humor y prosa veloz se construye una historia valiosa que nos sumerge en una Lima creciente poblada de prejuicios y conflictos de identidad. Libros como este nos ayudan a vencer el miedo de enfrentarnos a nuestros ambiguos pellejos. A encarar nuestra choledad.

miércoles 14 de abril de 2010

Breve silencio

Este blog guardará silencio hasta los últimos días del mes, pues debo preparar mi sustentación de tesis. En el siguiente post les contaré cómo me fue. Hasta pronto.

lunes 12 de abril de 2010

MOBYDICK EN CABO BLANCO de Irma del Águila


Mobydick en Cabo Blanco( Estruendomudo, 2009), segunda novela de la socióloga Irma del Águila, posee un atractivo argumento: una reportera llamada Cristina decide escarbar en la visita de Hemingway a Cabo Blanco, la cual se llevó a cabo en la década de 1950. Por medio de entrevistas a personajes que conocieron al escritor y de la revisión exhaustiva de documentos de la época, ella va armando una hipótesis interesante, que derrumba la imagen portentosa del barbado norteamericano.

Asimismo, la trama también se enfoca en el fuero interno de la protagonista. Ella permanece guarecida en la playa San Bartolo, elaborando su reportaje sobre Hemingway, y también reviviendo su pasado juvenil.

Con respecto al tema estilístico, la prosa es clara, por ratos ribeteada de precisión lírica. El fraseo es cómodo de seguir y consigue diseñar atmósferas muy persuasivas.

Mobydick en Cabo Blanco es una novela carente de acciones veloces, pero encumbrada por la fuerza de sus palabras. Una obra de madurez, sin lugar a dudas.

viernes 9 de abril de 2010

Sonero menor


Si el año pasado atiborré este blog de mi obsesión por publicar mi primer monstruo literario, este 2010 la temática será musical: crear mi grupo de salsa.

Desde hace buen tiempo vengo oyendo mucha salsa dura, estilo que nunca me había despertado interés. Pero ahora heme aquí, todo un sonero en ciernes, aprendiz de trompetista. Sin embargo, me explico, la vaina no es tan quimérica. Soy músico desde los seis años, es decir, conozco la wada. Antes de abocarme a la literatura, mi vida toda era un circo de música: flautita, zampoña, organito, wirito( el instrumento nomás), guitarrita, bajito... Cuando era escolar, nunca hacía las tareas por la tarde: me la pasaba tocando instrumentos y oyendo música. A los quince comencé a componer mis primeras canciones, aunque desde los cinco ya esbozaba mis primeras melodías adefesieras. Para resumir, el asunto es que cuento con los conocimientos necesarios.

Primer punto. Mandar a limpiar mi trompeta y arreglar las tres o cuatro salsas que he compuesto.

Cuando ya esté más o menos preparado viene lo más tranca: buscar músicos.

Un amigo me recomendó que fuera al Cemduc(escuela musical de la Católica) a reclutar gente.

La tarea no es fácil, pues los instrumentistas que busco no abundan.

Un trombonista( mejor dos), un timbalero sabrosón y un tecladista para comenzar( basta con que sepa un par de montunos y normal). El asunto es que estos músicos no tocan una nota sin no cobran. Malditos negociantes. Por ello necesito adolescentes colegiales o jóvenes universitarios dispuestos a tocar gratén, por amor al arte( esta vez de manera literal). Solo les digo que las canciones están bacanes y pícaras.

Yo creo que, con lo que demostré el año pasado con el tema de la novela( tener huevos), está por descontado que lo lograré, aunque va a demorar un poquitín.

A comeeeerrrrr!

Amenazado por Onetti


Se acerca la fecha de la sustentación de mi tesis y comienzo a sentirme presionado. Es como si Onetti, tema de mi investigación, hubiera decidido apuntarme con un arma hasta que alcance la Licenciatura.

Villa María


La avenida Los Héroes es una gran arteria que unifica al Cono Sur. Comienza en el puente que se estira sobre la Panamericana, y recorre San Juan de Miraflores, Villa María del Triunfo y Villa El Salvador. Por esa senda me desplazaba en un microbús traqueteante, mientras la noche comenzaba a expandirse en el cielo y las luces de la ciudad iban aumentando sus brillos. Rato después, cuando los asentamientos humanos comenzaron a agolparse sobre un horizonte de cerros, le pregunté al cobrador si estábamos cerca de Villa Marìa del Triunfo.

- Esto es Villa María- contestó indiferente.

Bajé del vehículo y me enfrenté a una zona atestada de ambulantes y melodías de huaynos modernos. Zigzagueé entre la gente y tomé un taxi añejo que estaba estacionado al borde de la resquebrajada vereda.

- A la avenida Villa María, cuadra dos- dije con miedo.

- Tres soles- respondió el taxista, un joven cetrino de polo deportivo y gorra verde.

El auto zigzagueó entre callejas de tierra. Luego, desembocó en una senda orillada por una especie de huerto sembrado en una pirca de poca altura. Hacia el fondo, divisé ua veintena de torres de electricidad. Minutos después, apareció una avenida luminosa, bullente de restaurantes y karaokes apretujados. El taxi se detuvo.

jueves 8 de abril de 2010

Mi tarde con Reynoso

Hoy, tras mi reunión de docentes en la universidad, acudí a la Casa de la Literatura para ver a Oswaldo Reynoso. La sala, un espacio pequeño de paredes blancas, estaba llena de gente, en especial de escolares. Me ubiqué junto a una pared y desde allí presencié la lectura de un cuento de Los inocentes, que el propio autor estaba realizando. Al finalizar de leer, comenzó a contarnos sobre las reacciones cucufatas que provocó la publicación de Los inocentes, allá por el año 1961. Tras un corto receso, comenzó a hablar, esta vez para un nuevo público, mayoritariamente escolar de nuevo. Analizó junto a los colegiales el inicio de su cuento Cara de ángel, enfatizando en la naturaleza lírica de sus tan famosas imágenes "caramelo de menta" y "bola de billar". Para hacer un paralelo, improvisó una narración llana de ese primer párrafo, dando a entender que ese lenguaje era una mera narración, mas no literatura. Aprendí mucho de sus palabras. Oswaldo exhibió con claridad extrema la verdadera misión del escritor: tornar el lenguaje cotidiano en un artefacto de belleza. Apenas terminó de decirlo, me prometí cumplir con mayor empuje esa tarea.
Al finalizar la charla, la gente se agolpó en torno a su escritorio para adquirir sus libros y pedir que se los firmase. Esperé con cautela a que el público escolar amainara, me planté frente a la mesa y le coloqué mi novela Lima Norte al frente.
- Es un regalo- le dije.
Reynoso emitió un susurro de sorpresa mientras palpaba el ejemplar.
- ¿Y de qué trata? - preguntó sin dejar de escrutar el libro.
- De la zona del Cono Norte de Lima- contesté vacilante.
- Ah, es importante- dijo-. No hay de eso...
- Sí, es la primera- comenté.
- Yo la leí completita- intervino el fotógrafo de la Casa de la Literatura, quien estaba ubicado al extremo derecho de la mesa, registrándolo todo.
- Ah, lo leíste- proferí sonriente.
Acto seguido, extraje de mi bolsito la novela El goce de la piel y se le acerqué a Reynoso para que me la firmara. Lo hizo con paciencia y me entregó el libro sin mirarme. Eso fue todo. Cuando me alejaba de la sala, un encanecido señor, que se había sentado al lado de Reynoso, hojeaba mi ópera prima con cejjijunto interés. Mientras caminaba rumbo a la gran luz de la tarde, abrí El goce de la piel y leí la dedicatoria:
para giovanni con el afecto
de tu amigo
oswaldo
Lima, 8- 4- 10
Sonreí y temblé. Estaba satistecho. Una refrescante paz se apoderó de mis pasos mientras me enrumbaba nuevamente a mi torturada soledad, a caminar solo, que es para lo que nací, aunque me duela.

martes 6 de abril de 2010

FERIA PUCP SIN EDITORIALES JÓVENES

Hoy, al pasearme por la feria PUCP, que se está llevando a cabo en el jardín que se ubica frente a la cafetería de Artes, noté con desilusión la ausencia del stand de la Alianza Peruana de Editores, donde supuestamente debería estar mi novela junto con muchos otros libros de jóvenes escritores nacionales. Me parece extraño que la universidad no le haya dado cabida al Alpe. ¿Qué habrá pasado?

domingo 4 de abril de 2010

Hay días en que no quiero trabajar, ni escribir, ni leer, ni hacer música. Ni hablar. Ni ver a nadie. Solo estar echado en mi cama destendida y pensar. Pensar en todo aquello que no pienso cuando pierdo el tiempo en la vida social. Creo que si me dedicara más a pensar en el ocio viviría mejor y sabría, de alguna forma, hacia donde apuntaba esa brújula que, en algún momento de mi pubertad, se rompió para siempre.

El miedo, las hogueras, mi puño mediocre

Cuando escribía Lima Norte, allá por el año 2007, me escapé de una fiesta de Derecho que se llevaba a cabo en Villa y recorrí la ciudad hasta llegar al cruce de La Marina y Universitaria. Allí, sin saber qué hacer, ebrio, necesitado de compañía y esperanza en algo, trepé a un bus cualquiera. Casi una hora después, el vehículo recorría un Cono Norte que se me antojaba tenebroso desde la angustia de mi fuero interno. Avanzaba rumbo a lo desconocido, sin importarme nada, desafiando la muerte, o tal vez buscándola, como siempre. Las luces de la Panamericana refrescaron un poco mi sufrimiento. Los cerros punteados de luces me redimieron. Bajé en Megaplaza y tomé un taxi. "Al bulevar de Retablo", dije. "Ocho soles", dijo el taxista de gorra y polera al estilo reguetón. Me impresionó la suma. ¿Tan lejos estaba Retablo? Bordeamos Megaplaza y entramos a un laberinto de callejuelas oscuras. Tuve miedo. De pronto, inundó el aire el humo de unas fogatas distantes. Imaginé que ese humo había aparecido para asfixiarme por ser un hombre ajeno a la zona. Mi presencia no era adecuada ahí y debía ser agredido por el espíritu de la noche. Fue un miedo visceral que hasta hoy recuerdo. En mi borrachera, creí real esa hostilidad fantasmal.
Al día siguiente, resaqueado, atormentado, harto de mi soledad y mi naturaleza mediocre, cogí un cuaderno y un lapicero, y comencé a ficcionalizar mi osada travesía. Cuando tocó el momento de describir ese sentimiento de pavor ante ese humo fantasmal, coloqué una oración que me pareció hermosa y que ahora juzgo de pomposa y prescindible. Es, tal vez, la frase más inflada de mi novela. Sin embargo, fueron las mejores palabras que encontré en esos momentos de escritura ansiosa. Por eso no las toqué. Disculparán mi mediocridad. Di mi mayor esfuerzo. Y puse el corazón. Viví cada una de mis mediocres palabras.
El viento de la noche, embalsamado con las tufaradas de inubicables hogueras, susurraba una hostilidad lúgubre y cansina, chispeando briznas de un rencor asentado en el silencio.

sábado 3 de abril de 2010

EL CREDO

Durar frente a un tema, al fragmento de vida que hemos elegido como materia de nuestro trabajo, hasta extraer, de él o de nosotros, la esencia única y exacta. Durar frente a la vida, sosteniendo un estado de espíritu que nada tenga que ver con lo vano e inútil, lo fácil, las peñas literarias, los mutuos elogios, la hojarasca de mesa de café. Durar en una ciega, gozosa y absurda fe en el arte, como en una tarea sin sentido explicable, pero que debe ser aceptada virilmente, porque sí, como se acepta el destino. Todo lo demás es duración física, un poco fatigosa, virtud común a las tortugas, las encinas y los errores.
ONETTI

viernes 2 de abril de 2010

EL CASO GALTON de Ross McDonald


Hoy acabé de leer El caso Galton, novela policial del norteamericano Ross McDonald, conocido por ser un reelaborador del estilo chandleriano. Lew Archer, el investigador privado de esta historia( personaje tomado de Dashiell Hammett), ha sido contratado para encontrar al heredero de la familia Galton. Luego de unas pesquisas da con el hombre buscado: un muchacho de aspecto apacible que trabaja en una gasolinera. El gran parecido con su padre lo ubica de manera irrefutable como el heredero. Pero, cuando el lector cree que la trama ha llegado a su fin, surge una válida pregunta: ¿Realmente este joven es el heredero legítimo de la fortuna de los Galton?

Esta novela negra plagada de acciones no se cansa de atar cabos hasta las últimas páginas.

jueves 1 de abril de 2010

GIANCARLO POMA LINARES, ganador del premio de novela corta del BCR

Giancarlo Poma, un querido compinche del colegio y la universidad, acaba de ganar el prestigioso premio de novela del BCR con la obra Sonata para kamikazes. He tenido la suerte de seguir de cerca la evolución de este joven autor y puedo asegurar que se trata de una pluma muy interesante, con mucho oficio y un verbo ingenioso que, sin lugar a dudas, dará mucho que hablar.
“Cuatro mosqueteros en una Lima descentrada, obscena, amoral, donde la libertad y el talento son parodias de una individualidad que se busca en un viaje lingüístico que todos saben condenado al fracaso”, con esas palabras el jurado describió a “Sonata para Kamikases”.

El jurado calificador estuvo presidido por el doctor
Luis Jaime Cisneros e integrado por los doctores Abelardo Oquendo, Alonso Cueto, Mirko Lauer y Marcel Velásquez. Ellos eligieron por unanimidad la novela de Giancarlo.

EL HOMBRE QUE MIRA EL MAR de Calderón Fajardo


Ayer por la mañana terminé de leer el libro de cuentos El hombre que mira el mar de Carlos Calderón Fajardo, uno de mis escritores peruanos favoritos. Siento que este autor forma parte de la estirpe de los grandes fabuladores tipo Arguedas y Miguel Gutiérrez. El volumen en mención posee muy buenos cuentos y uno que otro regular. Pese a esa desigualdad, el libro logra atrapar a golpe de relatos cortos, algunos de ellos bastante perturbadores. Con una prosa lírica nos sumerge en su magia, pese a los continuos errores de normativa que no llegan a sofrenar la eficiencia de lo contado.