Vislumbro a mi nuevo crío en las sortijas de luz que se expanden en el aire de mis cavilaciones. ¿Cuál será su faz? ¿De qué color saldrá? Pienso en ello y en las disímiles caras de la literatura. Una de ellas es la del lector que compra libros, los digiere, los comenta y los guarda. Otra cara es la del creador agazapado que vive con la galopante angustia de saber si lo que escribe es valioso o no. Y otra cara es la del creador que ya culminó un producto y pugna por erigirlo hacia la publicación. Esto último hay que vivirlo en propia carne para entender cabalmente de qué se trata este monstruo llamado literatura. Hay que dejarse arañar por la realidad para enarbolar la vida de la ficción. Hay que ceder y negociar para que el trabajo de tus vísceras obtenga un código de barras. Ceder demasiado. Pero hay que hacerlo feliz. Hay que tener madera de artista y no arroparse en la cobardía. El artista no solo es aquel que posee un talento, sino el que le hace justicia a este, y derrumba los linderos de la vergüenza y la duda. ¿La duda? Siempre va a existir. Solo se trata de afrontar con valentía y simpleza el acto de la publicación. Y que pase lo que tenga que pasar. Si hasta el gran Dostoievski se autofinanció varias novelas, ¿por qué nosotros no haríamos lo mismo?
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