
Publicar, el sueño de tantos. Pero, un vez que se alcanzó ese sueñecito, ¿qué hacer?
La pluma debe escribir el segundo libro, desde cero. Debes encarar la misma lucha con las palabras, acopiar el mismo sudor en tu cuerpo, la misma intranquilidad, los mismos fantasmas. Y el proceso se repite. Tu segundo libro sale del horno y le encuentras mil defectos, como también hiciste con el primero. Y no solo tú. Allí siguen los lectores para juzgar la obra. Tal vez la gente te ubique un poco más. Tal vez los que compraron el primer libro también compren el segundo. Entonces, comienzas a competir contigo mismo, que es la peor de las competencias. ¿Qué libro es mejor? ¿El primero o el segundo? ¿Cuál obtuvo mejores críticas? ¿Cuál te gusta más?
Y, cuando el fárrago de la publicación ha pasado y los ejemplares se diseminan en decenas- ojalá centenas- de manos, se impone el proyecto del tercer libro. Y hay que comenzar de cero una vez más. Tal vez mi síntesis del proceso no sea real, pues hay muchas plumas que escriben libros en simultáneo y ya llevan avanzando uno nuevo cuando acaban de publicar uno que demoró demasiado en la editorial y la imprenta. Pero la idea es continuar. Seguir como sea, en el tiempo que sea. Y apostar por la historia que ya ha crecido en tu cabeza, así sientas que está coja. Toda historia estará siempre coja, pero hay que hacerla caminar.
Y luego del tercer libro, ¿qué? Pues el cuarto y el quinto y el sexto... El asunto es escribir como quien sube una escalera interminable. Solo de esa forma se es escritor. Con la perseverancia.