martes, 21 de junio de 2011

La paradoja del éxito




Una vez, Ricardo Sumalavia dijo en clase que ya no existían apreciaciones literarias al unísono. Remarcaba que ya habían pasado las épocas de reventazones de éxito al estilo Cien años de soledad. Ahora, los libros exitosos no reciben, necesariamente, la aprobación unánime de la crítica. Las opiniones encontradas son una circunstancia común. Sin embargo, aún hay libros que logran arrancar la admiración de amplios sectores del orbe. Pero siempre surge el machete.


A Paul Auster se le admira y se le lee bastante, pero también hay gente que lo tilda de marketero, repetitivo y hasta de cobarde, debido a que no se decide a escribir una obra magna al estilo de la Trilogía de Nueva York.


A Murakami se le admira y se le lee bastante, pero también hay gente que lo tilda de frívolo, alienado y verborreico, dada la cantidad copiosa de sus publicaciones( una al año, en promedio, igual que Paul Auster).


¿No será que, al ser exitosos comercialmente, la gente biliar necesita buscar defectos para paliar su envidia? Sé que esa idea no es capaz de explicar todo el fenómeno, pero algo tiene que ver.


Lo mismo sospecho que pasa con Vila Matas, quien asegura recibir muchos mensajes agresivos dispuestos a destruir su obra. Lo mismo ocurrió con la trilogía Millennium. Al mismo tiempo que aparecían comentarios entusiastas como el de Mario Vargas Llosa, la web comenzó a cobijar a bloggers biliares que analizaban los volúmenes con ánimo de sacarles la ñoña. Tranquilidad, lectores. Respetemos a los escritores, pues sin ellos no habría literatura.


El arte es una celebración estética. No seamos aguafiestas con bajezas paridas de las vísceras.

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