No sé qué hago garrapateando frases cansadas aquí mientras me espera una pila de evaluaciones que corregir y una clase que planificar. En menos de doce horas debo dictar una clase y recién me dispongo a prepararla. Mi premura no se debe a un tema de negligencia. Es el tiempo que aplasta mi cuerpo y campanea en mi cerebro con su tic tac de urgencia. Hoy he decidido enseñar a la mitad de salones el próximo ciclo, pese a que ganaré menos. Pero no importa. En casa me apoyarán. La idea es abandonar, paulatinamente, la exclusividad docente e insertarme en el feliz infierno periodístico. Este 2011 es un largo adiós a la docencia, la cual me cobijó- aún lo hace- por varios años. ¿Cómo no aborrecer, en este momento, una actividad monocorde que me endilga fatigas infames como la que ahora recalienta mi cuerpecillo y me impide leer lo que quiero? Un círculo vicioso que solo me da dinero y canas, muchas canas. El horario terrible de este ciclo ha provocado la aparición de veintenas de canas, como jamás había tenido. Es el estrés, el maldito estrés el que está volviendo níveo mi cabello.
El próximo ciclo tendré menos dinero, pero más periodismo, mucho más. Y menos docencia. La menor cantidad. Ya no dictaré en Letras. Son mis últimos jueves, amigos. Quedan pocos jueves... y luego nunca más. Debo seguir en el camino que he elegido como mi vida laboral.
Debo alejarme de los cursos de Humanidades para convertirme, de una vez por todas, en lo que deseo ser: un aguerrido periodista que escribe novelas.
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