
Allá por el año 2007, mi novela Lima Norte iba a llevar un título pretencioso, de ínfulas vallejeanas: Rugido de huesos. Este nombre, al final, no me convenció. Por ello, ahora lo recuerdo bien, acogí la recomendación de mi amigo Mariano, quien me sugirió un nombre "zonal": Lima Norte. Y rememoro ese hecho porque, hace unas horas, vi por segunda vez el reportaje En la boca del diablo del periodista Edmundo Cruz, trabajo audiovisual sobre los muertos de La Cantuta. Mientras devoraba las imágenes del documental, pensaba en una parte de Lima Norte, perteneciente al penúltimo capítulo, donde el personaje Gianfranco vuelve a casa, luego de enterarse de la muerte del ex soldado Lorenzo Huanqui, coge un papel y escribe con caligrafía ansiosa: " Como en toda ciudad, el suelo de Lima está nutrido de huesos pulverizados por el tiempo, pero también de osarios recientes...". En los primeros párrafos de texto, el personaje aborda el tema del desentierro de cadáveres víctimas de la violencia política "que el escarbar de palas policiales devela luego de investigaciones matizadas por el azar, la recopilación paciente de datos...". Sin darme cuenta, en una operación del inconsciente, estaba tocando el tema del hallazgo de las fosas en Cieneguilla: los cadáveres de La Cantuta.
Hace un rato, leía Muerte en el Pentagonito de Ricardo Uceda, donde se menciona que, cuando llegó la noticia de las fosas, los periodistas de la revista Sí acudieron con un grupo de profesionales diversos, entre los que destacaba un arqueólogo, quien era amigo de Uceda. Di un respingo de impresión: un arqueólogo como el protagonista de mi novela.
Lo más interesante de mi presente y futuro es que el estudio de la vida- del país, de nosotros, de mí mismo-apenas está comenzando. Y qué mejor que el periodismo para analizar la realidad con ojos de lince y amplio corazón.
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