miércoles, 27 de abril de 2011

Opinión

El excesivo cálculo no funciona en la literatura, pienso yo. No es una ciencia. El éxito es capricho divino, no un logro que se obtiene por merecimiento, aunque los méritos de calidad muchas veces se imponen. El éxito, en realidad, está en el instante de la creación misma. Lo que sigue es promoción inevitable si uno está dispuesto a compartir su texto con la gente. Esa es la idea: compartir nuestras creaciones. De eso se trata la literatura.



Considero el recelo excesivo con la propia obra como una manifestación inequívoca de una vocación nula o, en el mejor de los casos, endeble. Está bien dudar de la calidad de la obra propia, pero tampoco vamos a llegar al extremo de incendiar a lo kafka el fruto de nuestra imaginación. ¿Uno juega al fútbol para ganar la copa del mundo o porque, en primer término, uno se divierte haciéndolo? La esencia es gozar, ser feliz. Si la escritura nos va a deparar más malestares que placeres, más dudas que certezas, allí algo camina de forma aviesa. Tampoco quiero caer en el extremo ultracochudo de publicar con excesiva ansiedad. No. Lo primero es fortalecer el estilo, ganar oficio y llegar a un grado de inteligibilidad decente. Y a lanzarse. A hacerlo con temple y buen ánimo. Críticas y elogios, parte del mismo paquete vital. Recuerden que no se puede criticar algo que no ha visto la luz de los lectores.



A fin de cuentas, cada uno forja su propia historia. La pregunta es la siguiente: ¿hasta cuando se puede aguantar el excremento a boca de intestino?



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