domingo, 7 de agosto de 2011

Páginas eternas





Un individuo desarrapado y barbudo, nimio para la urbe, de andar ansioso y ojillos extraviados. Ojeroso, de visajes vesánicos. Un desgraciado zigzagueando entre las callejas, penetrado por el aire oleaginoso y turbio. Piensa en Dios, en el suicidio, en la piedad, en la culpa. Piensa en la muerte y el castigo. Así me imagino siempre a los héroes dostoievskianos. Y, si bien no he leído de él más que Crimen y castigo, algunas paginitas de otras dos novelas y casi trescientas de Los hermanos Karamazov, el poder de su universo ha impreso en mi imaginación esa estampa tormentosa y desamparada de sus protagonistas.


Ayer leí una treintena de páginas de su biografía y quedé alelado por la clase de vida que llevó el clásico ruso. ¡Qué poco se parece a la vida que llevan ahora los escritores de esta latitud! Su derrotero vital estuvo signado por cuantiosos escollos y episodios extremos. Epilepsia, una amnistía salvadora poco antes de su ejecución, el encierro en Siberia, la huida de Rusia, el vagabundeo mendicante por varios países europeos, el retorno, la consagración. Fama, olvido, fama en vida y fama póstuma. Un funeral atestado de gentes devotas de su grandeza. Tal vez demasiado tarde.


A veces, se le ha criticado su estilo, pero siempre se le ha reconocido su nervio, su espíritu henchido de ideas celestes y terrenales, su profundo conocimiento de la condición humana. Por eso es grande.


Con los años, he llegado a una conclusión interesante: lo que, al fin y al cabo, importa en la literatura es la presencia de la pasión. Yo busco textos que me arrasen, que me cautiven con potencia. Busco textos con personajes para atesorar en los vericuetos de la memoria; busco frases luminosas que develen un rincón de la vida que yo no conocía o había desatendido. Eso es literatura: la pasión, el trance, el hedor de la vida impreso en páginas eternas.


Lo demás- las vertientes, el estilo depurado, el manejo del tiempo y la estructura...- también forma parte del universo literario, pero no es su base. El buen gusto exige corrección y esplendencia verbal, pero el espíritu busca ser cautivado con historias con sabor a vida plena.


Eso es lo indispensable.

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