lunes, 4 de abril de 2011

Mi segundo amor


Cobijo nuevas certezas. Tal vez siempre estuvieron allí, pero hoy las amaso con tacto febril, renovado. Engolosinarse de lectura y escritura día y noche no garantiza nada más que mejor vocabulario y nociones que se ubican en el plano racional. La erudición necesita el complemento de la emoción. Y aquella se encuentra en la vida misma, esa que se respira, se disfruta y se sufre. Esa que huele, golpea y jamás descansa.

Años atrás, cuando aún mi ideal periodístico era un sueño adormecido por la obsesión de convertirme en novelista, me acostumbré a vivir en trance de lectura y escritura. Aquel trance se volvió mi vida, la vida misma. Y allí había un error. Si la lectura y la escritura se convertían en el centro de mi vida, ¿de qué escribiría? ¿De mis lecturas y la escritura? Mi rutina era insuficiente. Por ello hui hacia los Conos de la capital y aprendí a vivir con ojos de lince, con ojos de sabueso. Aprendí a observar la realidad. Mejor dicho, aprendí cómo escribir sobre la realidad. Aquello me salvó de convertirme en un escritor de biblioteca hermética, condición que no condeno, pero que no me atrae en lo absoluto.

Pero cuando pasaban varios días sin visitas a las periferias limeñas, la rutina sosa y monocorde, siempre protocolar y de trato amable, me instigaba a convertirme en un docente más, en un estudiante de maestría, en un elemento del mundo adulto que no arriesgará nada hasta la muerte. Poco a poco, la costumbre de leer diariamente fue borrando la sensación gozosa que antaño me encandilaba cuando me sumergía en las historias de Julio Verne y Stevenson. La emoción se iba; la literatura se transformaba en el goce paralelo a la rutina docente. ¿Estaba preparado para convertirme en un moscardón de ferias de libro, en un consumidor de películas caletas? Nunca cejó ni cejará mi obsesión por escribir novelas y publicarlas. Como Arguedas, siento que si no escribo y publico me pego un tiro. No sé si lo entiendan. ¿O es posible aguantar las heces durante una semana? Yo siento algo así. Los libros se escriben y se publican, se expulsan, se cagan. Y que salgan como tienen que salir, pues la perfección no existe.

No estoy poniendo en tela de juicio el entusiasmo creador, no, no. Eso siempre estará corriendo en mi sangre, en mis ojos. Hablo de acostumbrarse a leer literatura. Se iba convirtiendo en una actividad mecánica como lavarse los dientes, almorzar, mear.

Sin embargo, ahora que me encuentro en la otra orilla, en el plano de la realidad, aprecio mucho más esos escasos momentos de lectura que gotean entre el fárrago comunicacional. Valoro más esos minutos nocturnos en que picoteo algunas páginas de Los hermanos Karamasov y soy feliz, en que releo mi Lima Sur y soy feliz. En espíritu, estoy más ligado que nunca a la literatura, mi segundo y más fuerte amor. Además, vivir la realidad con pasión, lo cual es propio del trabajo periodístico, es una forma de moldearse mejor como escritor. Conocer mejor la realidad es conocer mejor el alma humana. Conocer lo real es moldear mejor la ficción. Entonces, las páginas escritas tendrán más nervio, más dinamismo, más agilidad. Será una literatura auténtica, de raza, de perro viejo. Porque algunos nacen para oler la sangre y otros para buscar su significado en el diccionario.

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