Según Hobbes, el hombre es egoísta y tiende a la vanagloria. Estoy de acuerdo. Siento que todos luchamos de manera individual por imponernos, por ser los mejores. Buscamos el elogio, así no nos demos cuenta.
Yo asocio esta verdad hobbesiana con la nitzscheana de la voluntad de poder. Todos le sacamos el jugo a nuestra pequeña parcela de poder. La vida parece, a fin de cuentas, una guerra por el poder, por aplastar y enaltecerse a sí mismo.
En la literatura, esto se vive a flor de piel en la vanidad. Siento que en ese ámbito la pugna posee un valor agregado: la lucha por el reconocimiento del talento, ese que rebulle en los genes.
Sin embargo, no pretendo mostrar un panorama siniestro de la vida. La empatía, la risa, la solidaridad, el amor: aquel inventario luminoso siempre está presto a cobijarnos si lo buscamos con el corazón blanco.
Creo que ya me aburrí del bullicio y de los ajetreos sordos de la concupiscencia.
Quiero esencias.
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