sábado, 9 de julio de 2011

LA CASA MUDA





Hace una semana, fui al cine a ver La casa muda, película uruguaya dirigida por Gustavo Hernández. Debo admitir que me gustó por varias razones. En primer lugar, el recurso de la cámara en mano y la apuesta por grabar sin cortes siempre atraen mi atención. No sé por qué. La historia es sencilla, a lo serie B. Un padre y una hija llegan a una casa en medio del campo. Misteriosamente, la hija comienza a oír ruidos de pasos en el segundo piso. El padre sube a mirar si hay alguien y...Ahí la dejo. La trama se entreteje entre explosiones de sangre, avances a hurtadillas, irrupciones de tinte fantasmal que quizá sean apariciones de un ser vivo, huidas, retornos. Y oscuridad, angustiante oscuridad solo horadada por un lamparín de luz láctea que enfoca a medias los retazos más cercanos de los espacios donde se interna la aterrada protagonista.



El uso de la música me parece un acierto del filme. La musiquilla inicial, entre infantil y siniestra, calmosa, sirve como preludio para lo que vendrá en el desenlace. La canción que suena en la radio, cuando la protagonista se encuentra rodeada de las pavorosas tinieblas del destartalado inmueble, también posee un efecto certero. Por otro lado, la decisión de que la protagonista tome fotografías con una instantánea para descubrir las presencias fantasmales me parece muy ingeniosa.



Hacia el final, se resuelve rápidamente el embrollo de la historia, y se recurre al plano psiquiátrico para explicar lo ocurrido. Este recurso- la locura- siempre me ha parecido un vale todo ambiguo que relativiza más de lo que debería los hechos de un relato y, muchas veces, cae en lo manido. Sin embargo, la escena final de la película trata de paliar un poco la brusquedad de la resolución y nos sumerge en una sensación rotunda: no hubo espectros ni seres diabólicos, sino una mente retorcida, enzarzada en el deseo sangriento de vengarse.



El guion de La casa muda ha sido vendido a Hollywood. El año pasado, el filme participó en importantes festivales. Y hasta hay una página en Facebook salpicada de comentarios mala leche por parte de los propios uruguayos. Esa es una muy buena señal: la avalancha de detractores es una impronta del éxito.

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