
Ocurrió el jueves 27 de octubre de este año, al filo de las seis de la tarde. El público llenó los asientos con rapidez. El anfiteatro Zolezzi, ubicado en el segundo piso de la facultad de Derecho, era el lugar elegido para homenajear al lector más grande del mundo. Todos los que habíamos sido sus alumnos teníamos una certeza marcada a fuego: Ricardo González Vigil lo ha leído todo. Aprendimos aquello de manera casi instantánea: bastaba asistir a sus clases un par de veces para darse cuenta del descomunal lector que estaba encarnado en ese sujeto de piel colorada, nariz filosa y verbo desbordante. González Vigil es, qué duda cabe, el profesor más querido de la especialidad de Literatura de la Universidad Católica.
Entre los asistentes, se contaban alumnos y ex alumnos de Literatura, y docentes como Jorge Wiesse y Carlos Gatti. En primera fila, estaban Eduardo Hopkins, Carmela Zanelli y Susana Reisz, también profesores de la especialidad de Literatura, al igual que el homenajeado, que aún no llegaba.
Los organizadores del evento, encabezados por Javier Pizarro, joven narrador y líder del comité del Coloquio de Estudiantes de Literatura, abrían archivos de Power Point con premura en una laptop, cuya pantalla estaba proyectada en un ecran.
Cuando Ricardo González Vigil apareció junto a su hijo, una versión alta y adiposa del progenitor, los cuchicheos de entusiasmo rociaron el aire del lugar. Padre e hijo, embutidos en ternos azulinos, dieron unos cuantos pasos y se ubicaron en unos asientos de la primera fila, próximos a la puerta de ingreso.
Al cabo de unos minutos, la ceremonia del homenaje comenzó. Se proyectaron textos que contenían testimonios de un puñado de personalidades acerca del homenajeado, entre las que destacaron el escritor español José Carlos Somoza, Miguel Gutiérrez, Carlos Germán Belli y Oswaldo Reynoso. Asimismo, un grupo de docentes de la Católica también figuraron en esa lista selecta.
Acto seguido, el hijo de González Vigil se plantó frente al atril para leer un testimonio que también era proyectado en el ecran. Habló de la admiración que sentía por su padre y del especial placer que lo inundaba cuando leía libros que contenían anotaciones de su progenitor. Asimismo, se proyectó un texto de su hija, ausente en ese momento. Fueron líneas emotivas y hasta graciosas. Entretanto, el homenajeado sonreía, enrojecido por la emoción, con los ojos brillantes. Nunca se le había visto un semblante más animoso.
El momento climático estuvo en la parte final, en el discurso del homenajeado. González Vigil agradeció especialmente al fallecido Luis Jaime Cisneros y a Carlos Gatti, quienes fueron los que robustecieron su amor por la literatura y lo moldearon en la disciplina académica. Además, se animó a leer algunos de sus poemas. El último de ellos fue Lectura mundo:
Leo cuando leo
Y cuando no leo, leo
Esos versos retrataban muy bien la esencia de nuestro gran profesor, quien es culpable de que algunos de los que fuimos sus alumnos creamos que es posible leer todos los libros del mundo. Si la biblioteca de Babel existiese y no fuese solo un invento de Borges, esta se encontraría en la casa de González Vigil. Él lo ha leído todo. Y él nos enseñó a leer el mundo.
Como bien dice su poema, todo existe para ser leído.