He eliminado las cinco o seis páginas finales de la novela que estoy escribiendo desde octubre del año pasado. El final que he borrado era tan trágico y abrupto que poseía una apariencia muy artificiosa. "Impresiónense; sufran esta tragedia", parecían gritar esas páginas.
Al pensar en esto, caigo en la cuenta de mi inclinación por los finales repletos de dolor. Y no solo en los finales: las historias de mis novelas están recargadas de oscuridad y transidas de dolor. No puedo evitarlo. En mi caso, las historias se imponen y no queda más alternativa que asumirme como esclavo de mis ficciones.
No obstante, he decidido darle un final saludable a la novela que vengo trabajando. Siento que, si bien mi inclinación por el dolor no se esfuma de mi fuero interno, debo buscar nuevos caminos y probar con sustancias distintas. Por ello, con afán de desligarme de mi consabida receta argumental presente en mis novelas publicadas, he desechado la sangre de las páginas finales para darle lugar a una luminosa esperanza.
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