jueves, 16 de junio de 2011

Rezagos de la ansiedad

Cuando el tráfago estudiantil y laboral amaina con el advenimiento de la noche en nuestro mundo, sé que es momento de sentarme frente a la pantalla y aporrear el teclado. Me arropa la necesidad de registrar el estado de mi fuero interno y realizar un examen de conciencia. Así, por escrito. Siempre así. Me gusta mi doble condición de estudiante recalentado y jefe de práctica curtido por la experiencia. Ya no es problema el contacto con la gente, como lo fue hasta los veintiún años. Puedo conversar con cualquiera durante el tiempo que sea. Mi tartamudeo nervioso casi ni existe. Y la literatura posee cada vez menos ansiedad. Comienza a ganar la mesura, aunque mi entusiasmo siempre me impulsa a la imprudencia y cometo errores como colocar la imagen de una portada que todavía no es definitiva. Veo que ese es un rezago de mi inveterada ansiedad.


Por las noches, he estado leyendo una excelente novela de Norman Mailer, llamada Los tipos duros no bailan. Es lo máximo. Va con mi estilo. Es una novela sórdida, pero va mucho más allá de la violencia y la oscuridad. El insumo principal es la mente humana, la piel humana, el mundo. Los pensamientos del protagonista son muy profundos, pero no filosofoides: sus palabras tienen garra, cierto cinismo sabio y dinámico, sensibilidad.


El personaje es un ex presidiario que se ha metido una bombaza en un bar con dos extraños y ha borrado caset. Al día siguiente, se levanta con un tatuaje en el brazo izquierdo. Además, el asiento del copiloto de su auto está embarrado de sangre.


Brutal, ¿no?

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