lunes, 20 de junio de 2011

El vicio de narrar

Revolotean luces de entusiasmo cada vez que me enfrento al acto de narrar. Lo interesante es que, este ciclo, no he narrado solo, sino con un grupo de compañeros de un curso. La tarea final se presenta hoy: un cortometraje de no más de cinco minutos, con un mínimo de 15 fotografías, utizando música y ruidos. Narrar es un vicio mío y, pese a la premura y el choque de horarios, estoy haciendo lo que más me gusta. Ciclo a ciclo, aprenderé a narrar cada vez más de manera audiovisual. Llevaré dos electivos enfocados en la realización de guiones. Una novela tiene su encanto y sus dificultades. Una historia audiovisual tiene su encanto y sus dificultades. Son lenguajes particulares que se conectan en el acto instintivo y universal de narrar.


A puertas de publicar otro libro, sudo de vértigo y entusiasmo cuando me enfrento al ignoto territorio de la imagen y el sonido. La idea es enseñar cada vez menos para ir penetrando en el mundo de las comunicaciones, ese en el que trabajaré de por vida y de muy buena gana.


La tarde y noche del viernes realicé grupalmente el trabajo de las fotos, aunque no hice mucho.


La tarde y la noche del sábado realicé grupalmente el trabajo de la edición, aunque casi ni ayudé.


Anoche estuve realizando un trabajo en grupo por más de doce horas. Reí, redacté, hice bromas, tomé café, hablé. Mis nuevos compinches son todos unos personajes. Ya voy aprendiendo las nuevas jergas, las nuevas claves de su humor. Voy empapándome de nuevos lenguajes. Y, si bien el quehacer grupal no era periodístico sino teórico, sentí que en ese desvelo feliz me iba moldeando un poquito más como el sabueso que quiero ser y que seré en unos años.

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