Confieso que la vastedad de Los hermanos Karamazov crea ansiedad. Golpea una sensación abrumadora al caer en cuenta de la cantidad de páginas. Una novela de textura infinita. Sin embargo, cuando uno llega a los tramos más logrados, los ojos se achispan, la piel vibra y se activa un remezón mágico similar a las convulsiones dostoievskianas. Uno se convierte, en nivel metafórico, en uno de esos endemoniados. En el caso de los Karamazov, está Smerdiakov, el epiléptico. Uno respira allí dentro de la misma caldera de suplicio en la que estuvo atrapado su autor. Por otro lado, está el indomeñable Dmitri, una fuerza de la naturaleza, un ser animalizado por sus pasiones. Qué inolvidable personaje. El padre Karamazov toca puntos extremos y se convierte en un hombre devoto de los vicios, la mugre y las bajezas. Grugchenka( espero estar escribiendo bien el nombre) es una apasionante y apasionada ramera que, no sé por qué, se ha ganado mi cariño y admiración. Y hasta Alexei e Iván, siempre preocupados por los asuntos celestes y su relación con la tierra, son personajes intensos, torturados. La galería de personajes de este clásico es impresionante. Son todos tan humanos, tan cercanos. Yo siento que tengo mucho de ellos. Los quiero y necesito cada día. Sé que, cuando acabe el libro, me sentiré en un páramo. Ese vacío es la estela que dejan las historias inolvidables.
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