jueves, 19 de mayo de 2011

El sueño y el lector



Durante este ciclo he leído poca literatura. Las nuevas obligaciones impiden que mi mente esté fresca al momento de enfrentarme al disfrute lector. Por las noches, trato de leer Los hermanos Karamazov, pero me derrota la fatiga y me quedo dormido con la luz y el televisor encendidos. Hay noches en que ni siquiera abro la novela y solo me tumbo a ver algún programa televisivo hasta que me abrace el ángel del sueño. Hay noches en que corrijo exámenes, o preparo clases y trabajos, y luego a dormir. Ayer, me compré un cuentario en un stand de librero viejo: Las islas de Carlos Yushimito. Horas después, leí el primer cuento y el lenguaje me pareció exquisito, y el relato bastante digno de llamarse tal. Me gustó. Pero, durante toda mi lectura, sentí que briznas de cansancio relampagueaban en mi mirada acuosa. El cansancio. Al retornar al territorio mullido de mi cama, quise leer el segundo cuento, pero me quedé dormido. Al despertar, eran las tres y pico de la mañana: a apagar el televisor y la luz. Hace unas horas, luego de una reunión de docentes, me interné en la biblioteca para leer un artículo que me dejaron como tarea en Teorías de la Comunicación. Sitiado por los anaqueles atiborrados de volúmenes, me dejé vencer por la tentación de coger una buena novela y leerla. Me acerqué a la sección de literatura norteamericana y me topé con varias obras de Philip Roth, de quien solo he leído El animal moribundo y un quinto de El lamento de Portnoy. Cogí Pastoral Americana, novela que dos amigos míos han leído y alabado, y me senté a leer. El inicio me atrapó. Apunté, inclusive, algunas frases interesantes en una hoja blanca: mandíbula escarpada/ galvanizar a los espectadores/ la ironía es un consuelo humano/ silueteado en una página en blanco. Al llegar a la página 19, el cansancio volvió a visitarme. Esta vez con el disfraz del aburrimiento. Los rezagos de la rutina docente de hoy estaba aplastando mi cerebro y me impedía enfrentar el novelón con claridad de mente y corazón abierto. Dejé la novela y cogí otra de Philip Roth: Elegía. No pude avanzar más de cinco páginas. Derrotado, me puse de pie, me dirigí a la sección de Periodismo y tomé entre mis manos Los elementos del periodismo, excelente libro que quiero terminar de leer cuanto antes. Intentaré leerlo en la noche, presagiando una nueva derrota.

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