Viene ahora a mi mente un tema picante: los concursos literarios. Les cuento mi recorrido en esas lides que siempre me fueron amargas. La primera vez que participé en un concurso fue en la universidad, con un cuento cortísimo de título olvidado. Lo gracioso fue que mi cuento se perdió y no pudo participar, pues, cuando mandaron un email a los que no habían ganado para agradecer por la participación, no me incluyeron. Incluso le regalaron algo a los perdedores, pero a mí nancy que bertha. ¿Tan malo era el cuento que ni figuraba entre los perdedores? Ese hecho es digno de Woody Allen.
Si tuviera que decir la razón de mi participación, fue porque mis amigas habían decidido participar y no hice más que imitarlas, de paso que probaba suerte. Jamás me nació enviar cuentos a concursos por una sencilla razón: yo no hago cuentos. No me gustan las historias cortas, nunca les he prestado atención y nunca me dediqué a aprender ese difícil oficio. Qué tal barajo, ¿no? JA JA( a lo messenger).
Luego, tiempo después, participé en un concurso de cuento( con el mismo cuento perdedor creo) de la Ricardo Palma. Fui con una amiga que iba a participar en el rubro de poesía. Esta compinche querida ya había quedado finalista en un concurso de nuestra universidad. El asunto es que dejamos los textos. Yo el cuentucho y ella sus poemas. Cuando salieron los resultados, ella quedó finalista en su rubro. Yo: gracias por su participación. Alegre por mi amiga, pero perplejo ante mi ausencia de éxito, caí en cuenta más que nunca de que lo mío no era el relato corto, pues no me interesaba y no me interesa en lo absoluto.
Hasta que vino la novela. Cuando acabé una pueril novela llamada Ojos indomables, la mandé al premio Pucp del año 2007. Resultado: desierto. Al menos nadie había ganado. "O yo o nadie" fue una consigna que me gustó.
Y ahora viene la más brava. Durante el verano del 2009, escribí una novelita corta llamada Los olvidos, la cual ya está pudriéndose en algún basural, pues nadie la leerá. La cosa es que la mandé al concurso de la Cámara Peruana del Libro y, por supuesto, no gané. El ganador fue el infalible e imbatible Selenco Vega.
Pero la historia no queda ahí. Lo interesante es lo que ocurrió cuando fui al local de la Cámara Peruana del Libro para recoger mi novelita sin fortuna. Me atendió la mismísima Doris Moromisato, quien me pidió que abriera mi paquete y sacara una copia de la novela fallida. Le entregué una y la comenzó a hojear.
- Mmm, ya recordé. Yo fui la encargada de leer tu novela.
- ¿Qué te pareció?- pregunté intrigado.
- Bueno, bien peruana. Con la combi siempre.. Bueno, no tienes faltas ortográficas, la redacción está bien... Leamos el comienzo. "La avenida Antúnez de Mayolo zumbó en el despertar".
Asintió, como expresando que esa primera oración estaba bien.
- "Desperezándose, Mircia se arrimó hacia la ventana..."
Doris frenó su lectura y soltó un bufido de impaciencia.
- "Se arrimó";qué feo suena.
- Mejor sería " se acercó", ¿no?- intervine ansioso.
Luego leyó otra parte de la primera página.
- ¿Vestido vaporoso? ¿Qué es eso? ¿Vaporoso? Qué huachafo.
- Ese adjetivo lo leí en una novela de Vargas Llosa- apostillé.
- Eso no tiene nada que ver- interrumpió.
Discutimos sobre un par de adjetivos y expresiones que no le gustaban. Al final, dio su veredicto.
- ¿Sabes qué? Tu prosa no es limpia. Mucha coma. Tu novela la has podido escribir en menos páginas. ¿ No has llevado cursos de redacción?
Casi le digo que yo era profesor de Redacción, pero me quedé callado.
- Llevé un taller de narrativa en la universidad.
- Te enseñó uno malo, seguro.
- Bueno, a mí me gusta escribir así- me defendí, medio crispado.
- Entonces sigue escribiendo así, pero nunca ganarás ningún concurso.
La frase me golpeó en el pecho. No esperaba esas palabras tan duras.
- ¿Tú crees que si limpio el texto, como tú dices, puede mejorarse la novela?
- Claro. Hagamos una cosa. Esta primera hoja vuélvela a escribir y me la mandas a mi correo.
Apenas salí del local, me dirigí al parque San José, extraje un lapicero y comencé a corregir ansiosamente no solo la primera hoja, sino casi toda la novela. Con el corazón desbocado, me sentía el peor escribidor del mundo. Yo acababa de publicar Lima Norte y esa conversación con Doris me taladró el ego, me infundió inseguridad. Me hizo sentir que no era nada en la literatura. ¿El proceso para llegar a la decencia estilística era un camino perpetuo?
Nunca le envié a Doris la página reescrita. Lo que hice fue refundir la novela entre mis papeles y olvidarme de ella.
Esas han sido mis experiencias en los concursos literarios. Tal vez me esté olvidando de un par de concursos, pero seguro ya los he borrado de mi memoria por el bien de mi salud.
Sospecho que nunca ganaré un concurso. Siento que no estoy diseñado para triunfar en esa clase de pugnas. Tampoco descarto la posibilidad de participar en uno que otro certamen para reafirmar la tendencia. Porque la literatura es una vocación, pero también una frustración. Por eso es que es tan especial y hermosa.