A menos de una semana de comenzar mi vida como estudiante de Periodismo, me envuelve un vaho de alivio: todo salió como había planeado. Si una hecatombe no destroza el planeta, asistiré el próximo lunes a mi primera clase periodística. Un cúmulo de preguntas zangolotea mi fuero interno. La expectativa me ametralla el cerebro. Habita en mí una tensión feliz, que me infunde frenesí, mas no sensaciones aciagas. ¿Será porque estoy haciendo lo correcto.? Eso debe ser.Mientras la imaginación se expande en este cálido tiempo verpertino, me acomete un recuerdo indispensable. Fue un domingo cuando acudí al local de El Peruano para encontrarme con Ernesto Carlín, periodista y escritor que estudió Literatura- como yo- antes de dar el gran salto hacia el periodismo. Me entrevistaría por mi ópera prima, Lima Norte. Tras unos minutos de espera, Ernesto bajó las escaleras y me miró con fijeza. Llevaba una casaca del Sport Boys y unos lentes densos que acentuaban la tenacidad de sus ojos fisgones. Nos saludamos. Luego, él me guió por unas escaleras hasta desembocar en un pasillo. Ingresamos a una habitación provista de dos muebles largos. Ernesto me dijo que regresaría en unos minutos, que iría a traer la grabadora. Yo esperé, suspendido en una suerte de limbo que me impedía hilvanar pensamientos. Ernesto volvió y la entrevista comenzó. ¿De qué trataba el libro? ¿ Cómo se te ocurrió escribir sobre esa zona de Lima? ¿Influencias? ¿Proyectos futuros?
Tras culminar la seguidilla de preguntas, Ernesto habló con determinación:
-Si no se muere Vargas Llosa, mañana sale la entrevista.
Acto seguido, me indicó que saldríamos a la calle para tomar la foto. Ascendimos por unas escalinatas hasta desembocar en una superficie gris: el estacionamiento de los vehículos de El Peruano. Avanzamos unos metros hasta toparnos con una chica alta que portaba una cámara fotográfica profesional. La saludé. Subimos a una camioneta blanca. La fotógrafa se arrellanó en el asiento del copiloto. Ernesto y yo nos ubicamos atrás.
El chofer encendió el motor y se deslizó lentamente en picado, rumbo a la calle.
- Vamos a hacer la foto en Megaplaza- dijo Ernesto.
Mientras el viaje discurría por Alfonso Ugarte y Caquetá, me sentí dentro de la película Tinta roja. Y, entonces, algo cambió dentro de mí. Una fuerza nueva aguijoneó mi interior. Esa era la vida que quería llevar. Quería orbitar por las calles en busca de la noticia. Un chofer, un fotógrafo, un reportero. La Santísima Trinidad del oficio periodístico.
Bajamos en el paradero de Megaplaza.
- Acá ocurre una parte de mi novela- comenté feliz.
Ernesto y la fotógrafa acordaron que la foto se tomaría en el puente. Subimos de a pocos, evadiendo el tumulto abigarrado que colmaba y hacía retemblar las escalinatas. Me llamó la atención la frialdad con la que Ernesto y su colega se desenvolvían. No le tenían miedo a la gente. Parecían no temerle a nada. Eran periodistas de raza.
La fotógrafa me indicó que apoyara el brazo izquierdo en la baranda y que sostuviera mi libro con la mano derecha. Obedecí. Sentí que mi semblante se había endurecido por la tensión. El gentío se quejaba porque estábamos obstruyendo el paso, pero Ernesto y la fotógrafa permanecían incólumes y seguían con su trabajo.
Entonces, imbuido del sueño de convertirme en periodista como ellos, entendí que se necesitaba madera para dedicarse a eso. ¿La tendría yo?
Y ahora, a más de año y medio de ese episodio indeleble en mi memoria, me siento más curtido, más duro, más recio. He cambiado mucho. Ya me siento preparado para enfrentarme a la realidad.
Que comience la aventura.
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