La Policía lo encontró seis horas después de que fuera asesinado. Era cerca de la medianoche. El cadáver yacía desnudo en el suelo de la habitación. En el centro de su pecho embadurnado de sangre, destacaba un orificio negro por donde había entrado la bala mortal. Flashes de la prensa, preguntas respondidas al vuelo por los efectivos policiales, la cinta que separaba a la escena del crimen del resto de mortales.
Luego acaeció el rito natural de los difuntos: el traslado del cadáver a la morgue. Se esperaron los días necesarios sin que ningún familiar o conocido reclamara el cuerpo. Se trataba de un tipo sin importancia según los tombos negligentes.
Un muerto más sería echado a la fosa común.
Un día más en la ciudad de Lima.
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