
Diecinueve años han pasado. Recuerdo claramente esa noche. Yo tenía siete años. Mi madre regresó de trabajar con el rostro impregnado de un raro entusiasmo.
-Agarraron a Abimael Guzmán.
Y, entonces, el ruido de los cláxones cambió de matiz. Dio la impresión de que, al fin, la ciudad, el país, soltaba un bostezo de alivio luego de tantos años de terror. Y la cena de esa noche estuvo adornada de sonrisas calmosas. Mis padres ya no temerían por las vidas de sus hijos, que cada mañana salían de casa rumbo al colegio. La paz comenzaba a instaurarse. La estampa de los cochembombas, la sangre, los cadáveres, la ciudad destrozada, la gente chamuscada, los llantos...Todo ello quedaría en un doloroso pasado.
Recuerden, quienes tengan memoria, esa época infame. Que no vuelva jamás. Y si no lo recuerdan miren la foto.
Han pasado diecinueve años. No obstante, la sangre sigue salpicando, en otras formas, tal vez más sigilosas, pero potencialmente igual de asesinas.
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