
No dejan de sorprenderme las improbables rutas que toman los libros. Hace unos segundos, acabo de hablar por Facebook con Ricardo Sumalavia, quien fue mi profesor de taller de narrativa en Estudios Generales Letras. Probablemente, él no me recuerde. El asunto es que me animé a hablarle en el chat del Facebook. Me contó que ya había terminado de escribir una nueva novela, la cual está corrigiendo. De refilón, le comenté que yo había publicado una novela y que me gustaría que la leyera en algún momento, lo cual es casi imposible porque él se encuentra en Burdeos, Francia.
Ricardo me preguntó cómo se llamaba mi novela.
- Lima Norte- escribí.
Segundos después, me dijo que me tenía una buena noticia: mi novela estaba en la Universidad de Burdeos. Cuando le pregunté cómo había llegado mi libraco hasta allá, me respondió que él había pedido la novela, pero que aún no había tenido tiempo de leerla, pues le llegó un lote de cien volúmenes.
Y se despidió sin más explicaciones.
Cada vez me convenzo más de que literatura está preñada de frustraciones, pero también de hermosas coincidencias. Como esta.
Otra coincidencia más: mi padre vivió en Burdeos cuando era muy joven.
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