domingo, 12 de junio de 2011

Conclusiones post edición

1. Escribir con profundidad. Corregir con profundidad. Eso es literatura. Evitar el abuso de un recurso de estilo, mantener las marcas de autor, pulverizar la redundancia. Ser cauto en el uso de conectores narrativos y, si es posible, no usarlos. Identificar las palabras que usamos a menudo y arrancar una buena cantidad. La tara más grave en Lima Sur fue el abuso de " caí en cuenta de que". Pero ya se solucionó el problema. Para eso hay otras posibilidades. Me percaté de que/ advertí que/ noté que/ descubrí que. La lista sigue.
2. Hay que tener cuidado con los sustantivos y adjetivos. A veces, es mejor colocar primero el adjetivo, pero no siempre. La idea es buscar variedad para que los rasgos estilísticos no sean tan obvios como el rostro de una mujer con excesivo maquillaje. No debemos exagerar.

3. Hay que narrar con una cantidad de palabras equilibrada. No demos tanto rollo cuando la escena no lo amerita. Seamos breves cuando sea oportuno. Seamos miméticos cuando lo requiera la historia; entremos al plano psicológico para que el lector se compenetre con el personaje y se envuelva en su piel.

4. Optemos por oraciones cortas cuando la escena está empapada de vértigo. Pero no exageremos. Tampoco se trata de que la prosa sea una ametralladora. El equilibrio es siempre la brújula, pero podemos jugar a estirar y achicar según la circunstancia.

5. No usemos adjetivos manidos. Si vamos a catalogar la piel del personaje, evitemos el adjetivo "cobrizo" y "salientes" si hablamos de pómulos. El hombre andino ha sido descrito, desde hace mucho tiempo, con esas palabras. Esos adjetivos se ubican en una sección muy notoria de los lugares comunes.
6. No utilicemos expresiones de otras disciplinas, a menos que la historia requiera de manera esencial de sus menciones. Todo es cuestión de ser oportuno. Si narro una escena de tierno sexo, es poco probable que use las palabras cráneo o abdomen, pero si estoy describiendo a un cadáver baleado, entonces sí es adecuado.

7. El buen gusto es nacido, pero también es posible afinarlo y enlucirlo. Yo siempre fui huachafo, barroco, rococó, pero cada vez menos. La pomposidad es para mí el recuerdo de un amor que cada vez se diluye más en mi afiebrada memoria. Si tendemos a la desmesura, usémosla poco, muy poco, y acerquémonos a ella con cautela y respeto, como se entra a una iglesia en plena misa.

8. Todo lo dicho anteriormente ayuda mucho a perfeccionar el texto literario, pero de nada vale conocer estas pautas y otras si no afrontamos el acto narrativo con corazón abierto, con sinceridad y dedos firmes, dispuestos a darlo todo sin importar las consecuencias. Porque el éxito literario se encuentra en los trances benditos de concebir, diseñar, escribir y corregir una historia que nos apasione. Si hay dudas, así sea una sola, el resultado podrá ser correcto y cumplidor, pero carecerá de pasión. Y no entrarás en el corazón del lector. La obra se mantendrá en el mundo de la opinión, dando vueltas, pero no ingresará al territorio de las emociones, allí donde habita el arte, sea cual sea.

Gracias a José Miguel Herbozo y Mariano Vargas por sus sugerencias y consejos. Sin ellos no hubiera tomado conciencia de importantes tópicos del oficio literario.

1 comentarios: